Jeffrey Sachs: “Hay que ampliar la agenda de Desarrollo Sostenible más allá del 2030″

Jeffrey Sachs, académico y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia.

El académico y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia conversó con Pulso sobre los problemas que está teniendo el mundo para avanzar en los objetivos propuestos por la ONU, los que son monitoreados por una entidad que él encabeza. Además, dice que países como Chile deben avanzar en estrategias nacionales apostando por sectores que tengan ventajas, con ayudas para ciencia y tecnología.


Preocupado por el lento avance de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) fijados para el 2030 por las Naciones Unidas, está el destacado académico de la Universidad de Columbia y autor principal del informe que monitorea justamente este proceso, Jeffrey Sachs.

El doctor en Economía de Harvard presentó esta semana el último reporte de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN), donde mostró que ninguna de las metas está en vías de alcanzarse para 2030, por lo que aconseja mover la fecha, pero no así los objetivos, “porque las razones de estos objetivos son más urgentes que nunca”, según señala en esta entrevista con Pulso, realiza por videoconferencia.

Sachs es un conocedor de Chile. Ha sido coautor de estudios con el exministro de Hacienda Felipe Larraín, y fue compañero en el doctorado del expresidente Sebastián Piñera, a quien recuerda en esta entrevista. Además, recomienda políticas de desarrollo para Chile que partan desde el gobierno y da su visión de la administración de Javier Milei en Argentina.

En el informe entregado esta semana se indica que ninguno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se alcanzará en 2030. ¿Qué pasó?

—Está claro que nuestros gobiernos en general se distraen de los grandes propósitos que se marcaron en 2015. En 2015, todos los estados miembros de la ONU acordaron que el desarrollo sostenible era la prioridad para el planeta. Pero desde entonces, Estados Unidos se ha dedicado más a la competición geopolítica que al desarrollo sostenible. El período Trump no fue un período de cooperación. Luego vino el Covid, ahora tenemos las guerras en Ucrania, en Medio Oriente, y las tensiones entre Estados Unidos y China. Así que gran parte del problema es la falta de cooperación global y la falta de enfoque de los principales países. Y, debido al papel tan importante que desempeña EE.UU. en las finanzas mundiales; el hecho de que este país no se tome en serio esta agenda es un verdadero problema. Puedo decirle que una medida del compromiso nacional es si los países han preparado planes basados en los ODS y los han presentado en la ONU. Se llaman “revisiones nacionales voluntarias”. Por supuesto, Chile lo ha hecho. Mientras, Estados Unidos es uno de los cinco países del mundo que no lo ha hecho. Los otros cuatro son Haití, Sudán del Sur, Myanmar y Yemen.

¿Estos objetivos han tenido mala fama en algunos sectores políticos que han hecho más difícil cumplirlos o darles prioridad? El término “agenda 2030″ se ha convertido en una especie de arma política.

—Hay varias dificultades. Primero, los objetivos son complicados, no son simples. Por ejemplo, descarbonizar el sistema energético no es un objetivo sencillo, requiere una enorme cantidad de trabajo. En segundo lugar, los objetivos suelen requerir una cooperación transfronteriza. Para Chile, esto puede significar cooperar con los países vecinos, Perú, Bolivia o Argentina. Esto no es sencillo. En tercer lugar, muchos países, alrededor de la mitad del mundo, no tienen acceso al capital de forma fiable y asequible. Así que a la mitad más pobre del mundo le resulta muy difícil movilizar el financiamiento, ya sea público o privado, para alcanzar los objetivos. Y el cuarto problema son los intereses corporativos y los grupos de presión que ralentizan el progreso. Por ejemplo, en la transformación energética, las industrias de combustibles fósiles están a la defensiva, siguen siendo muy poderosas políticamente y dificultan mucho que los gobiernos tengan una estrategia organizada a largo plazo, porque están constantemente presionando para obtener privilegios o presionando contra la introducción de formas alternativas de energía, que son competencia para ellos. Estos son los principales obstáculos:_la complejidad, la necesidad de cooperación, la necesidad de financiación y los intereses creados. Todos ellos desempeñan un papel.

