Decisiones determinantes para evitar la oleada de maltrato infantil

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La violencia se ha ido colando en nuestras vidas, sin que seamos capaces de tomar conciencia sobre aquellos pequeños gestos que le permiten instalarse en nuestra dinámica social. Nuestro país no cuenta con cifras o estadísticas claras sobre violencia y maltrato, menos aún durante la niñez. Algunas encuestas revelan información alarmante, pero no ha sido suficiente para movilizar a quienes toman decisiones determinantes para evitar la oleada de maltrato infantil, que aparentemente, llegó para quedarse.

Según datos entregados en la última medición de la Encuesta Longitudinal de Primera Infacia, ELPI 2017, (Ministerio de Desarrollo Social y Familia en colaboración con Unicef) en relación a los métodos de disciplina utilizados por adultos dentro del hogar, un 62,5% declaró haber aplicado algún método violento como agresión psicológica o castigo físico.

Es revelador que esa cantidad de niños y niñas estén sufriendo violencia en sus hogares, sumado a la violencia en las calles o escuelas, ya que tiene un alto costo que vemos reflejado en otras cifras, sin saber con claridad la conexión entre los diversos fenómenos: bastante se habla de problemas escolares relacionados al comportamiento como bullying, las reacciones desmedidas, desconfianza, déficit atencional, depresión o incluso suicido adolescente que aumenta en Chile cada año.

Hasta ahora nadie ha tomado con seriedad los efectos de la violencia y como ésta va causando problemas de conducta que perpetúan las prácticas violentas, confundiendo afecto o "educación" con golpes, gritos u otros. Especialistas señalan que la violencia se aprende, se transmite y queda grabada de manera permanente en el cerebro de un niño, que internaliza diversas prácticas violentas como algo normal, que las reproduce sin cuestionarse siquiera que hay diversidad de formas para relacionarse con los demás.

La violencia va mermando silenciosamente la autoestima, genera ansiedad y trastornos del ánimo, aumenta las conductas de riesgo, el consumo de tabaco, alcohol y drogas así como las posibilidades de embarazo adolescente o el contagio de enfermedades de transmisión sexual. También afecta en el desempeño escolar y académico y, luego, el bajo desarrollo de competencias técnicas que finalmente aumentan el desempleo. Puede incluso llegar a deteriorar el estado general de la salud.

No basta con hablar de la violencia, es necesario mirarla, medirla y hacerse cargo. Es urgente tomar acciones serias, concretas de corto y largo plazo antes de que sea demasiado tarde.

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