Tres enfermeras en Chile que intentan no morir en el intento




2020 es el año de las enfermeras. Así lo estableció la OMS cuando se dieron cuenta que, a pesar de que existen 27,9 millones de enfermeras y enfermeros en el mundo, faltan 9 millones más para cumplir con la cobertura sanitaria esperada para el 2030. El objetivo de aquí a diez años es impulsar una reforma de los cánones anticuados que todavía rigen esta profesión y Chile podría ser un escenario óptimo para probarlo. Según el informe Brechas del Sistema de Salud 2017, de los 56.000 profesionales acreditados en enfermería, el 88% son mujeres y el 50% de quienes ejercen la enfermería son menores de 35 años. Una generación nueva, que busca maneras también nuevas de hacer las cosas.

Para explicar esta necesidad de romper con lo previo, es importante entender un sesgo de género que afecta a las mujeres enfermeras en el desarrollo de su carrera, y que actualmente gracias al avance en equidad se está discutiendo. “Los problemas comienzan cuando una entiende que esta es de las profesiones más estigmatizadas en Occidente, con una subordinación de la feminidad ante el saber y la capacidad”, escribió Amaya Pavez, enfermera y antropóloga USACH, en la Revista de Ciencia y Enfermería en 2013.

Eso se traduce en lo que la presidenta del Colegio de Enfermeras de Chile Angélica Baeza ha catalogado como un mal entendido. “Ha habido una pugna eterna entre el médico y la enfermera donde él teme perder poder si nosotras lideramos con autonomía en un mundo masculinizado, pero eso es una confusión. Nuestro rol está clarísimo: somos la columna vertebral del sistema, no queremos competir con ellos, queremos ser importantes en nuestro propio trabajo”, explica.

La OMS publicó en 2020 que a pesar de que hay cerca de 25 millones de enfermeras en el mundo (90%), son pocas las que ocupan puestos directivos. De hecho, en nuestro país recién en agosto del año pasado se creó la Dirección de Enfermería en el Minsal. Eso mismo es lo que ha creado un ambiente difícil, que no solo se ha traducido en faltas de oportunidades para el liderazgo, sino que también en una competencia entre las compañeras. “No ha sido fácil el éxito para las enfermeras. Todavía hay un ambiente masculinizado del poder y como cuesta mucho posicionarse en algún cargo de responsabilidad, hay mucho estrés y la autocrítica no es bien tolerada, se ha formado una lamentable situación de maltrato transversal en los equipos femeninos”, agrega Angélica Baeza.

Este es un problema que dos estudios corroboran a través de los datos y las cifras. El primero, de la Universidad Austral de Valdivia, concluyó que la permanencia de una profesional en un trabajo de enfermería era de 3 a 5 años, porque 85% declaró sentir hostigamiento. Las tres principales causas: tono alto de voz, desautorización y llamado de atención. El segundo, realizado en la Universidad Católica en 2011, mostraba que la duración promedio del hostigamiento era de 19 meses y que 9 de cada 11 enfermeras que incurrió en esta actitud ocupaba un puesto de jefatura.

Las consecuencias de este ambiente hostil, sobre todo durante la pandemia, ha generado que los problemas de salud mental de las enfermeras se desborden por estrés. Según la encuesta que realizó el Colegio de Enfermeras y Enfermeros en abril de este año, el 40% de los equipos no cuentan con personal de reemplazo suficiente, teniendo que extender los turnos a más de 24 horas sin descanso. Mientras que el 67% de los profesionales dicen no tener acceso a ayuda para su salud mental.

Aquí, los relatos de tres enfermeras que han tenido que superar un ambiente de maltrato normalizado dentro del sistema de salud.

“Los errores son más caros si eres mujer, joven y estudiante”

“Cuando entré a hacer mi internado a una clínica en 2014 venía de la Universidad de Las Américas, tenía 32 años y casi ninguna experiencia, lo que me jugó inmediatamente en contra. Todos pensaban que una mujer de mi edad debía saber todo al derecho y al revés, pero para mi mala suerte a las enfermeras de mi universidad nos relegaban a mirar en los internados, porque además de ser jóvenes, cargábamos con el estigma de que nuestra universidad no contaba con acreditación. Por eso que cuando llegué tenía muchas preguntas, pero las respuestas por parte de mi jefa siempre eran que ‘cómo podía ser una cabra tan tonta’.

Recuerdo que una paciente con trastornos psiquiátricos y un incesante dolor abdominal llevaba días sin progreso y se había estado metiendo el puño entero a la boca para decir que tenía náuseas. Su estado era crítico y me mandaron sola a inyectarle un remedio –que era riesgoso y difícil de administrar– para que se tranquilizara. Yo sabía que la dosis tenía que ser exacta: poner solo 2 de los 10 cc que llevaba preparados en la jeringa. Cuando llegué a la pieza, la paciente se movía desenfrenadamente, alucinaba y gritaba. Entre el alboroto y el nerviosismo, logré ponerle la inyección, pero suministré la dosis completa por error.

