Lo que aprendí con mi segunda hija

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Hace unos días mi hija cumplió su primer año, y aún me sorprende ver cómo ella es la que me enseña a mí. En octubre de 2017 estábamos planeando un viaje a Brasil con mi marido y mi hijo mayor, que todavía no cumplía un año, cuando supe que estaba esperando guagua. La verdad es que no me alegré mucho, fue todo demasiado rápido. Recién estaba recuperando mi rutina, mi cuerpo de a poco volvía a su estado de siempre y retomaba algo de mi libertad. Cuando pensaba en las piñas coladas que me iba a tomar en Buzios, me ponía contenta. Pero con la noticia de mi embarazo todo cambió, y de un minuto a otro mi añorado viaje empezó a convertirse en un tema de discusión.

Además, dudábamos si viajar o no porque el Zika nos asustaba, como a la mayoría de las mujeres embarazadas o que planean tener hijos. Por eso decidí ir al Centro del Viajero de una clínica, donde la doctora fue tajante: "estás exponiendo gravemente a tu futura guagua si viajas. No puedes ir", me dijo. Salí llorando, no sabía qué hacer. Faltaban tres días para partir. Llamé a mi ginecólogo, quien me tranquilizó y me sugirió que tomara medidas precautorias. Sus palabras me tranquilizaron y decidí irme igual, pero debo reconocer que no lo disfruté. Todos los días y a cada rato me bañaba en repelente y tiritaba cada vez que veía un bicho cerca.

El embarazo fue mucho más cansador que el primero. Yo estaba trabajando día completo y el poco rato libre que tenía para descansar era imposible hacerlo con un niño de un año. Los últimos meses fueron difíciles; se me ponía la guata dura y andaba muy nerviosa. Siempre recordaba la pérdida de mi primera guagua a las 10 semanas y del monitoreo constante que tuve al final de mi segundo embarazo porque tenía síntomas de parto prematuro ya que mi guagua tenía la cabeza muy grande. Esa vez tuvieron que llevarme a pabellón y usar fórceps en la semana 36+5, sin embargo, esta vez nada fue igual. Adelanté el pre natal, pero finalmente ella se hizo esperar y nació ante todo pronóstico en la semana 39 sin previo aviso. En un control rutinario con la matrona nos dimos cuenta que estaba con tres centímetros de dilatación y sin ningún dolor. Me acuerdo que llegué a la clínica feliz y me compré un muffin y un chocolate caliente. Era uno de los días más fríos del año; uno con temporal y tormenta eléctrica.

El parto fue muy rápido, sin nerviosismo ni ansiedad. Y ella nació en menos de tres horas. Apenas lloró. Yo preguntaba qué pasaba. Me la mostraron un segundo y me señalaron que el Apgar había salido número 3, que estaba un poco agitada. El diagnóstico fue que venía con una depresión respiratoria neonatal y los doctores tenían que aspirarla, ventilarla y reanimarla. Se me vino el mundo abajo. Me quedé sola en la sala porque mi marido se fue con ella. Por suerte al rato entró mi mamá y dos de mis mejores amigas, quienes me tomaron de la mano mientras yo lloraba desconsoladamente.

Nuevamente tuve que vivir una primera etapa de maternidad fuera de control. Adiós apego, nada de verle bien su carita. Recién a las cinco horas me la llevaron a la pieza y la conocí junto a toda la familia extendida. Cuando al fin la tuve conmigo sentí tranquilidad, pero una pena tremenda porque lo único que quería era nuestro momento a solas. Ella solo me miraba muy fijo con una dulzura tremenda que me hacía sentir consuelo.

La lactancia fue un fracaso. Mi hija me mordía y yo no aguantaba el dolor. Como soy obsesiva, decidí seguir adelante y para calmar los dolores mordía los cojines. Me sangraban las pechugas, tenía heridas. Y fui a cuanto especialista de lactancia encontré. Lamentablemente tuve que darle relleno desde los dos meses y sacarme leche, lo que realmente fue un martirio. Era pleno invierno y yo no quería estar más en la casa, estaba muy abrumada con los dos. Nadie lo dice, pero hay mujeres a las cuales les gusta trabajar y a veces prefieren retomar su rutina. El post natal de seis meses para mí fue un problema, porque me llamó una consultora y me ofrecieron un súper buen cargo de medio día pero no me podían esperar. Entré a trabajar cuando mi hija tenía tres meses pero de manera ilegal, porque no está considerado que uno no se tome el post natal completo si te cambias de trabajo. Hay un gran vacío en ese ámbito.

Estoy segura que cada hijo viene a enseñarnos algo. Mi hija hoy tiene un año y estos 365 días han sido una lección de vida. No he podido manejar ni controlar nada como hubiese querido. Ella llegó como un torbellino para decirme que aprendiera a soltar. Y que si bien uno puede planificar la vida, al final hay que dejar que las cosas suceden y tratar de llevarlas de la mejor forma posible. Creo que sin duda ella me va a enseñar a mí a disfrutar, a reír a carcajadas, a no controlar todo a la perfección y vivir el día a día.

Paula (37) tiene dos hijos y es periodista.

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