Alerta con alas: los riesgos de las bebidas energéticas en adolescentes

Foto: Thom Masat.

Cada vez es más común ver a chicos y chicas sorbiendo largas latas de coloridos líquidos inyectados de azúcar y cafeína. Su consumo, eso sí, puede estarles causando consecuencias más preocupantes que un exceso de energía.




Una mirada aguda y preocupada permite observar que en la calle el consumo de bebidas energéticas se ha transformado en algo mucho más común que hace algunos años, cuando solo se veían en contextos deportivos o de fiesta. Las cifras así lo avalan. En Chile específicamente, el promedio de consumo en una década (2010 a 2020) se nonuplicó, y pasó de 0,4 a 3,6 litros mensuales per cápita. Algo así como media taza de energética diaria.

Otra cifra para despejar dudas es la que entrega Euromonitor International: “Las bebidas energéticas con alto contenido de azúcar, como Monster o Red Bull, han experimentado un crecimiento constante, con un aumento del 27,8% en el consumo per cápita desde 2016″.

Siendo esto así, y tal como gotea una helada gota desde una lata hasta la mesa, no es de extrañar que la edad de consumo de estos productos también haya chorreado hasta las y los adolescentes. ¿Y cuál es el problema?, se preguntará un libertino padre. Son simplemente bebidas, ¿o no? Para responderlo, consultamos con dos nutricionistas sobre los riesgos y las precauciones respecto al consumo de este tipo de bebidas, especialmente entre los menores de 18 años.

Un monstruo peligroso

Bárbara Castillo es nutricionista pediátrica de la Clínica Universidad de los Andes. Ella asegura que “el consumo de bebidas energéticas en la población adolescente y la primera juventud se ha visto aumentado en los últimos años. Esto se debe a que se comercializan como productos que entregan estimulación física y mental”.

La realidad es que luego de casi dos años de pandemia, un cerebro juvenil difícilmente puede no sentirse seducido por la promesa de un subidón de ese tipo. En una nota anterior, Karla Donoso, psicóloga de la UTEM, nos explicaba que “las cuarentenas que los adolescentes pasaron, en muchos casos con contextos adversos y modificando sus rutinas diarias, alteraron sus ciclos académicos y de ocio, modificando también su sueño. A eso hay que sumarle la angustia, la ansiedad y el estrés, así como también el uso de aparatos electrónicos durante muchas horas del día y previas al momento de dormir”.

Si agregamos a este cóctel que el cerebro en la adolescencia está biológicamente en una especie de “hibernación” mientras se actualizan sus funciones, hace que a esa edad sean, con o sin querer, un público objetivo perfecto para este tipo de productos.

Al igual que Gatorade y otras isotónicas se convirtieron —sin quererlo, probablemente— en bebidas más consumidas por parranderos que buscan contrarrestar los síntomas de la resaca que por deportistas que quieren rehidratarse, las bebidas energéticas han encontrado en los adolescentes pandémicos un nuevo y lucrativo nicho.

A woman buys Red Bull energy drink cans in a supermarket in Bangkok, Thailand, August 4, 2020. REUTERS/Athit Perawongmetha

¿Por qué es peligroso el consumo constante de estos brebajes, particularmente en los adolescentes? Castillo explica que en ese rango etáreo “la ingesta frecuente de bebidas energéticas está asociada con efectos negativos en la salud y el comportamiento, y ha sido asociado con un bajo rendimiento educacional, físico y psicológico”.

“Alguien menor de 18 años no debería tomar energética, porque tienen cafeína, taurina y otras vitaminas y hierbas estimulantes, además de mucha azúcar, que producen efectos a nivel cardiovascular y en el sistema nervioso”, complementa Stephanie Kremer, nutricionista de clínica INDISA. “Estos les pueden provocar nerviosismo, depresión, problemas para dormir y problemas en la presión”,

Los síntomas más comunes que se manifiestan entre las y los jóvenes que le dan como caja a las energéticas son el dolor de cabeza, los problemas para dormir, el uso excesivo del alcohol, la irritabilidad y el consumo de tabaco.

Dulce adicción

En un reporte de la BBC del 2017, La American Academy of Pediatrics (AAP) advertía contra el consumo de bebidas energéticas entre niños y adolescentes debido a que sus ingredientes “no han sido probados en menores” y que por ende “nadie puede asegurar que sean seguros”. Esto se publicaba a propósito de la muerte de un chico de 16 años, que falleció en su colegio de Carolina del Norte por beber “varias bebidas altamente cafeinadas demasiado rápido”, según el forense. En menos de dos horas se tomó un café latte, una lata de Mountain Dew —que contiene bastante cafeína— y otra más de bebida energética, lo que le provocó una arritmia fulminante. Era un niño sano, sin diagnósticos de problemas al corazón ni signos de cardiopatías en su autopsia.

Es un caso extremo, pero no del todo inesperado, puesto que la AAP ya había observado algunos efectos secundarios de la ingesta de estos brebajes, como “latidos irregulares y cambios en la presión arterial”. Por eso, los pediatras recomiendan que entre los 12 y los 18 años no se sobrepasen los 100 mg de cafeína al día. ¿Cuánta contienen las bebidas energéticas? Según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), 100 mililitros de una energy drink contienen en promedio 32 miligramos de cafeína. Por lo tanto, con una sola lata de 500 ml se sobrepasa en un 60% la ingesta máxima sugerida. Eso sin contar que algunas bebidas traen en su interior el equivalente a 14 cucharaditas de azúcar.

“Por lo menos ahora existen las versiones sin azúcar”, dice Stephanie Kremer. “Pero las tradicionales pueden contribuir a la aparición de caries, sobrepeso y obesidad en los menores”.

Porque la cafeína es quizá el menor de los problemas de las energéticas: su principal aunque camuflado atractivo está en su denso dulzor. Michael Moss, periodista ganador del premio Pulitzer y autor, entre otros libros, de Adictos a la comida basura —una investigación sobre cómo, a costa de nuestra salud, la industria alimentaria diseña sus productos para que no podamos dejar de consumirlos—, es muy rotundo en advertir que el azúcar puede ser igual o más adictiva que la heroína. Lo explicó así.

“Al comerla, el azúcar activa las papilas gustativas y envía señales que llegan al cerebro en menos de un segundo, más rápido que las drogas. La velocidad es un sello distintivo de la adicción, porque cuanto más rápido llega una sustancia al cerebro, es más probable que actuemos compulsivamente. Las drogas excitan más al cerebro, pero el azúcar no tiene que trabajar muy duro para que nos comportemos así, porque es barata, legal y está en todas partes”.

Sobre las energéticas, Julio Basulto, dietista-nutricionista español y coautor de libros como Beber sin sed, el asunto es bastante sencillo: “No se trata de no tomarlas en exceso o con responsabilidad; en mi opinión, lo que ocurre es que los niños y adolescentes no deberían tomarlas en ningún caso”.

Como es bastante sabido que la prohibición pocas veces logra su objetivo, la mejor medida para cuidar la salud de nuestros adolescentes posiblemente es hacer la tarea más difícil de todas: predicar con el ejemplo. Y pensarlo dos veces antes de empinarse una de estas dulces y amarillentas latas.

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