La triste historia de Britney Spears (y todo gracias al machismo de la época)




En los últimos 10 años que una cantante sea o no feminista parece ser parte importante de su currículum. Especialmente desde que en diciembre de 2013 Beyoncé lanzó su álbum homónimo, cuya estética se basaba en el movimiento y que incluía canciones en las que se colaban textos de la autora Chimamanda Ngozi Adichie. Esto se vio exacerbado, por supuesto, tres años después, con Lemonade, una obra visual donde el feminismo interseccional fue la clave.

Otras estadounidenses como Taylor Swift, Lady Gaga, Selena Gómez y Halsey han hablado abiertamente del tema, algunas por iniciativa propia y otras forzadas por la prensa. Todas han decidido, por convicción u oportunismo, sumarse a la causa. Pero hay una excepción: Britney Spears. Un artículo del sitio web Bustle postuló en 2016 que esto se debía a que, después de su colapso nervioso de 2007 y todo el escrutinio y acoso que le siguió después, a Britney le dieron un pase libre.

Sea o no el caso, lo cierto es que a Britney no se le pregunta si es o no feminista ni se le exige que diga por quién vota (como se hizo con Taylor Swift, a quien por poco se le responsabilizó del triunfo de Donald Trump), porque sencillamente parece ser que no importa demasiado lo que piense. Y aunque el feminismo tiene problemas mucho más importantes de qué preocuparse, probablemente la historia de Britney sí puede ser vista a partir de temas de interés del movimiento. Y su vida como una con la que, a pesar de las evidentes diferencias, muchas mujeres podemos sentirnos identificadas.

Baby one more time y una sexualidad que no incomoda

Pasé toda mi adolescencia creyendo que el sexo podía arruinarme. Muy conservadora, por supuesto, entendía que hubieran mujeres como las Spice Girls que hablaran de sexualidad, pero en mi mente nadie querría estar con ellas realmente o al menos nadie se querría casar con una Spice Girl (luego aprendí que para David Beckham, galán de la época, no era problema). Y es que como muchas mujeres, crecí en los noventa, en un contexto en que la virginidad era un valor y que conservarla significaba estar completa.

Durante el verano de 1999, irrumpió en el mundo Baby one more time, el primer disco de Britney. Con su llegada, se acortaron las faldas del colegio y nos empezamos a maquillar, pero seguíamos siendo niñas y su música no nos invitaba a dejar de serlo. En sus conciertos, cantaba Sometimes lanzando globos y pelotas de playa gigantes, mientras que en el video de From the bottom of my broken heart se pasea con un chaleco que llega hasta el suelo, pantalones largos y polera tapada, llorando por un amor que no fue.

A ningún papá le molestaba que a su hija le gustara Britney Spears. Pero la portada de la revista People del 14 de febrero del año siguiente, dijo lo contrario. Britney Spears: ¿muy sexy muy pronto? Las niñitas la aman, pero su imagen deja a sus madres nerviosas, decía el titular, entregando un mensaje muy claro: teman, porque se acaba la edad de la inocencia. Porque adornadas con tonos pasteles y coreografías poco sugerentes, las canciones de Britney hablaban de esa tensión adolescente entre la expresión de la sexualidad y la pureza, el deber de esperar y el seguir los instintos.

“El pop adolescente, un subgénero de la música pop, está marcado por un choque entre la presunción de la inocencia y la sexualidad abierta, un conflicto que refleja la confusión física y emocional de su público objetivo y base de fanáticos: pre adolescentes, adolescentes y niñas de clase alta suburbana”, dice al respecto la musicóloga Melanie Lowe en su ensayo La escena “tween”: Resistencia en medio del mainstream.

Britney, a fines de los 90, era un ejemplo de que ponerte una mini falda o usar un crop top no te volvía una persona sexual, o al menos eso pensábamos nosotras. Lo que no entendíamos, era que su imagen sí era sexualizada desde un punto de vista comercial, incluso casi pornográfica si pensamos en el imaginario de la escolar en mini falda bailando en los pasillos de su colegio. Pero todo fue presentado como un disfraz, pues aunque en ese entonces el feminismo no era tópico de entrevistas, la virginidad sí lo era.

Y por algún motivo, que Britney Spears fuera virgen era un tema importante. Y también que lo fuéramos todas nosotras. Incluso, pese a que ella y su igualmente famoso pololo, Justin Timberlake, eran adultos en esa época, los veíamos como si fueran nuestros compañeros de curso: el sexo no era tema.

La burbuja se rompió en 2002 cuando un despechado Timberlake le contó a la periodista Barbra Walters que Britney Spears no era virgen y que él podía confirmarlo. El estatus sexual de la cantante dejó de ser un rumor y se convirtió en portada, en tema de interés público. En julio del año siguiente, ella rompió el silencio en una entrevista para la revista W, donde admitió que sí tuvo sexo con el cantante, después de dos años juntos. Créanlo o no, esa declaración puso paños fríos y tranquilizó a los adultos que, al menos, le dieron peso al tratarse de una relación estable.

La soltería de Britney, nuestra universidad

Así como al salir del colegio una descubre que existen hombres distintos a los compañeros de curso, cuando Britney y Justin terminaron su relación, ella empezó a encontrar alternativas de compañía más allá del Club de Mickey Mouse. Y fue ahí cuando la prensa rosa comenzó una verdadera cacería para publicar con quién salía Britney ahora.

En ese entonces, ella ya se había graduado del colegio y comprendía, para dolor de cabeza de sus representantes, que le podía dar besos a muchas personas sin necesariamente tener que pololear. Y le dio besos, supuestamente, a Fred Durst, a Jared Leto, a Jason Alexander (con quien estuvo casada por 55 horas), a Colin Firth y a varios más, en una época marcada por el disco Britney y la canción Slave 4 U.