¿Cómo podemos salir de esta situación?

—No hay una respuesta sencilla a la pregunta. Lo que no podemos hacer es decir “bueno, era demasiado difícil, nos rendimos”. Porque las razones de estos objetivos son más urgentes que nunca. Por ejemplo, el cambio climático se está acelerando y está provocando daños masivos en todo el mundo. Así que creo que la agenda es difícil, pero tenemos que seguir explicando por qué es tan importante. No conozco una agenda mejor, así que no quiero renunciar a esta. Mi recomendación es que la agenda de los ODS se amplíe más allá del año 2030, porque los países están aprendiendo recién ahora cómo avanzar, por lo que no quiero renunciar a ella justo cuando están incorporando estas características en sus políticas.

¿Hay que mantener la agenda, aunque sea en otro plazo entonces?

—Sí, y tenemos que actualizar los hitos, los plazos. El año que viene habrá una conferencia en Madrid sobre la cuestión financiera y tenemos la oportunidad de reformar realmente algunas de las características fundamentales del sistema financiero mundial que ahora mismo castigan a los países pobres. Así que tenemos que seguir trabajando en la reforma global, en el cambio institucional y en mejores métodos de cooperación.

Usted ha dicho que hay que reformar las Naciones Unidas. ¿A qué se refiere?

—La ONU es nuestra única institución verdaderamente global. Fue establecida en 1945, es decir, hace casi 80 años, y es sólo el segundo intento en toda la historia de la humanidad de tener una institución política verdaderamente global. La primera fue la Sociedad de las Naciones que sólo duró desde 1921 hasta 1945, y fracasó. Ahora las Naciones Unidas es el segundo intento y no funciona muy bien. Los países poderosos bloquean las iniciativas porque tienen poder de veto, como Estados Unidos que bloquea las soluciones a la guerra en Medio Oriente. La ONU no tiene un presupuesto adecuado, porque su presupuesto básico es de apenas unos miles de millones de dólares al año, lo que obviamente es una cantidad insuficiente para afrontar el tipo de retos que tenemos. Todavía no tenemos formas de recaudar impuestos globales para las necesidades globales. Por ejemplo, si tenemos una necesidad global de luchar contra el cambio climático o una necesidad global de hacer frente a los desastres naturales, dependemos de las contribuciones de los gobiernos nacionales, que a menudo dicen que no. Así que aún no tenemos un sistema de financiación compatible con nuestra sociedad global interconectada. Además, el Consejo de Seguridad de la ONU no se considera muy representativo porque se basa en la estructura de poder de 1945. Todas estas son cuestiones que necesitan una actualización y una reforma. Hay muchas otras buenas ideas, como tener un parlamento internacional en la ONU, tener formas de superar el poder de veto de los estados individuales, etc. Por ello, en septiembre se celebrará una reunión denominada Cumbre del Futuro, que constituye la primera ronda de debates sobre reformas más fundamentales de la ONU.

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Jeffrey Sachs, académico y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia.

Eso se ve difícil, porque los países más grandes no tienen incentivos para aceptar tener menos poder, especialmente cuando los sentimientos más nacionalistas van en aumento...

—Creo que hay varias maneras de hacerlo, pero la presión de grupo es la más importante. Estados Unidos es bastante poderoso, pero es sólo uno de los 193 países en las Naciones Unidas y es sólo el 4,1% de la población mundial. Así que quiero que el resto del mundo le diga la verdad a Estados Unidos, pero el gobierno estadounidense no quiere oír la verdad. Sólo quiere oír lo poderoso que es. No es algo fácil de hacer, pero no veo otra alternativa.

Volviendo al informe, usted ya ha señalado que Chile puede desempeñar un papel en la transición energética. ¿Qué tan relevante es el rol que podemos jugar?

