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Elizabeth Choque Mamani: hija de maestra artesana busca aprender

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

En 2012 Elizabeth Choque le propuso a su mamá, Dominga Mamani, postular una de sus piezas al máximo reconocimiento que se entrega a los artesanos en Chile: el Sello de Excelencia a la Artesanía.

La hija, ingeniera de profesión y artesana experta en el tejido a telar a pedales (técnica de origen español que se introdujo en el mundo aymara hace solo un siglo atrás), sacó fotos a la pieza y subió los formularios a internet, conocimientos que su mamá no dominaba.

Poco tiempo después Dominga, la madre, quien por entonces tenía 58 años, ganaba el premio con una wak’a carnero; una faja tradicional aymara hecha con un finísimo hilo de alpaca hilado a mano y tejido en telar de cintura, una compleja técnica de herencia precolombina que muy pocas aymara dominan hoy.

“Le ayudé a postular porque quería que acá en Pozo Almonte se visibilizaran las técnicas ancestrales que manejaba mi mamá y que con el pasar del tiempo se iban perdiendo”, dice Elizabeth ocho años después, mientras toma un descanso. Acaba de terminar de almorzar y pronto debe partir a otra sesión del taller de tejido tradicional, donde está aprendiendo el saber de su madre, pero no guiada por ella.

“Muchos me dicen: ‘pero si su mamá Eli es una de las maestras, ¿por qué la hija no heredó lo mismo?’. Bueno, lo cierto es que yo sabía, pero muy poco. Y ahora que nos están dando la oportunidad de aprender, me inscribí. Quiero convertirme en una transmisora para que mujeres jóvenes puedan aprender estas técnicas. Porque si bien hoy hay mamitas (artesanas antiguas y muy mayores) que todavía saben, ellas en cualquier momento nos pueden dejar. Y su sabiduría se va a perder”.

A pocas cuadras de donde está Elizabeth se encuentra el Centro de Artes Escénicas de Pozo Almonte. Allí, en una sala, la maestra Albina Choque, quien tiene los mismos años que su mamá, les está enseñando a “levantar tejidos” –como le dicen a sacar el diseño en el telar de cintura–, en un taller de Tejido Tradicional aymara organizado por Artesanías de Chile.

“Harta paciencia que tiene la tía Albina”, dice Elizabeth. “Mi mamá, por ejemplo, tiene otra forma de enseñar porque es muy rápida. De hecho, una vez le dije: ‘mamá, enséñame que quiero aprender’ y ella me dijo: ‘a ver, voy a tirar (hacer) la faja carnero’. Pero lo hacía tan rápido que yo no era capaz de entender. Le decía ‘¿cómo voy a aprender así?’. ‘Aprendiendo’, me decía ella. Y es que las mamás son así. Una cosa es tener a quien sabe la técnica y otra cosa es que esa persona sepa enseñar”.

Por lo mismo, Elizabeth reconoce que ha tratado de “sacarle el jugo” a los cuatro días que lleva junto a Albina. En cada una de sus sesiones se sienta cerquita. La observa. Toma nota de cada uno de sus pasos en un cuaderno donde, asegura, “solo yo me entiendo”.

Esta tarde la sala donde trabajan está en silencio. Reina la concentración. Las siete artesanas que asisten al taller tienen los ojos pegados al hacer de Albina, quien con sus dedos guía las hebras con una maestría difícil de describir. Les está enseñando a pallarar: seleccionar los hilos. “Blanquito para arriba. Negrito para abajo”, dice Elizabeth. De acuerdo a esa pallarada las artesanas después illaguan para que salgan los diseños. La complejidad de la faja pasa por esa separación de los hilos. “Todo lo fuerte está en el pallarar”, dice Elizabeth. “Si uno se equivoca en el pallarar nunca va a sacar el diseño”.

Esto de que sea tan difícil hacerlo es, en parte, lo que explica el alto valor de estas piezas. “Una persona que ve una faja y ve su precio se debe preguntar por qué es tan caro. Pero es que detrás de una faja tradicional hay mucho trabajo: las artesanas hilan ellas mismas la alpaca a mano con su puska (huso en aymara). Hacen el torcido de la lana, tienen que lograr la kisa (la gradación de los colores en el tejido), tienen que diagramar los hilos y sacar el diseño que es muy difícil, y para eso tienen que estar muy concentradas.

Los pasos son muy lentos y uno lo tiene que hacer muy cuidadosamente para que quede bien. A uno le llega a doler la cabeza para sacar el diseño”, dice. El día anterior, de hecho, terminó con migraña. “No había caso, lo hacía una vez y me salía mal, lo hice otra vez y me salía mal. Tuve que desarmar el tejido cinco veces”, dice entre risas.

Pero hoy Elizabeth reconoce que ha sido un día bueno, que se siente más segura. Por más compleja que sea la técnica, disfruta el taller. “Es entretenido porque además en los ratos de descanso uno aprovecha de conversar, de ponerse al día con las otras artesanas. Porque en general nunca se dan esos tiempos: la mayoría pasa en sus casas porque si no está tejiendo está en la ganadería, en la agricultura”, dice.

Le gusta pensar que en estas instancias otras mujeres más jóvenes darán el salto. “Hay que interesar a las artesanas jóvenes por tener este conocimiento; solo así esto no se va a perder”. Un atractivo para lograrlo, comenta, es el acercamiento que están haciendo a la innovación. “Las artesanas tenemos la técnica, tenemos la sabiduría. Pero al hacer un producto distinto estamos explorando algo grandísimo: la oportunidad de que mucha más gente pueda adquirir nuestros productos, que se sientan atraídas por lo que hacemos. Si eso ocurre, se llevan un pedacito de la tradición aymara. Y eso es un potencial”.

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  • Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.
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