En ese entonces Britney ya no sugería sexualidad, emanaba sexo. Cuando en 2001 se presentó con una boa en sus hombros en los VMA, fue como un paralelo glamoroso de nuestra semana mechona. Dos años después, apareció In the zone, que identificó el discurso. Porque aunque se asumía que Britney era la princesa del pop y Madonna la reina, hasta el lanzamiento de este cuarto álbum no tenían en común más que el género musical, ser blancas y rubias. Madonna representaba una desfachatez que Britney parecía querer mostrar, pero siempre bajo control.

“Hey Britney, tú dices que quieres perder el control”, le canta Madonna en In the zone, como esa amiga que tus papás detestan por ser una mala influencia en tu vida. La que te dice que tienes que hacer lo que quieres, no lo que te dicen que tienes que hacer. Con esa interpelación, parece que algo se rompió en ella, comenzando la etapa de “la verdad”, que se mantiene hasta el día de hoy.

En 2005, MTV estrenó el reality Chaotic: Britney and Kevin, que mostró a la pareja en medio de una gira de la cantante y en la previa a su matrimonio y a los dos embarazos que precedieron a un inminente divorcio y a su caída en desgracia. En el primer episodio, Britney dice: “La gente te puede arrebatar todo, menos tu verdad. Pero la pregunta es, ¿pueden manejarla? ¿Pueden manejar mi verdad?”. Así, en segundos, reveló lo que todos ya sospechábamos: no sabíamos nada de ella, a pesar de ser una de las artistas más perseguidas por los medios y sobre cuya vida personal más se ha publicado.

¿Queríamos la verdad de Britney o estábamos cómodas con la mentira? ¿Podía Britney manejar su propia verdad?

Una maternidad caótica

El 14 de septiembre de 2005 nació el hijo mayor de Britney y Kevin Federline, y cuando faltaban dos días para su primer cumpleaños, la cantante dio a luz a su hijo menor. Así, en pocos meses, entró de lleno al mundo de la maternidad, un universo donde lo normal es equivocarse y que se debería vivir en privado y con el respeto y contención de los demás. Pero para ella no fue así.

En febrero de 2006, oficiales del servicio de menores llegó a la casa de Britney luego de que paparazis la fotografiaran manejando con su hijo sobre sus piernas, según ella, en un intento de escapar del acoso de los medios que la perseguían y que no le dieron tiempo para sentarlo en su silla. En mayo de ese año, cuando ya estaba embarazada nuevamente, casi se cae con su hijo en brazos saliendo de un hotel en Manhattan, intentando evadir a la prensa. Los medios comenzaron a juzgarla, ahora en su rol de madre irresponsable.

En noviembre de ese mismo año, Britney interpuso una demanda de divorcio contra Federline y pidió la custodia de sus dos hijos. En paralelo, los medios impresos y sitios web comenzaron a publicar fotos de sus fiestas con Paris Hilton, abriéndose paso a comentarios sobre su comportamiento errático en público. Un mes después, el New York Post aseguró que servicios sociales y familiares llevaban varias semanas intentando coordinar una entrevista con la cantante, para revisar la situación con los niños.

En febrero de 2007, Britney ingresó a un centro de rehabilitación, completando un mes de tratamiento antes de ser dada de alta, pero los comportamientos erráticos persistieron y Federline pidió la custodia de sus hijos en agosto de ese año. Como parte del juicio, a Spears se le ordenó someterse a pruebas aleatorias de drogas y alcohol y pese a que el juez exigió que ambos padres dejaran de consumir narcóticos, solo a Britney se le hicieron las test periódicos. El primer día de octubre se le ordenó entregar a los niños.

Not yet a woman

Difícilmente alguien podría decir que ha tenido una experiencia similar a la que la cantante vivió durante sus primeros dos años como madre, pero todas las mujeres que han vivido la maternidad saben sobre la importancia de la contención y de la privacidad, así como del apoyo en los momentos difíciles, que son inevitables.

Pero en el caso de Britney, era como el fin del sueño americano. Todas las esperanzas puestas en ella se habían ido a la basura, porque nadie se dio cuenta hasta entonces de que la intérprete era más que una máquina de hacer dinero y vender discos. Era más que un robot. Era una mujer. Una mujer que cuando se equivocó se le catalogó como “errática”. Una que cuando se aventuró a ser distinta, le dijeron que era “problemática”.

Ha pasado más de una década desde su caída en desgracia y el mundo, en apariencia, es distinto. Ahora que vive bajo la conservaduría de su padre y su equipo legal, y que gira en círculos en su mansión, mostrando su arte digno de un Medio Menor, los fans le piden que sea ella misma, que sea libre. Pero ya lo fue ¿y qué le trajo esa decisión, además que problemas?

Britney Spears es un tema para el feminismo, aunque ella no se refiera al movimiento. Porque desde que la conocemos ha vivido de manera aumentada los problemas por los que pasamos la mayoría de las mujeres, convirtiéndose casi en una caricatura de ellos.

Se vio forzada a hablar de su sexualidad con los medios de comunicación en tiempos cuando aún se hablaba de “perder la virginidad”, se le criticó cuando sus parejas no eran lo suficientemente buenas para ella y se miró con una lupa cada momento de su maternidad, hasta que finalmente perdió el control.

Y le pasó por ser mujer, en tiempos en que una mujer debía callar y agradar.

Sí, estamos hablando de hace diez años, no cien.

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