Retomar una relación antigua en plena pandemia




“Con Jorge nos conocimos en 2012, en un programa de certificación de coaching en el que trabajamos procesos de transformación y expusimos nuestros dolores y heridas en un contexto de mucha honestidad. Esa vez fuimos compañeros de equipo y nos conocimos desde nuestras luces y sombras, reconociendo que teníamos ciertos patrones de conductas similares. Él estaba en una relación –de la que le costó mucho salir– y yo lo asumí como amigo y como alguien que había aparecido en mi vida en un momento importante. Nunca consideré una posibilidad romántica.

Nos encontramos después en abril de 2013 y ahí sí dimos paso a una dinámica de pareja. Él había terminado con su ex y yo venía saliendo de una relación. Por ese entonces yo tenía 42 y él 47. Pero solo estuvimos juntos un mes. Un mes en el que nos presentamos a nuestras hijas, compartimos sueños y planes a futuro, pero en el que al parecer no estábamos preparados para estar el uno con el otro. Yo di por hecho que como siempre nos habíamos relacionado desde la amistad y que él quería estar conmigo y que íbamos a construir una historia juntos. Pero él entró a la relación desde la desconfianza y no la pudimos sostener.

Terminamos y sentí rabia y pena durante un tiempo, pero después se me pasó. Me preocupé de mí, de sanar y establecimos una linda amistad. Durante siete años no fuimos pareja, casi ni nos vimos, pero cada cierto tiempo hablamos con ternura. Cada uno hizo su vida, con algunas relaciones significativas y otras no tanto entre medio. Hasta que en mayo de este año, él apareció por mensaje y me dijo que le pasaban cosas conmigo y que si yo estaba dispuesta a intentarlo, quería que nos diéramos una oportunidad. Su amor, según me dijo, estaba intacto.

Desde octubre del año pasado que yo venía desarrollando un proceso personal en el que estaba revisando mi historial, conectándome con mis necesidades, mis deseos y articulando quién quería ser de acá en adelante, sin miedo de reinventarme a los 50 años. Estaba queriendo cambiar de rumbo, sanar heridas, romper con patrones y darme la posibilidad de amar y entregarme plenamente a la confianza, sin cuestionamientos. Estar en una relación donde no tuviera que restarme. Y entre medio de esas reflexiones, apareció él de una manera súper clara y concreta.

Decidí entonces darme una oportunidad y volver a confiar. Hablamos por horas y finalmente establecimos que nos veríamos el 9 de mayo. Las personas estamos en constante cambio y transformación, pero la esencia se mantiene y ese día la pude ver. Decidí darme una oportunidad de conocer a este nuevo Jorge, cómo había cambiado él y cómo había cambiado yo en estos siete años. Él justo se estaba instalando en el campo, en San Vicente de Tagua Tagua –donde yo nací y de donde viene mi familia–, y me dijo que me podía llevar a conocer el terreno y la casa nueva que estaba en plena construcción. Y allá se decretó la cuarentena total para Santiago, por lo que un fin de semana se transformó en más de dos meses. Viviendo juntos en la casa, compartiendo el proceso de construcción e instalación.

Estaba agotada de correr y del hacer. Por lo que justo coincidimos y apostamos por ver cómo nos iba en esto. Han sido meses de aprendizaje y de goce, en los que además pude entender que en su minuto, en 2013, no estábamos preparados para estar juntos. Ahora nos reconocemos como seres que necesitamos amor sin que eso sea ridículo, ni algo que nos expone o nos fragiliza o que nos pone a merced del otro. El amor es una decisión. El minuto en que conectamos y logramos entender que había una posibilidad de tener una historia compartida, le pusimos ganas y cabezas. Pero eso también da cuenta de cómo nos predispusimos.

Vengo de un linaje de mujeres que ha tenido que sacar adelante sus clanes por sí mismas, en la que no existe mucho una cultura de amor en pareja o de hacer vida con alguien. Y en ese sentido, todas sentimos que la vida es sufrida para las mujeres, que lo es efectivamente. Pero Jorge vino a hacerme revisar un poco mis juicios asociados a lo masculino. Yo valoraba poco la energía masculina, sentía que las mujeres podíamos hacer todo solas. Y eso es verdad, pero también se puede de a dos. Él apareció como un hombre que efectivamente suma, y no uno que le resta a mi energía.

Esta pandemia, en el fondo, me conectó con otras posibilidades; la de entregarme y abrirme a la ternura, la de volver a conocer a alguien después de años y la de reinventarme en todo sentido a los 50, para definir qué voy a hacer durante la otra mitad de mi vida”.

Ana Luz del Río (50) es abogada y coach.

Comenta