¿Y ahora qué como?




Cada vez es más frecuente escuchar en la consulta la duda general de qué comer. Y es que por el impacto positivo que lo que comemos puede tener en nuestra salud es que la alimentación ha tomando gran importancia en nuestras vidas. La buscamos como vía para sentirnos mejor, más vitales, para regular alguna alteración. Y también a ratos se ve una sobre valoración ”eres lo que comes” dicen algunos, generando estructuras inquebrantables que nos pueden hasta perjudicar por la rigidez que las caracteriza.

Pero, ¿por qué se ha vuelto tan complejo este acto tan necesario, natural y espontáneo? Por un lado, cada vez más personas hablan de alimentación -muchas veces incluso sin tener el conocimiento de las bases de nutrición-, y despliegan variados temas que a ratos en vez de aportar mayor conocimiento, generan más confusión. Además, si consideramos el ítem de dietas tipo Keto, Paleo, Low Carb, Mediterránea, y un sin fin de otras más, en donde se pierde el contexto de para qué lo estoy haciendo, debemos entender que no siempre vamos a comer igual ni tampoco vamos a tener acceso a los mismo alimentos porque las necesidades cambian, los cuerpos se transforman y la disponibilidad de alimentos varia.

Así, cuando entramos en el loop de las dietas, crece la dualidad de “permitidos” y “no permitidos, de “malos” y “buenos”, y reducimos la alimentación solo a determinados alimentos. Y, ¿dónde quedan los gustos, las historias, la sociabilidad? Esto, además del hecho de que estar a “dieta” nos aumenta la ansiedad por comer.

Tenemos acceso a mucha información nutricional que muestra diferentes tendencias alimentarias, todas válidas y certeras, pero muchas veces desde una visión absoluta. Dietas que aparecen como la única y mejor forma de alimentarse para gozar de una mejor salud, defendiendo solo una postura. Rara vez se escucha la idea de que no existe solo una única forma de alimentarnos que nos nutra, guste y nos haga bien a todos por igual, que es la manera por la que personalmente me inclino.

Cuando llevamos la alimentación solo con el enfoque peso centrista y su fin único es perder kilos, ¿qué pasa con los otros cambios que sucedieron? En qué lugar queda esa mayor energía que logramos, o el mejor descanso, o el hecho de ir al baño todos los días. ¿Qué pasa cuando llegamos al punto de prescindir de la necesidad de comer cosas dulces y dejamos de tener atracones? Son hábitos que pueden aportar más salud que cualquier kilo menos. Y, aunque está bien querer bajar de peso y utilizar la alimentación con ese objetivo, no debemos olvidar el aprendizaje para sostener ese cambio.

Cuando vivimos dietas recurrentes, entrando y saliendo del ciclo de estar o no estar, se pierde la conexión corporal de saber sobre nuestra hambre y saciedad, y olvidamos nuestra innata y natural manera de autorregularnos, de escuchar al cuerpo y validar sus señales.

Creo que el trabajo más valioso en torno a nuestra salud alimentaria y mental es validar que no todos necesitamos lo mismo. Que nuestras necesidades cambian, que nuestros gustos y antojos también. Que el cuerpo evoluciona y se transforma necesitando diferentes cosas de acuerdo también al contexto y acceso que tenemos. Creo que las miradas absolutas y moralista en nutrición pueden hacer que no seamos capaces de descubrir y experimentar en nosotros nuestras propias inquietudes y necesidades en torno a nuestras elecciones alimentarias.

La invitación es a volver a escuchar cuando nuestro estómago pide alimentos, a validar que también tenemos variados tipos de hambre (mental y emocional), a soltar un poco las estructuras de dietas y confiar que podemos autorregularnos sintiendo el hambre y la saciedad. A ser sabios y elegir alimentos que también vayan a cumplir una función beneficiosa en nuestro cuerpo y a disfrutar con lo que nos gusta y nos hace sentir bien.

Camila es Nutricionista – Health Coach. Instagram: @camilaquevedot

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