Chicas superpoderosas

La Primera dama de la Republica, Cecilia Morel, en su Gabinete. Foto: Ximena Navarro

"Si algo transmiten las mujeres que están en este gobierno es que no se sienten con la necesidad de dar explicaciones; es que la centroderecha hoy día juega de local en la democracia y también en el debate racional por los derechos de las mujeres", relata Gonzalo Cordero.


No cabe duda de que este 2018 ha sido el año del feminismo, la agenda se copó con las expresiones de reclamo contra las distintas formas de discriminación que las mujeres aún padecen en nuestra sociedad. Así, la demanda por el trato y las oportunidades igualitarias ha cubierto un amplio espectro, incluso desde mujeres de pensamiento conservador hasta las representantes del feminismo más radical han expresado sus críticas.

Es natural que la política se haga cargo de este clima y asuma un nuevo estándar en la participación de la mujer en posiciones de poder. Aunque no se diga abiertamente, flota en el ambiente que muchos creen que este sería un momento incómodo para el sector de centroderecha, el sesgo de confirmación sugiere que, en este lado del espectro, primaría la visión atávica de un reparto de roles basado en la cultura patriarcal. El hombre sería una suerte de continuador social del cazador primitivo, mientras la mujer, de aquellas que cuidaban a los hijos y el fuego en la caverna.

En esta cultura nuestra -dicen- el poder político, los negocios, las actividades que requieren liderazgo de organizaciones, sería lo propio de los hombres. Por ello, denuncian los grupos feministas, el patriarcado tiene, además, relación directa con el mercado, lo que supone la necesidad de combatirlo para poder terminar con la dominación de los “machos”.

La ministra Secretaria General de Gobierno, Cecilia Pérez. Foto: Mario Tellez

Sin embargo, entremedio de estos discursos y prejuicios, emergen hoy, sin ninguna timidez, un grupo de mujeres ejerciendo posiciones de gobierno. Representativas de las distintas tendencias de la centroderecha, las hay más liberales y más conservadoras, más tecnócratas y más políticas, de carácter más cálido y también de temperamentos más fuertes, pero todas tienen una cosa en común: ejercen el poder que se les ha entregado con natural convicción. Están donde están porque se lo han ganado; no son parte de una concesión, ni menos un artefacto comunicacional.

Esa naturalidad tiene varias causas, como que se trata de algo propio de estos tiempos o que ellas se “creen el cuento” y, también, que la sociedad ha cambiado más de lo que creemos. Pero hay una razón más de fondo y más política: ellas promueven la sociedad libre y abierta que ha permitido el reconocimiento de los derechos de todos los grupos históricamente oprimidos.

Aquí es donde el discurso feminista ideologizado se equivoca y donde el prejuicio con sesgo de izquierda tiene un punto ciego insalvable. El machismo como fenómeno cultural es innegable y transversal, así como en su momento lo han sido diversas formas de racismo, pero el único tipo de organización en que las discriminaciones han sido denunciadas, combatidas y derrotadas es el estado democrático y liberal de derecho. No fue en el comunismo soviético en el que se dio espacio a las mujeres; ni en el castrismo cubano ganó espacio el respeto a las distintas orientaciones sexuales; ni ha sido en los regímenes teocráticos islámicos en que hay marchas feministas.

Todo esto ha ocurrido en las sociedades que han reconocido la igualdad ante la ley, la seguridad jurídica, el control democrático del poder, la libertad cultural que viene con todo ello y, mal que les pese, la libertad económica. Lo curioso es que los movimientos feministas y sus aliados políticos miran con sospecha todo esto, lo denuncian y se sorprenden de que la centroderecha tenga mujeres en el poder.

Para muchos fue una sorpresa que la ministra Plá abordara la cuestión feminista con convicción y “audacia”. No existe razón para sorprenderse, porque si algo transmiten las mujeres que están en este gobierno es que no se sienten con la necesidad de dar explicaciones; es que la centroderecha hoy día juega de local en la democracia y también en el debate racional por los derechos de las mujeres.

La ministra de la Mujer y Equidad de Género, Isable Plá. Foto: Marcelo Segura

Esto no significa que, como sociedad, hayamos superado ciertas categorías de análisis que miran el ejercicio del poder por parte de las mujeres de una manera diferente. Todavía llama la atención que la ministra Hutt dirija el sector del transporte; cuando hubo cambios en el Ministerio de Medio Ambiente la prensa informó “problemas de relaciones” y no el ejercicio de su liderazgo por parte de la ministra. Es evidente que estamos a mitad de camino, que los estereotipos siguen siendo prismas a través de los cuales se interpreta la realidad.

La persona mejor evaluada de este gobierno es Cecilia Morel, pero cada vez que se analiza el respaldo que despierta se hace tomando como punto de referencia al Presidente, cuesta encontrar reflexiones que se centren en ella como figura autónoma, con una identidad y atributos que despiertan adhesión por sí misma.

A pesar del título de esta columna, podemos decir que este gobierno no se anda con “chicas”, ni tampoco son “superpoderosas”. Son líderes como cualquier otro, que se han ganado su espacio y que, como los buenos políticos, no piden permiso y, la mayoría de las veces, tampoco piden perdón.

Es hora de que los caballeros empecemos a acostumbrarnos.

Karla Rubilar, intendenta de la Región Metropolitana. Foto: Mario Tellez
Ministra del Medio Ambiente, Marcela Cubillos. Foto: Mario Tellez

Seguir leyendo