Cuasimodo: una fiesta de fe y tradición
Al norte de la capital chilena, a unos 33 kilómetros, se encuentra la comuna de Colina. Una cuenca ubicada en la provincia de Chacabuco donde el campo y las costumbres se combinan. Tierras con 129 años de historia que aún conservan una emblemática tradición religiosa: el Cuasimodo más grande de Chile.
Primer domingo después de Pascua de Resurrección del 2025, el reloj marca las siete de la mañana y junto al alba se asoman decenas de personas a las calles. El sonido de las campanas, que imita el tictac de las agujas, es el recordatorio de que faltan pocos minutos para que comience la tan esperada procesión.
En la calle principal, la fría brisa produce el vaivén de las guirnaldas blancas y amarillas que decoran la ruta de un extremo a otro, una especie de túnel apenas tocado por los primeros rayos de sol. Poco a poco se reúnen los vecinos, algunos aún en pijama, otros vestidos con sus mejores galas. Conversan entre ellos, mientras un hombre de pelo cano y chaleco reflectante prepara el camino, sacando piedras del suelo con una pala.
Entre los murmullos y el sonido de los autos, un grupo de motociclistas municipales se detiene a mitad de la avenida para cortar el tránsito. La gente, expectante, se agolpa en las veredas y eleva sus celulares. A lo lejos se ven los cuasimodistas, el galope se escucha cada vez más cerca.
A la cabeza del grupo, el estandarte de la Asociación de Cuasimodistas de Colina aparece junto a una cruz celeste. A sus espaldas, tres caballos tiran de la carroza en la que viene el padre de la iglesia, el resto de los blancos jinetes lo acompañan detrás. A su paso dejan una estela de banderas chilenas y estandartes de grupos de huasos. Como cada año, se da inicio al cuasimodo, y entre el sonido de las campanillas resuena un coro que dice: Santo… santo… santo…
El Cuasimodo es una fiesta popular religiosa que se da en el valle central chileno, en su mayoría en los sectores rurales de la Región Metropolitana. Específicamente en la provincia de Chacabuco (Colina, Lampa, Tiltil) y Talagante (Isla de Maipo, El Monte, Padre Hurtado, Peñaflor). No obstante, también se realiza en algunas comunas pertenecientes a la periferia urbana, como Renca, Quilicura, Lo Barnechea y Puente Alto.
También llamado “Correr a Cristo”, data del siglo XIX y su inicio se adjudica en los albores de la República chilena. Aunque no es hasta 1842 que se publica por primera vez sobre esta celebración en El Mercurio de Valparaíso.
Es en Colina donde se realiza Cuasimodo más grande de Chile. Año tras año la localidad se viste del color de la bandera del Vaticano (blanco y amarillo), y prepara sus calles para las cerca de 2.000 personas que participan en esta celebración, la única que mantiene la tradición intacta: completamente a caballo.
Su origen recae en el catolicismo, donde se considera necesario comulgar dentro del periodo pascual. En la Patria Nueva, los huasos de la zona escoltaban al padre para evitar que bandidos pudieran asaltar la carroza y robar el cáliz de oro. De esta forma, podría llevarle la comunión a enfermos y a quienes no pueden asistir a misa durante el periodo de Semana Santa.
Ese es el caso de la casa 1853 de la calle Fredy Maturana, donde vive la señora Elsa Santis. Hace más de diez años que recibe la visita de los cuasimodistas. En la entrada aún quedan adornos de ese día: ramas de palma y una cruz formada por flores de papel blancas y amarillas. “Trabajamos en conjunto [para adornar la casa]. Viene mi hija, mi yerno y los niños. Todos ayudan a poner bonito todo. Compramos las cosas, hacemos las flores y después mi yerno con mi nieto empiezan a adornar, barren la calle. Ahí vamos ordenando. Hay que tenerle a Dios, a Jesús, todo impecable”.