—Chile ya es pionero y líder en el desarrollo de energía solar de alta calidad a escala nacional, y tiene sentido, porque el desierto de Atacama es el mejor lugar del mundo para ello. Me gustaría ver a Chile trabajar junto con el resto de América del Sur, con los países andinos, con Argentina, que no es tan simple en este momento, con Brasil, que es un poco más sencillo, para crear un sistema integrado de energía bajo en carbono y una cadena integrada de suministro, por ejemplo, con el litio: baterías, vehículos eléctricos, otras tecnologías. Hay, por supuesto, profundas divisiones políticas dentro de Sudamérica históricamente, entre la izquierda y la derecha, y también divisiones regionales. Pero estas divisiones, en mi opinión, están pasadas de moda. Todo necesita actualizarse para el siglo XXI. A América Latina, especialmente a América del Sur, no le ha ido muy bien económicamente en los últimos 40 años. A Chile le ha ido mejor que a otros, pero en general no ha sido adecuado y una de las principales razones es que la industrialización no ha seguido el ritmo del cambio tecnológico adecuadamente. Pero ahora esta transformación energética es una oportunidad para estar a la vanguardia del cambio global y Chile está a la vanguardia del cambio latinoamericano, así que creo que hay una oportunidad.

En 2021 usted señaló que Chile debería tener una actualización en su modelo de desarrollo. Luego de dos intentos fallidos de cambio constitucional, ¿sigue creyendo eso?

—Creo que hay un fenómeno general en América del Sur que, a mi juicio, es distintivo y es que no ha sido una región tecnológicamente dinámica. Es un usuario de tecnología, no un productor de tecnología de punta. Hay excepciones a esto. En el sector agrícola de Chile, hay claramente áreas de muy buena alta tecnología. También en el sector minero. Pero en general, en toda América Latina y en toda América del Sur, si se compara la evolución de los últimos 30 años con lo que ha sucedido en Asia Oriental, es evidente que Asia Oriental logró tasas de crecimiento mucho más altas de manera constante a través de logros mucho mayores en tecnología avanzada, en la producción de semiconductores, en la economía digital en general. Y esto nos remite a una vieja afirmación, probablemente hace 40 años, en la que se dijo: “No importa si producimos chips de computadora o papas fritas (potato chips), vamos a dejar que el mercado lo decida’. Y yo siempre he pensado que era mejor producir chips de ordenador que chips de papas, y eso requiere en realidad una estrategia nacional de tecnología, una estrategia nacional de educación, y una mejora nacional de la capacidad tecnológica. Nunca he pensado que las papas fritas pudieran llevarte tan lejos como los chips de ordenador, y creo que es aquí donde América Latina se ha quedado rezagada. En general, los sistemas educativos no son tan buenos como en Asia Oriental. Las facultades STEM, ciencia y tecnología, ingeniería y matemáticas no están produciendo tantos graduados como proporción de la población. El programa de investigación y desarrollo tiene un presupuesto que suele ser demasiado pequeño y creo que esta es probablemente la razón principal por la que el desarrollo ha sido más difícil en los últimos 40 años en el contexto sudamericano.

¿Se refiere a políticas industriales desde el gobierno?

—De lo que estoy hablando es de una política de ciencia y tecnología para decir que somos potencialmente fuertes en ciertas áreas. Podría ser la agricultura avanzada, podría ser cadenas de suministro de baterías, podría ser combustibles sintéticos. Pero si nos fijamos en China o Japón o Corea o Singapur, dijeron “estas son de cinco a 10 áreas potencialmente fuertes. Ahora vamos a dar incentivos fiscales, no a las empresas estatales, sino a las universidades, para que hagan ciencia y tecnología, a las startups. Vamos a ayudar a construir infraestructuras y parques científicos en torno a esto”. Estas fueron las decisiones que se tomaron. Taiwán no era un lugar absolutamente natural para producir semiconductores, y mucho menos para convertirse en el principal centro de fabricación de semiconductores del mundo, pero decidió hacerlo. Mientras, hace 10 años, el gobierno chino adoptó una política denominada Made in China 2025 e identificó 10 áreas tecnológicas de vanguardia:medicina de precisión avanzada, transporte avanzado, ferrocarril, vehículos, aviación, etcétera. Y cuando uno mira adónde han llegado en los últimos 10 años, es bastante notable. Ahora Estados Unidos se queja de que China tiene exceso de capacidad en estas áreas. Lo que significa es que China ha desarrollado realmente las cadenas de suministro. Ahora, estas son las empresas privadas, hicieron un montón de dinero, pero son inversionistas privados de clase mundial. Todo esto es algo que va en contra de la ideología del libre mercado.

