Mis hijos, grandes maestros

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Muchísimo he leído acerca de esta pandemia que recién comienza, que nos agarró por sorpresa, que nos desafía día a día y cuyos efectos son aún inconmensurables. La maternidad y la paternidad, los niños y el teletrabajo han sido unos de los trending topics de los últimos meses.

En mi caso tengo dos hijos, de 4 y 7 años. El menor, con toda la ilusión de comenzar nuevos desafíos y estar por fin "en el colegio de su hermana", alcanzó a ir menos de dos semanas al colegio. Por menos de 14 días tuvo que acostumbrarse al despertador, a nuevos amigos, profesoras y espacios, a almorzar más tarde, al "turno" y al largo viaje de vuelta a la casa por los inevitables tacos propios del horario escolar. Aun así estaba feliz y entusiasmado. Pero de un día para otro, tuvo que entender que esa nueva experiencia ya no sería su rutina, que los pocos amigos que alcanzó a hacer y los lugares del patio que alcanzó a disfrutar, ya no estarían disponibles.

Y lo "entendió" o al menos lo aceptó con la mejor sonrisa y comenzó a acostumbrarse a su nueva vida en casa, donde su compañera de juegos es su hermana y donde los espacios ya son conocidos y menos desafiantes. Aprendió, y aprendieron juntos, que hay momentos en que se debe hablar despacio porque los papás están en reunión, que la plaza ya no puede ser un panorama, que aunque extrañen a los Tatas ya no los pueden ver ni abrazar, que si llega el pedido de comida no lo pueden tocar sin antes desinfectarlo, porque debemos tomar las precauciones por un "bicho" que ni siquiera alcanzan a ver, pero para el que inventan pócimas sanadoras en sus juegos.

Mis niños han peleado, han gritado, se han enojado e incluso un par de veces (lo digo con orgullo), han manifestado su frustración por muchas de las cosas que han perdido en este mes. Pero despiertan felices y entusiastas, nos llenan de abrazos y, aunque a veces los hemos retado más de la cuenta, insisten en querer estar con nosotros, cerca, encima, con besos pegoteados. Siguen disfrutando de los viernes de pizza y película como si fuera llevarlos a Disney. Se siguen entusiasmando a más no poder cuando dedicamos un tiempo a jugar con ellos. También hacen planes, recuerdan historias y anécdotas, se disfrazan, arman clubes y después los desarman.

En esta cuarentena los he visto crecer, ahora desde cerca, ahora sin interrupciones más que la ansiedad que a ratos me invade. Los miro y los admiro. Están más grandes. Veo cómo la ropa les queda corta y eso me saca una sonrisa. Trato de entender aún más sus enojos, sus peleas y me sorprenden sus reflexiones y conversaciones.

Ahora los conozco mucho más que antes y, si bien a ratos me agobian, los observo con mi cabeza en paz, libre de otros miles de estímulos que quedaron fuera cuando "el mundo se detuvo". Ellos han sido mis compañeros, mi desafío y mi admiración.

Constanza tiene dos hijos y es psicóloga.

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