En el interior, la televisión está encendida y por la puerta entreabierta de una de las habitaciones se ve una máquina y el borde de una cama clínica. Su hijo, Rodrigo (43), tiene parálisis cerebral mixta. “A los veintiuno quedó ciego, y de ahí su mundo se le vino abajo. Estuvo dos años muy mal, postrado. No hacía nada, no quería nada. Ahí empezaron a venir a verlo y no han parado, ha sido todos los años. Es algo importante para él. Este año, antes de que llegaran, empezó: ‘No, no quiero, no, no’. Estaba furioso, y de repente escuchó al padre que venía entrando, se dio la vuelta y cuando le empezó a hablar, sonrió. Él sonríe cuando le hablan de Jesús”.
Con lágrimas en los ojos, intenta erguirse en la silla de niños en la que se encuentra sentada, en la mitad del living. A su alrededor, las fotos de sus hijos y nietos en sus graduaciones, bautizos y primeras comuniones, son parte de la decoración.
Aprieta los labios, se toma un momento, y continúa: “Esta es una tradición tan antigua aquí en Colina y creo que es lo mejor que puede suceder. No sé si ayudará a los corazones de toda la gente, pero ayuda mucho. Mucha gente que corre [a caballo] son familiares, hay un gran impacto porque se mueve todo en torno al Cuasimodo. A los que vienen a ver se sienten más relajados, más cerca de Dios. Me gusta cuando vienen a ver a mi hijo, porque ver su reacción, que se pone contento…Emocionan esas cosas”.
Los cuasimodistas
Un poco más al norte, fuera del sector urbano de la comuna, vive Valentina Aguilar (19). Toda su familia corre Cuasimodo, ella comenzó a los a los diez años.
“En mi caso, lo vemos más por la religión y porque el Cuasimodo empezó acá en Peldehue, ellos iniciaron todo eso. Siento que le da esperanza a la gente o más creencia en la religión. El cura se toma el tiempo de ir a ver a los enfermos, le da la bendición, le da la hostia. A mí me motiva salir con mi papá, mi tío, acompañar al santísimo, darles la comunión a los enfermos. No se sabe cuándo le puede tocar a uno. Si uno queda postrado por alguna enfermedad, tú sabes que el Cuasimodo va a estar ahí y el padre te va a venir a dar la bendición una vez al año”.
El canto de un gallo se escucha a lo lejos, y es que es así donde se ha criado ella. Entre medialunas, prados y animales. Allá donde la calma abunda y las familias comparten tradiciones. “Es algo que desde pequeño uno siempre quiere llegar a correr. Mis primos, todos están esperando a crecer para correr Cuasimodo”, dice Valentina.
Horas antes que el resto, a las 3 de la mañana, empezaba su jornada. Junto a su familia y al grupo de huasos de Peldehue, bajan con los caballos hasta el punto donde inicia el recorrido.
Cuando el frescor de la mañana ya se ha disipado, el sol ilumina en lo alto y la emoción del público se convierte en costumbre, continúan familias enteras desfilando orgullosas. Saludan animadamente al paso, rostros conocidos y uno que otro nuevo. Generaciones agrupadas en filas de tres.
“Lo que me motivó fue mi papá. Desde chiquitita ando en caballo y siempre me han gustado los animales. Cuando lo vi correr dije que igual quería hacerlo. Correr en familia es bonito”, responde tímidamente Agustina Muñoz (17), mirando a su padre Rodolfo (40).
Él, desde el sillón de enfrente, le lanza una mirada orgullosa. La misma que tenía ese día. “Participo desde los diez años. Mi papá, mi hermano y mi abuelo me inculcaron el tema del Cuasimodo desde muy chico. En cada Cuasimodo que corro me viene el recuerdo de mi papá siguiéndome, es el recuerdo más grande que tengo”.
Desde afuera de su casa, se escucha la risa de una niña pequeña, la menor de las hijas. Abre la puerta bruscamente y el grueso rosario de madera que cuelga de ella, produce un fuerte sonido. Entra como un torbellino directo a los brazos de su padre.
