Relacionarnos con nuestros hijos: Guía práctica para un aprendizaje que no termina nunca

Saber relacionarse significa ser capaces de comprender y empatizar con las emociones de los demás e incluso con las propias. Por lo tanto, lograrlo con nuestros hijos es comprender sus sentimientos y empatizar con ellos desde infancia, algo que se basa en el respeto mutuo y la validación del otro sin importar la edad.




“Muchos padres sienten que es un problema conversar con sus hijos porque no saben cómo hacerlo”, dice Javier Ochoa en su charla Ted ¿Y si los adultos y niños habláramos más? Una pregunta con la que el expositor mexicano da cuenta de la enorme distancia comunicacional que existe entre muchos padres y sus hijos. Aprender a relacionarnos entre padres e hijos es una tarea difícil que requiere de paciencia y dedicación. No basta con que los cuidadores sean proveedores de alimentos, vestuario y educación, también es importante que sean artífices de lazos profundos, donde los niños sean escuchados y comprendido de acuerdo a su edad y contexto.

Al respecto Karina Navarro, psicóloga infantojuvenil, señala que: “Saber relacionarse significa ser capaces de comprender y empatizar con las emociones de los demás e incluso con las propias. Por lo tanto, lograrlo con nuestros hijos es comprender sus sentimientos y empatizar con ellos. Una construcción que se hace desde la infancia y que se basa en el respeto mutuo y la validación del otro independiente de su edad”.

Algunos expertos señalan que el vínculo de confianza con los hijos se construye desde antes del nacimiento. Así, por lo menos lo manifiesta Marcela Jiménez, psicóloga, quien sostiene que “a partir de la vida intrauterina se produce un intercambio químico que da cuenta de la fuerte conexión entre la madre y el feto, quien recibe por medio de hormonas las reacciones de su madre, manifestando a través de movimientos la demostración de sus propias reacciones y el efecto de dicho intercambio con su entorno”.

En 2012 la Organización Mundial de la Salud divulgó los resultados de una investigación basada en una encuesta realizada a niños y adolescentes, entre 11 y 15 años, y en ella se reveló que cuando los menores habían tenido una buena relación con sus padres, manifestaban estar a gusto con su cuerpo y tenían menos quejas con respecto a cuestiones psicológicas y de salud. Un estudio que concluía la importancia de una apego seguro para construir relaciones de confianza con los hijos.

Sobre ello, Jiménez sostiene que es imposible referirse a la comunicación de padres e hijos sin hablar del vínculo del apego. “Desde ese enfoque una sana comunicación se sustentaría en un proceso que se inicia con la capacidad de “leer la mente” de quien depende de nosotros, pudiendo así satisfacer sus necesidades de manera atingente y oportuna. De esta manera y si existen las condiciones, durante el desarrollo, la relación va sentando sus bases desde la confianza y una sana comunicación”.

En ese contexto de cuidado, agrega la profesional, los hijos aprenden a confiar en sus figuras significativas, quienes intentarán responder y regular sus emociones para calmarlos. En este círculo de seguridad, las y los niños se encuentran inmersos constantemente, siendo capaces de explorar, jugar y alejarse física y temporalmente de sus padres en absoluta tranquilidad, sabiendo que si se desregulan ahí estarán ellos para calmarlos.

Contrario a esa conducta, si los padres reaccionan con indiferencia, comunicando cierto rechazo al estrés, probablemente se desarrollará un apego evitante, relacionándonos desde ese mismo lugar con el mundo. “Si al momento de ser padre/madre no hemos tomado consciencia de esto, transmitiremos aquel patrón hacia nuestros hijos, mediante el mismo estilo de reacción/comunicación”, explica Jiménez.

Cómo afianzar los lazos

En 2015, la prueba internacional Pisa, que mide los aprendizajes de los jóvenes de 15 años en distintos países del mundo, reveló que los estudiantes cuyos padres se daban el tiempo para conversar con ellos, no solo obtuvieron mejores puntajes en las pruebas de ciencia, lenguaje y matemática, sino que también manifestaron estar más satisfechos con sus vidas. Una demostración de lo que significa para los hijos -de todas las edades- ser escuchados y atendidos por sus padres. “No es necesario hacer cosas estrambóticas. Se trata de generar tiempo de encuentro, un espacio para conversar o compartir un rato juntos sin presiones ni demasiadas actividades planeadas”, dice Melina Furman en su libro Guía para criar hijos curiosos.

Karina Navarro explica que la relación con los hijos debe ser acorde a sus etapas de crecimiento. “Cuando son menores es importante que nos incorporemos a sus actividades y no dejarlos que jueguen siempre solos; demostrarles que entendemos sus fantasías y mundo interno; construir día a día una autoestima positiva, hablándoles, por ejemplo, de sus capacidades. En la adolescencia, en cambio, debemos darles su espacio, no abandonarlos por verlos más grandes, mostrarnos cercanos y empáticos con ellos, contarles sobre nuestras experiencias y aconsejarlos aunque no lo pidan y validar sus emociones”.

En ese aprendizaje emocional como padres es importante, para las expertas, estar atentos también a cómo nos comunicamos no verbalmente. Esto, pues lo hijos están mirando siempre a sus progenitores y se dan cuenta si existe coherencia entre lo que se dice y hace.

Guía práctica

Para promover una sana relación con los hijos y fortalecer un apego seguro, la psicóloga Marcela Jiménez, comparte algunos consejos:

  1. En los momentos de estrés o malestar es clave observar cómo reacciona nuestra o hijo, qué conductas manifiesta, qué expresa su cuerpo en esos momentos, qué suele gatillar esa conducta. En palabras simples, conocerlo bien.
  2. Comprender qué nos pasa cuando nuestros hijos se sienten mal, estresados, enrabiados, tristes, avergonzados, ansiosos. No podemos apagar un incendio con más bencina. Por ende, si no estamos regulados, la intervención no será exitosa. Muchas veces sucede que repetimos la forma de abordar estas situaciones en base a cómo lo hacían nuestros padres, sin tomar consciencia ni cuestionarnos el impacto que produjo en nosotros y en nuestra forma de criar.
  3. Practicar la comunicación asertiva al momento de regular las emociones de nuestros hijos mediante distintas estrategias que se ajusten a sus necesidades y a las diversas situaciones. Estas son: ‘Alfabetización emocional’, educar sobre las emociones y su funcionalidad; ‘Validar la emoción al poner en palabras lo que están sintiendo’, por ejemplo, decirles 'parece que te sientes triste, veo tus lágrimas y sé que te dio pena que tus abuelos se hayan ido". Esta estrategia permitirá que se sientan comprendidos y estaremos comunicando que pueden expresar sus emociones y confiar en sus padres; ‘Contener con palabras o físicamente con abrazos y besos’ y ‘Negociar y dar alternativas de solución’.

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