Sigo enamorada de mi ex

si yo hubiera-02




Terminé una relación de trece años hace un año y medio y puedo decir con plena seguridad que sigo enamorada de él. Sé que nos conocimos siendo muy chicos -yo tenía 17 y él 18- y que en estos años los dos hemos cambiado y crecido, pero lo que yo siento por él se ha mantenido igual. En el último tiempo de nuestro pololeo me diagnosticaron un trastorno de ansiedad y creo que haber seguido juntos –en un momento en el que claramente lo ideal hubiese sido enfocarme en mí– fue lo que nos llevó a una ruptura abrupta y radical. Si yo hubiese entendido antes la importancia de estar bien, no hubiésemos terminado como lo hicimos. Y ahora que efectivamente he aprendido a priorizar mis necesidades y a hacer un trabajo personal, me encantaría poder compartir esta versión de mí con él. No es fácil darse cuenta que se puede perder al gran y único amor de la vida.

Con Max nos conocimos cuando estábamos en tercero y cuarto medio, respectivamente. La historia parece de película; yo iba en un colegio de monjas con puras mujeres y él estaba en el colegio de al lado, de hombres. Un día, durante las alianzas, un amigo nos presentó y yo, pese a encontrarlo muy atractivo, me hice la desinteresada. Supe de inmediato que se sabía mino y eso me causó un poco de rechazo. Recuerdo, incluso, habérselo comentado a una amiga, pero ahora me doy cuenta que me sentí atraída desde un comienzo y simplemente no lo quise asumir. Un tiempo después le propuse a mi amiga que lo buscáramos, y armamos un plan infantil en Messenger. Cuando él salió del colegio, nos pusimos finalmente a pololear, y al poco tiempo supimos que lo habían aceptado en la Católica de Valparaíso y que teníamos que tomar una decisión; o terminábamos o seguíamos estando juntos a la distancia. No voy a negar que nos dio miedo, porque tampoco llevábamos tanto tiempo, pero queríamos estar juntos y decidimos que lo haríamos funcionar. Durante esos cinco años que duró su carrera –y la mía, yo entré un año después a nutrición– nos vimos todos los fines de semana y él me sorprendía cada vez que podía. Sin embargo, yo lo extrañaba mucho en la semana y traté de refugiarme en los estudios. Al poco tiempo, mi vida empezó a girar básicamente entorno a la universidad y a Max. Esperaba con ansias los días que él llegaba, y no quería hacer mucho más que eso. Fui perdiendo, con el tiempo, muchas de mis amistades.

Siendo muy jóvenes aun, logramos consolidar la relación viéndonos un par de días a la semana. Pero cuando yo estaba en segundo año de la universidad, mis niveles de ansiedad empezaron a subir mucho y me volví muy obsesiva. No sabría decir cuál fue la causa exacta, pero no me sentía del todo cómoda. Gracias a los procesos de terapia que he hecho a lo largo de mi vida, ahora sé que tengo tendencia ansiosa y depresiva y que, de no trabajarla, me puede causar estados anímicos muy bajos y cambios de humores muy agresivos. Max se volvió un apoyo enorme en ese tiempo, y yo empecé a depender mucho de sus visitas. Sin embargo, nunca le pedí que volviera a vivir en Santiago. Él, además, se las había ingeniado para verme cada vez que podía. En su último año de universidad, por ejemplo, tenía 11 ramos y cuando le pregunté por qué, me enteré que no los había tomado en su debido momento para poder estar más tiempo conmigo.

En ese minuto, yo debí haber sabido que mis niveles de ansiedad solo se iban a calmar si es que me daba el tiempo de conocerme y trabajar en mi persona. Yo probablemente tenía que estar sola, y creo que quizás cometí un error al decidir, cuando ambos terminamos la universidad, que la mejor opción era irnos a vivir juntos. Eso solo intensificó mis angustias pero recién lo puedo detectar ahora, porque en su minuto yo pensaba –y todos pensaban– que lo único que me hacía estar bien era pasar tiempo con él. Tras la muerte de su papá, nos fuimos a vivir a un departamento que le había dejado y empezamos a armar una vida juntos. A mí, además, me estaba costando encontrar trabajo, pese a haber sido muy matea en la universidad. Y en poco tiempo, la dependencia emocional se convirtió en una dependencia económica. De un día para el otro pasé a ser mantenida por él, y eso marcó un antes y un después.

