Hablemos de amor: aprender a amar como se ama a un gato
A partir de una frase atribuida a Julio Cortázar, la autora de esta columna reflexiona sobre lo que tenemos que aprender de los gatos a la hora de amar: aceptar al otro como es, sin intentar cambiarlo ni olvidar nuestras propias necesidades.
Hay una forma de amar que agota. Esa que lleva la cuenta de cuántas veces llamó el otro, cuántas veces tomó la iniciativa, cuántas veces quiso verte. Una forma de amar que espera una reciprocidad exacta, casi matemática, y termina generando sufrimiento.
Todos la hemos conocido en algún momento de la vida, ya sea como quien lleva la cuenta o como quien siente que está siendo medido. En algún momento se aprende a soltar el “cuánto”, ese conteo de llamadas, de palabras y de veces que se vieron. Y cuando eso se suelta llega el alivio, no solo para uno, sino también para la relación. Porque una cosa es necesitar reciprocidad, algo fundamental en el amor, y otra es esperar que el otro la demuestre exactamente de la misma manera que nosotros.
Por eso me gusta esta frase de Julio Cortázar: “Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”.
Esta frase llegó a mí cuando todavía era de las que llevaba la cuenta. Y es cierta, porque un gato no viene cuando lo llamas y no siempre está cuando quieres acariciarlo; aun así lo quieres, lo aceptas en su libertad, en su forma particular de acercarse.
Cuando hablo de amar como se ama a un gato, no me refiero a la indiferencia, ya que esta omite al otro, lo borra de su vida. Se trata de todo lo contrario, de ver al otro como es y no como uno quiere que sea. Acepto que mi mano no siempre será acariciada, pero no por eso le permito que me muerda.
Amar como se ama a un gato también es aprender a soltar, a entender que no siempre las relaciones se dan como uno espera. Pero eso no significa quedarse en una relación que ya no nos hace bien.
El amor tiene sus propias estaciones. Algunas relaciones serán primavera entera y otras solo un atardecer de verano. Este último no dura, pero aun así valió la pena mirarlo.
Y es que el amor no siempre dura toda la vida, y eso no lo hace menos real. A veces se da por una temporada, a veces por una vida entera. Exigirle permanencia a algo que tiene sus propios tiempos es una forma segura de sufrir. Pero también lo es quedarse esperando eternamente algo que el otro no puede o no quiere dar.
Por eso, quizás se trate de soltar el conteo y amar como se ama a un gato, sin intentar cambiar al otro, aceptando su forma de ser y de amar, pero sin olvidar que nuestras propias necesidades también importan. Y si esas dos formas de amar no logran encontrarse, quizás sea mejor aceptar que no son compatibles. O, simplemente, buscar a un perro.
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