Patines de cuatro ruedas

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De chica nunca fui buena para los deportes: me ahogaba corriendo los cien metros planos y me resbalaba subiendo la trepa. Pero soñaba con ser rápida y poder volar. La primera vez que me sentí realmente intrépida fue arriba de mis patines de cuatro ruedas. Corrían los años noventa y patinar era taquilla, pero hacerlo en pistas especiales era un panorama caro.

Cuando mi papá tenía plata, que no era muy seguido, nos llevaba a mí y a mi hermana a patinar a una de las pocas canchas que había en Santiago. Las primeras veces arrendábamos patines de nuestras tallas, pero después de una Navidad tuvimos los nuestros propios; los de mi hermana rosados y los míos azules, con un arcoíris que iba desde lo alto de la caña hasta la suela. Eran lo más parecido a los tacos que soñaba con usar cuando grande. Los ocupaba bien apretados en los tobillos, debajo de mis jeans arremangados. Y arriba de sus cuatro ruedas, sentía que tenía alas. Me podía pasar una mañana entera patinando, frenando y tratando de hacer piruetas.

Aunque nunca fui de las mejores de la pista -siempre había unas niñas y niños que patinaban increíble mascando chicle y escuchando música de sus walkmans-, muchas veces fui la más rápida. Me encantaba la velocidad. Y es que antes que enamorarme de alguien, mi primer amor fue el viento que sentí en la cara cuando agarraba vuelo, cerraba los ojos y creía que mis patines me llevaban al cielo.

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