Bertie, la resiliencia que todas llevamos dentro

Bertie, personaje de la serie Tuca & Bertie de Netflix, nos permite observar cómo el patriarcado nos ha hecho sufrir, pero también nos ha convertido en mujeres resilientes y esforzadas.




Si no has visto Tuca and Bertie, serie animada de Netflix que próximamente estrenará una nueva temporada, este quizás es el mejor momento. Es perfecta para reírse y entretenerse, pero también para pensar en nosotras y observar nuestras historias. En un mundo con animales y hasta plantas antropomorfos, especialmente pájaros, Tuca –un tucán– y Bertie –un zorzal– son dos amigas treintañeras cuya amistad está marcada por el paso a la adultez y los miedos que cada una enfrenta a la hora de hacerse cargo de sus vidas.

Con humor, ironía y un poco de locura, las protagonistas muestran el lado más hermoso del vínculo entre amigas: la preocupación por la otra, la ternura, la sororidad, la aceptación. Cada una representa un polo distinto que complementa a la otra: Tuca es energética, soñadora, atrevida, no tiene pelos en la lengua, no se deja atropellar –o al menos eso es lo que quiere demostrar–, se siente heroína, es entregada a sus seres queridos y es sumamente desordenada, nunca tiene dinero y no sabe hacia dónde remar. Bertie, en cambio, es cuidadosa, controladora, detallista, muy trabajadora y con ideales de triunfar, tener éxito y ser reconocida, pero también es ingenua, frágil y complaciente.

Tuca y Bertie representan personalidades que muchas veces podemos presenciar en nuestros grupos de amigas, y en mi caso, por alguna razón, siempre me sitúo más del lado de Bertie que de Tuca. Me identifico con su espíritu detallista, con su ñeque y su empuje, pero también con su fragilidad. Desde muy chicas a las mujeres nos han enseñado a ser trabajadoras, ser buenas alumnas, ser buenas hijas, ayudar en la casa, realizarnos para ser mejores. Está en nuestro ADN el esfuerzo y la perseverancia. Fuimos exigidas en roles múltiples y asumimos siempre que la vida sería así, más difícil, que tendríamos que ser madres, hijas, pareja, estudiantes, trabajadoras. Todo al 100% de nuestras capacidades.

Fui a un colegio solo de mujeres y recuerdo nítidamente lo preocupadas que éramos por hacer las cosas bien. Para las alianzas –evento anual que conmemoraba el aniversario del colegio– preparábamos con meses de anticipación complejas coreografías, escenografías y vestuarios. A los 15 años, nuestros amigos de otros colegios no tenían nada que conquistar ni que demostrar: se daban el lujo de ser más flojos y descuidados. Nosotras, a pesar de que eran bien pasteles y hasta se burlaban de nosotras, nos agarraban el poto y muchas veces inventaban cahuines para hacernos sentir mal, los aguantábamos porque queríamos tener a los hombres cerca. Así tal vez nos sentíamos más completas e insertas en la sociedad. Sabíamos que cuando saliéramos de cuatro medio y nos enfrentáramos al mundo mixto, en donde los privilegios siempre estaban de su lado, teníamos que saber lidiar con hombres para destacar.

Recuerdo haber tenido muy claro, por ejemplo, que en casi todos los empleos los jefes eran ellos y que existía una importante brecha salarial. Cuando hice mi práctica laboral me enfrenté por primera vez a ese mundo. Yo, una polluela recién egresada, tuve que aprender con lágrimas a adaptarme a las lógicas patriarcales del trabajo. Había que ser demasiado brillante, atrevida y seca para que al menos no se burlaran de ti en las reuniones de pauta.

Bertie en su trabajo de oficina sufre los ninguneos, robos de ideas y hasta acoso por parte de sus colegas varones, pero quiere tener a su jefe cerca para aspirar a un ascenso. Debe hacerse un lugar en medio de esa camaradería para poder ser escuchada y aceptada. Luego, cuando decide ser aprendiz de un reconocido pastelero de la ciudad, se ve atrapada en una relación de sometimiento. Lo idealiza, siente una fuerte atracción por él y se deja llevar por su seducción, para luego darse cuenta de la manipulación que ejerce sobre ella. Bertie está rodeada de hombres que la pisotean. Intenta lidiar con esos maltratos, pero el miedo al rechazo, a la vergüenza, a ser calificada de exagerada –etiqueta que siempre se nos refriega cuando hacemos valer nuestro malestar– y a perder su trabajo, la hacen sentir vulnerable y frágil.

Pero Bertie, con toda su fragilidad, nos da una lección de resiliencia. Junto a su amiga confidente, Tuca, explora que hay detrás de sus miedos y descubre un historial de situaciones que la fragilizan. Como muchas, Bertie desde niña ha pretendido ser la mejor, tal como le enseñaron, pero se encuentra constantemente con la sombra del machismo, acechándola, insegurizándola. Pero con perseverancia, autoexploración y haciendo valer su trabajo, le tuerce la mano y logra enfrentar las humillaciones que sufre.

El patriarcado nos ha obligado a ser más pillas y fuertes, a trabajar el doble en todo lo que nos proponemos, a ser responsables y nunca abandonar un proyecto, a cuidarnos, a estar siempre con las antenas paradas. A aferrarnos a las posibilidades de surgir y no soltarlas, a insistir, insistir, insistir hasta el cansancio. Así también hemos pasado por todo tipo de humillaciones y nos hemos sometido al ninguneo injusto de nuestros colegas, de nuestros jefes, docentes y hasta amigos, parejas y familiares. Pero Bertie nos enseña que no somos más insistentes e idealistas porque sí. Es porque el contexto nos ha fortalecido.

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