La paciente, por suerte, reaccionó de forma estable al remedio y durmió media hora. Después del reproche de mi jefa, me dijo que, como castigo, no me dejaría terminar mi internado. Pero mis supervisores creyeron que el hecho había sido responsabilidad de ella también, por no acompañarme, así que me asignaron a otra jefa. Los meses que vinieron, la gente se burlaba de mí en los pasillos y los doctores me aislaban, diciéndome a la cara que yo era una ‘niña, torpe e inexperta’ por lo que había pasado.

Sin embargo, mi nueva jefa se dedicó a enseñarme todo lo que sé ahora y no me juzgó nunca. Eso es lo que creo que falta para hacer de esta carrera una más humana y sin sesgos. Gente que crea en ti y que no te castigue por ser una mujer joven y no tener todavía la experiencia cuando estás recién comenzando”.

Daisy Balmaceda (36), hace clases de gestión en enfermería en el programa de rescate de los alumnos de la Universidad Iberoamericana de la USACH y el MINEDUC.

“Sin ‘cuero duro', no sirves”

Este año llegue a mi primer trabajo en una residencia sanitaria que atiende a pacientes Covid-19. Tenemos pocos recursos, y si alguno de ellos se descompensa tenemos que derivarlo inmediatamente a Urgencias. Así pasó un día, cuando uno de los adultos mayores contagiados comenzó a tener fiebre y dolor al respirar. Yo era la más joven del lugar y tuve que llamar al doctor de turno, porque estaba cuestionando por WhatsApp nuestro diagnóstico. Le insistí en que no estaba exagerando, pero su respuesta fue ‘qué vas a saber tú cabra chica, deberías estar agradecida de tener trabajo a esta edad’. Solo acaté y seguí esperando a que él llegara.

Esa no fue la primera vez que sentí discriminación directa por ser mujer joven en enfermería. A pesar de que ya estaba titulada, todos siempre preguntaban mi edad, por qué era tan introvertida y tímida, y si tenía las competencias para hacer un trabajo que requería carácter. En los internados las jefas me echaban de las reuniones con los médicos a gritos, porque ‘no me correspondía a mí estar ahí’. Yo solo me iba, atribuyendo esa reacción a que quizás ellas necesitaban demostrar esa autoridad para surgir.

Pero nunca logré convencerme. Toda mi carrera me han dicho que mi personalidad no es apta para este trabajo, que siendo una mujer joven y amable no llegaré a ninguna parte, a pesar de que mis pacientes siguen diciéndome lo bien que se sienten conmigo.

Veo que en otros gremios como la medicina o las matronas los profesionales son más unidos. Mientras que aquí, el maltrato es algo que se ha normalizado. Por eso si pudiese pedir un deseo, sería que no me obligaran a ser dictadora y pesada para triunfar, porque si algún día soy jefa quiero ser distinta”.

Camila Segura (25), actualmente trabaja con turnos de más de 24 horas en una residencia sanitaria de la RM, atendiendo a pacientes Covid-19.

“Lo que hace falta es sacar la voz”

“Siempre supe que quería ser enfermera de la unidad de Urgencias de un hospital público. Cuando llegué a Santiago desde Concepción, hace nueve años, inmediatamente quedé en el servicio del Hospital Sótero del Río, y cuatro años después, cuando cumplí 27, fui nombrada jefa de Urgencias con 220 profesionales a mi cargo. Fue complejo. Tengo un carácter imponente. La gente no se escandaliza cuando un hombre levanta la voz y da su opinión, pero cuando lo hace una mujer, sí. Constantemente me decían que no debería hablar de esa forma o usar ese tono, porque yo era ‘muy chiquitita’ para ser así.

Pero nunca estuve de acuerdo. Durante los tres años que dirigí la Urgencia comprobé que podía hacer muchas mejoras siendo joven. La relación con las enfermeras siempre fue buena, directa y cercana. Si yo daba indicaciones y ellas no estaban de acuerdo, conversábamos, y eso no me hacía mejor o peor jefa. El trabajo es muy rudo y exigente, las noches son como días y hay miles de situaciones de estrés y de ánimo exacerbado. Pero una tiene que entender y escuchar para que los demás también lo hagan.

Esto no es solo seguir indicaciones. El resto espera emoción, consejos y una relación fraternal, y aunque debes ser exigente, logras mejores resultados si te abres a conocer a las personas en vez de solo tratarlas mal. Por ejemplo, nosotros nos preparamos formando a nuestras enfermeras en temas de manejo de pacientes críticos porque vimos que existía esa necesidad. Y eso sirvió para la pandemia, incluso antes de que supiéramos que venía. Eso es ser jefa: saber lo que necesita tu equipo para ser mejor y entregarle ese apoyo”.

Ana María Molina (32), es enfermera clínica de Urgencias en el Hospital Sótero del Río durante la pandemia.

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