Mamá adoptiva a los 24 años




Cuando tenía 24 años viajé a Honduras para ser voluntaria en una ONG que cuida a menores en riesgo social. Iba como terapeuta ocupacional a hacerme cargo de un grupo de 16 niñas entre 5 y 7 años. Apoyaba a sus cuidadoras en lo que ellas necesitaran: alimentación, baño, preparar meriendas, jugar y hacerlas dormir.

Desde el primer día, esas niñas se ganaron mi corazón. Aún recuerdo cuando cumplí los dos meses viviendo allá y una de ellas, mientras la acompañaba a dormirse, me dijo: “yo a vos te quiero mucho”. Con la voz entrecortada de emoción solo pude responderle que yo también la quería mucho. Y desde ese momento entendí que ser parte de la vida de alguien que ha perdido a las personas más importantes y aún así decide quererte, aún así tiene amor en su corazón para entregarte, era la bendición más grande que la vida me estaba entregando.

Fui muy afortunada. Durante un año y medio jugamos, cantamos, bailamos, comimos con las manos, les di abrazos del oso fuerte para secarlas después de un baño, las hice dormir y les di un beso en la frente cada noche. Y sin darme cuenta mi lado maternal comenzó a aparecer, convirtiéndose “en mis niñas”. Muchas veces nos peleamos porque ellas eran muy dulces, pero otras veces muy agrias. Sin embargo, estaba ahí para acompañarlas con amor y ayudarlas a enfrentar sus emociones, pues si no era yo, ¿quién más?

Cuando llevaba tres meses viviendo esa experiencia, escribí en mi blog una nota que, después de dos años, me recuerda que el cuidar a otro no es solo cubrir sus necesidades básicas, es también entrar en su corazón y reflejarte en él. Entregarles a los niños ese amor enorme que tienes dentro de ti, que muchas veces ni sabías que ahí habitaba. Entregar amor que quizás no te dieron en tu infancia o entregar ese amor que tuviste de sobra.

Esas niñas me enseñaron mucho. Verlas felices, sin ninguna razón aparente o alegrarse con algo tan simples como tener coco de merienda, me hacía inmensamente feliz. Me gustaba también que al dormirlas me acariciaran el pelo y la cara, como si fuera una manera de devolver el amor que les entregaba, olvidando que son ellas las que deben recibirlo en ese momento. Me gustó ver que el rencor no existe en sus corazones y darme cuenta de que están hechas de emociones muy fuertes. Son absolutamente intensas: si quieren llorar lo hacen con fuerza y si quieren reír lo hacen con escándalo.

Aprendí con ellas que cuando queremos a otros, debemos apreciarlos. Admirar su manera de vivir la vida. Quizás nunca conocerás las penas más grandes de quienes te rodean, pero puedes apreciar cómo, a pesar de todo, viven cada día con su corazón lleno de amor.

La experiencia de cuidar a 16 niñas hondureñas me enseñó a entregar amor y a recordar que todos fuimos niños y que por eso merecemos que los que vienen en el futuro reciban un mundo más integro y consciente. Merecen tener un mundo donde admirar sea parte de la cotidianidad y donde la maternidad sea valorada como una de los principales factores del bienestar socio emocional de un niño.

Una valoración profundad desde quienes la ejercen biológicamente y de quienes decidimos vivirla sin saber que la estábamos viviendo.

Macarena tiene 27 años y es terapeuta ocupacional.

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