No cumplir con la idea establecida de mujer cariñosa: “Siempre me han dicho que soy fría solo porque no abrazo al otro todo el día”




“Desde que tengo recuerdos, cada vez que he estado emparejada, hay un punto en la relación en la que mi pareja del momento hace un comentario respecto a lo poco cariñosa que soy, en algunos casos más extremos incluso han ocupado la terminología ‘fría’. Y muchas veces, frente a esa observación, no he sabido cómo responder. Me he ido aun más hacia adentro y he estado en silencio y contemplativa durante mucha tiempo, o al menos hasta que se me pasaba y lograba transmitir que en realidad no era fría, ni poco cariñosa o afectiva, sino que quizás mi manera de demostrar el afecto y el amor era distinta. Eso, a lo largo de mi vida, me ha costado mucho expresarlo.

Pero ya en mis últimas relaciones, y con mayor determinación, he aprendido a responder de otra manera. En un principio mis respuestas eran reactivas, y se iban articulando desde una sensación de rabia, de sentir que cuando me decían eso estaban esperando algo de mí que yo no tenía por qué entregar. Y que esa noción de lo que es el cariño o no, o el mostrarse cariñosa o no, ponía y pone mucha presión para aquellas y aquellos que no cumplen con los estándares. Pero ya con el tiempo empecé a responder, de manera clara y concisa; ‘¿poco cariñosa con respecto a qué?’.

Me di cuenta que con esa respuesta-pregunta se abre un diálogo, que sirve para todos los involucrados, y que muchas veces deja en evidencia que el ser cariñosa, demostrativa o tierna ha estado determinado por un relato construido socialmente y muy impuesto pero que poco y nada tiene que ver con el gigantesco espectro de posibilidades de lo que implica ser o demostrar esas sensaciones realmente. Porque al final, ¿por qué era poco cariñosa según ellos? ¿Porque no los abrazaba constantemente? A cada uno de ellos los quise, en mi experiencia, pero por alguna razón ellos veían en mí una frialdad asociada a falta de cariño. Y yo mismo me atrapaba tratando de explicarles que no es que no fuera tierna, o que no quisiera mostrar afecto, es que mi manera de hacerlo era distinta a la socialmente esperable de las mujeres. O simplemente que me conflictuaba –y aun no tengo resuelto– que eso fuera y sigue siendo lo que se espera de nosotras. Ahí estaba mi dificultad. Y por eso, también, he pasado gran parte de mi vida oscilando entre la ternura y las ganas de entregarme a ese imaginario por un lado, y la incapacidad de abrirme y mostrarme vulnerable por otro. Porque también está eso, y es parte de las contradicciones –o más bien complejidades– del ser humano. Que no fuera ‘tierna’ o demostrativa como esas parejas esperaban, también tenía que ver con una dificultad hacia el mostrarme tal cual, denudarme y exponerme. Porque en esa exposición está el famoso riesgo a salir heridos. También, hay parte de mí, que se relaciona desde ahí. Y me daba rabia que no me entendieran. Y que, en cambio, redujeran todo a un ‘tienes una frialdad’.

Muchas veces me cuestioné esa expresión, desde dónde venía y por qué los hombres con los que me relacioné sentían que tenían el derecho a decir eso. Frialdad porque no cumplía con un estándar. O frialdad porque no estaba pegada. O frialdad porque quizás me costaba un poco más abrirme. En todo caso, el problema no era la frialdad en sí, sino que la connotación negativa que conlleva en una sociedad en la que el imaginario imperante sigue siendo el de un amor muy tradicional, muy apegado, muy compenetrado y dependiente.

Es verdad que cambiamos y somos seres maleables. Con el tiempo me he visto mucho más abierta a soltar cierto tipo de rigideces e incluso me he visto entregando y mostrando más de ese ‘cariño’. Pero hago el ejercicio constante y consciente de ver si es que lo hago porque quiero y porque lo siento naturalmente, o porque es lo que se espera de mí. Ahí voy calibrando. También me he preocupado de expresar que hay distintos modos de mostrar el afecto, el cuidado y el amor. Y que también se puede incurrir en la manera tradicional de mostrarlos, pero no por eso creer que son las únicas. Y esas son las conversaciones que quiero tener con mis vínculos afectivos de aquí en adelante”.

Constanza Santis tiene 33 y es dentista.

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