— Matilda, también vas a correr Cuasimodo, ¿No es cierto?
Entre los más de 1.500 jinetes, cuando es el turno del grupo de cuasimodistas de San Miguel, padre e hija corren por primera vez juntos.
Un antiguo linaje
En Colina existen 11 grupos de cuasimodistas, como el de Esmeralda, Colorado, Chacabuco, Peldehue, San Comaico de Quilapilún, San Luis, Reina Norte, Reina Sur, Las Canteras, San José y Santa Filomena. Divididos según los sectores de la comuna. Cada uno hace su lista de personas a las que visitar y recorren toda la comuna, desde el campo a la cuidad, para terminar en San Miguel con la misa. Entre todos forman la Asociación de Cuasimodistas de Colina, fundada el año 1946.
Don Ramón Guajardo González (81), fue vicepresidente durante 20 años aproximadamente. Actualmente es el cuasimodista más antiguo de la localidad, con 77 años de trayectoria en la tradición del Cuasimodo. Entre las vivencias de aquel periodo de su vida, brota un recuerdo tan claro como el cristal de sus anteojos.
“Yo estaba de vicepresidente de la asociación. Como un mes antes del Cuasimodo, en la primera reunión de la parroquia llega un joven de Esmeralda: Rodríguez Mociate, preguntando si podía salir el alcalde en otro coche [además del que usa el padre de la iglesia]. En esa fecha no estaba el presidente, entonces yo le dije que no, que no se podía. Me dice: ‘pero es que no sabe andar a caballo’. Tiene un mes para que aprenda, le dije yo. Justo trabajaba un chiquillo de Peldehue en la municipalidad y él le prestó una bestia. Practicó todo el mes y cuando llegó el día, veníamos en la Reina Norte, se notaba que se sentía cansado, pero aguantó y duró toda la carrera. Y de ahí le gustó y siguió [los años posteriores]”.
Adentrándose en las calles que lo han visto crecer, en el sector Reina Sur, casi como una bienvenida aparece un hombre montado en su caballo. Un contraste que azota como una fusta de historia y realidad. Hace solo unas vueltas atrás, el panorama urbano de Colina se desarrollaba de forma habitual. Sin embargo, entre esos caminos, las hectáreas de vida campesina se esconden a los ojos de los poco conocedores.
En estos sectores de la comuna, donde parece que el tiempo se hubiera detenido, existe un linaje de familias muy antiguo, que se mantiene desde la época de los latifundios. Como lo es la familia Guajardo González.
Los corridos mexicanos acompañan el silencioso trayecto en auto, la única forma de llegar a la casa familiar. Uno de sus sobrinos, va con su familia a visitarlo. Al inicio del camino, por la ventana derecha, aparece una casona. Su antigua fachada denota su aspecto colonial.
Una vez llegado al destino, un amplio corredor recibe a sus invitados. Lazos, monturas y herraduras se encuentran colgadas por el lugar. En unas sillas está Ramón, y a su lado lo acompaña su hermano Fidel (76). A su izquierda, una casa de adobe, en la que vivían sus abuelos. A su derecha, una más moderna, donde vive el resto de su familia. Y al final, en la inmensidad del verde, descansan unos caballos.
Junto a ellos se sienta su sobrina nieta, Antonia Jofré (19). Escucha atenta las anécdotas que surgen. Ambos hermanos participan desde muy pequeños en la tradición, desde ese tiempo sus abuelos, padres y tíos ya lo hacían. En la especie de círculo que se forma, las memorias y las risas van y vienen.
“Cuando llegó el nuevo dueño de la casona [la que se encuentra cerca de la entrada a Reina Sur] le dije: ‘Don Pablo, el dueño de casa le da el desayuno a los cuasimodistas’. Yo trabajaba desde antes allí, cuando estaban los patrones. Cuando esto era fundo y había lechería, mi mamá tenía que hacer el chocolate en fondos grandes. Le daban chocolate y galletas al que llegaba a la capilla. Entonces cuando este caballero compró la casona le dije como eran las cosas acá, para que siguiera igual la tradición. ‘Ya pues’, dijo y se hace hasta el día de hoy”.