La verdad es que ahora pienso: ¿cómo se puede estar bien con alguien si es que no se está bien sola? Pero en ese entonces no lo veía con tal claridad. Me vi a mí misma cumpliendo el rol de alguien que yo no quería ser, y que no me acomodaba, y eso solo me generaba más frustración. Pasaba mis días cocinando, escuchando música en casa y esperando que él volviera del trabajo. Yo tenía un trabajo al que solo tenía que ir una vez al mes. No más que eso. Recuerdo incluso que durante los primeros meses viviendo juntos hubo un par de situaciones que me hicieron dudar de la decisión; el primer fin de semana me corté el dedo pelando un tomate y tuve que ir a la clínica. En el minuto sentí que había sido un mal presagio pero me lo tomé con humor. Con el paso del tiempo, logramos mantener una relación más o menos sana, pero la verdad es que mi situación emocional iba de mal en peor. Porque si ya había estado delicada, ahora tener que depender de él en todo ámbito me hacía sentir una ansiedad extrema. Me había transformado en un koala que se sostenía de él. Aun así, él seguía estando a mi lado.

En definitiva, creo que yo había idealizado mucho la idea de ir a vivir juntos, e incluso le atribuí muchas expectativas y esperanzas que en realidad tenían poco y nada que ver con eso. Recién hace dos años llegamos a un punto de inflexión en el que ya no lográbamos conectar como antes. Yo me fui apagando cada vez más, porque me sentía frustrada, y en consecuencia lo fui apagando a él. Creo, de hecho, que la ruptura fue producto de cómo me sentía yo, y la manera en la que se lo transmití. Porque ahora sé que estar con una persona con tendencia depresiva no es fácil. Yo dormía todo el día y no tenía ganas de nada, incluso llegué a preferir que él saliera e hiciera sus cosas solo. Y eso me pesaba cada vez más. Un día ese sentimiento llegó al extremo y me tuve que ir. Mis recuerdos de ese episodio en particular son borrosos, pero mis niveles de desesperación me llevaron a que tomara la decisión radical de terminar, aun amándolo. Él, por su lado, estaba cansado. Porque en el fondo, y un día me lo dijo, no quería sentirse mi papá.

Un par de días después de esa separación –que fue muy dura para lo dos– tuve una entrevista de trabajo y me aceptaron. Figuraba, como si no hubiera pasado nada, funcionando en piloto automático. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, que estaba en el lugar y minuto preciso. Las puertas se me estaban abriendo y tenía que aprovechar esa oportunidad para enfocarme en mí. Y eso es lo que he hecho en este año y medio. En el fondo, he estado concentrándome en mí para poder estar tranquila, pero esta versión de mí –que siento que es la que enamoró a Max en un principio– es la que me encantaría volver a compartir con él.

Me he reencontrado con amigas y he permitido que me pasen cosas. Aun así, si bien me he dado la oportunidad de salir con otros hombres, no he encontrado a nadie como Max. Incluso salí un tiempo con alguien que un tiempo después me dijo que sabía que solo era parte de mi transición, y que yo en realidad seguía enamorada de mi ex. Es raro, porque siento que con Max estamos destinados a estar juntos, pero que también teníamos que pasar por este periodo de ruptura.

Hoy, que hemos tenido la posibilidad de hablar y cada uno ha podido compartir su visión de los hechos, me doy cuenta que lo que más nos invade es el miedo; miedo a que esto vuelva a pasar y que volvamos a sufrir. He entendido que cada uno vivió la ruptura a su manera y no se trata de quién tenía la razón o quién sufrió más. También he entendido que es clave poder estar bien uno antes de estar bien en pareja, y que conocerse es muy importante. Lo que más me doy cuenta, sin embargo, es que soltar al amor de la vida es como soltar una ilusión, y no estoy dispuesta a hacerlo aun, porque realmente creo que, pese a que los dos hemos hecho nuestra vida en este último tiempo, él es el único para mí.

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