Exacto, ¿no es eso “elegir ganadores”?

—No es elegir empresas ganadoras. Se trata de elegir sectores líderes que deben ser apoyados a través de diversos medios, parte de los cuales son centros tecnológicos, en universidades o laboratorios nacionales de investigación. En parte, fomentando el desarrollo de tecnologías en sus primeras fases con empresas privadas que obtienen becas de investigación o ganan premios, etcétera. Estados Unidos está lleno de incentivos de este tipo. El desarrollo original de internet, por supuesto, fue un proyecto del Departamento de Defensa. El desarrollo original de la tecnología de satélites fue dirigido en su totalidad por el gobierno con la NASA, etc.

A propósito de cambios en modelos de desarrollo, ¿qué le parece el gobierno de Javier Milei en Argentina?

—Bueno, hay mucho de lo que dice en su tipo de enfoque libertario extremo que me parece muy objetable. Y hay muchas cosas geopolíticas con las que tampoco estoy alineado porque quiere alinearse con Estados Unidos. Tiene una posición muy contraria a China. Es muy pro-Israel en esta guerra actual. En muchos frentes estoy en total desacuerdo con él. No soy un libertario y no soy un fan de Donald Trump. Tampoco soy fan de Joe Biden, tengo que decirlo, no estoy muy contento con mi gobierno en general. No soy fan de la política exterior estadounidense y no soy enemigo de China. Más bien admiro a China y creo que Sudamérica debería mantener buenas relaciones con China, porque China es un país impresionante y muy bien gobernado. Así que en estos aspectos no estoy de acuerdo con Milei.

Milei ha combatido la inflación con un enfoque ortodoxo y los números muestran que le ha dado resultado...

—En cuanto a la inflación, esto también plantea problemas técnicos. Y el problema es el siguiente: si nos fijamos en la magnitud del déficit presupuestario de Argentina en los últimos años, no es muy grande. El problema de Argentina no son los grandes déficits presupuestarios, el problema es la falta total de confianza crediticia. Así que mi pregunta sería: ¿va a generar confianza la política del gobierno y estabilidad a largo plazo o es otra oscilación del péndulo que dura uno o dos años y luego es sustituida por una reacción violenta? Por desgracia, creo que será lo segundo. Así que preferiría ver un gobierno con un cuidadoso plan a largo plazo que se gane un amplio apoyo, en lugar de otro líder extravagante que diga “yo soy el que va a salvar este país”, porque ha habido muchos de esos a lo largo de los años en Argentina, he conocido a muchos de ellos personalmente, y ninguno lo ha hecho. Espero que Milei no sea otro de esta larga lista de fracasos.

El fallecido expresidente Sebastián Piñera.

“Piñera era alguien a quien admiraba mucho”

Usted fue compañero en Harvard del expresidente Sebastián Piñera, ¿cómo tomó la noticia de su muerte?

- Me uno a Chile en el duelo por la trágica muerte del Presidente Piñera. Fue un buen amigo durante más de cuatro décadas, y alguien a quien admiraba mucho. Tenía un enorme talento, estaba lleno de energía, era muy hábil en los negocios y en la política, y tenía un maravilloso sentido del humor. Era un gran patriota. Amaba a Chile y nos lo hizo ver a todos. Dirigió el país con habilidad y profesionalidad, aprovechando sus conocimientos académicos y empresariales. Sin embargo, no prestó suficiente atención a la urgente necesidad de abordar y reducir las grandes desigualdades existentes en Chile, y las profundas y graves protestas sociales marcaron su segundo mandato. Seguramente será recordado como un presidente capaz, dedicado y hábil.

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