Fidel ríe al recodar la situación. Él se encarga de vender la leche que producen sus vacas, al lado de la casa antigua está la carreta con una lechera de acero. Hace unos instantes regresó de las entregas.
Un tiempo atrás compró una calesa verde, del año 1910, en ella le ha tocado acompañar desde velorios de cuasimodistas hasta matrimonios de huasos. Como él dice: ‘vivos o muertos me sirven’.
“Mi papá siempre dice que lo hizo popular, porque él le dio la idea cuando se casó”, agrega Antonia. Hoy, su padre es el presidente del grupo de huasos de Santa Filomena. “Es bonita la parte religiosa, la fe que nos dejaron los abuelos. Tenemos un hermano que corría con sus tres hijas, nosotros corríamos con las nuestras pero después fueron mamás y dejaron de hacerlo. Pero sí que ellas son entusiastas, ayudan a preparar todo. Ahora corren los nietos y bisnietos”.
“Un verdadero tesoro del pueblo de Dios”
Vidas completas con el Cuasimodo presente. Mientras habla, Fidel dirige la mirada hacia el final del corredor. Cerca de los fardos de heno hay una foto del papa Juan Pablo II. En 1987, durante su visita en Chile, calificó esta celebración como “un verdadero tesoro del pueblo de Dios”.
En un costado, delante de un pendón con la fotografía de un Cuasimodo, se encuentra la carroza donde se traslada al padre. Tan pulcra, tan azul como ese día. Ese azul profundo que contrasta con la blanca vestimenta de sus escoltas.
Las cofradías de huasos, cubren sus ropajes típicos con una capa corta llamada esclavina y utilizan un pañuelo a juego, que cubre sus cabellos en señal de respeto a Cristo sacramentado, ya que no se debe utilizar sombrero en su presencia. Aunque existen en colores como rojo, café o celeste, el blanco es el más común.
“Mi mamá nos hacía las esclavinas. Nos tenía del más grande al más chico, que era yo. Cualquier cosa ella hacía otra, era costurera. Tienen que estar por ahí, se gastan con el mástil de la bandera y después se cambió al [color] blanco. Se han ido renovando”, recuerda Fidel Guajardo.
“Cuando yo partí tenía una esclavina roja. Cuando me la pasaron a mí, por tradición familiar, ya tenía unos 100 años. La ocupó mi bisabuelo, mi abuelo, mi papá, mi hermano y yo. Después se perdió y nunca más la pude encontrar”, en el caso de Rodolfo Muñoz.
La esclavina va bordada en color dorado, usualmente con imágenes alusivas a la religión católica (cruz, cáliz, hostia, etc.). “Por lo general tenemos los mismos diseños o colores, se ve en casi todas las familias. Con mi papá tenemos la misma esclavina y el mismo pañuelo, es blanca y tiene atrás una cruz y una paloma con una espiga”, comenta Valentina Aguilar.
Ya de los últimos en la fila, un pequeño niño sorprende a todos los espectadores. No tiene más de 5 años, sus pies apenas alcanzan la montura. De ahí se sostiene con fuerza y con una gran destreza pasa a galope tendido. Como él, cada año se suman nuevos jóvenes que continúan la tradición.
Un siglo después de su origen, en 2018, el Cuasimodo es ingresado y reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de nuestro país. “Mientras esto esté, que siempre va a estar Dios quiera, ahí vamos a estar nosotros”, asegura Elsa. “Los jóvenes son los encargados de mantener viva la tradición. Es una tradición que llena, que ya no la pueden sacar de Colina. Aunque quieran, no van a poder”, opina Rodolfo.
“Mientras podamos salir, vamos a salir. Hasta cuando ya no den las fuerzas”, sostiene Ramón, quien en estos días se prepara para el Cuasimodo 2026.
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