Andrés Estefane, historiador: “La libertad debe ser sostenida y defendida, precisamente porque no está garantizada”

Estefane destaca los distintos modos en que se han entendido históricamente términos como "libertad" y "liberalismo". Foto: Mario Téllez.

El investigador, presidente de la Asociación Chilena de Historiadores, es el editor de Cuando íbamos a ser libres, que reúne textos sobre libertades y liberalismo en el Chile de los siglos XIX y XX.




La aparición de antologías o compilaciones suele alimentar la expectativa de un canon. De un greatest hits. Pero si esa hubiese sido la idea de Andrés Estefane al editar Cuando íbamos a ser libres. Documentos sobre las libertades y el liberalismo en Chile (1811-1933), este habría sido otro libro. Desbordar el canon fue, más bien, la consigna.

Entonces, en vez de un panteón que destaque a Infante, el federalista, y que siga con Bilbao, el libertario, para luego relevar a José Victorino Lastarria y a José Manuel Balmaceda, el historiador encabezó un proyecto que terminó seleccionando 63 textos con autores de nombres menos sonoros, en general, y donde la libertad y el liberalismo ofrecen aristas a ratos insospechadas, normalmente en “clave menor”: de la propiedad intelectual a los derechos civiles de la mujer; de las doctrinas partidarias a la cuestión indígena; del librecambismo a la esclavitud y el castigo corporal. Para que quede claro que nada hay tan puro ni tan uniforme en estos territorios.

Editoriales, artículos de prensa, discusiones parlamentarias, memorias de grado, conferencias, correspondencia, ensayos, proclamas y discusiones programáticas, entre otros, terminaron integrando un proyecto nacido de una iniciativa del Centro de Estudios de Historia Política de la U. Adolfo Ibáñez (Cehip, cerrado recientemente), al igual que la colección Historia política de Chile, 1810-2010.

¿Qué tan reveladoras son las contradicciones y paradojas presentes al reivindicar términos como “libertad” o “liberalismo”?

Uno advierte la necesidad de tener el ojo muy fino respecto de los significados. El uso de términos tan sensibles, o que tienen un impacto tan fuerte en el imaginario político y en la representación y autorrepresentación de los actores políticos, es crucial. Todo el mundo quiere usar esa credencial, todo el mundo la reclama y, por tanto, es tremendamente necesario como punto de partida estar dispuestos a sondear y bucear en esa complejidad semántica.

Lo otro tiene que ver con la forma en que esos conceptos permiten entrar de lleno a la densidad del conflicto político. Hace muy poco tuvimos un episodio vinculado con eso cuando en una muestra del Museo Histórico Nacional aparece la palabra “libertad” asociada a la figura de Pinochet y se genera toda una discusión que termina en la censura de una muestra en un museo que no es cualquier museo. Eso grafica, una vez más, que este término sigue generando tensiones y que está tremendamente cargado de expectativas, de proyecciones, con una carga moral innegable.

La oposición a la Unidad Popular reivindicó la libertad frente a las estatizaciones, mientras la oposición a Pinochet protestaba con canciones como “Yo te nombro libertad”. ¿Cómo es esto de atribuirle a un término el peso de la época en que se profiere?

La dinámica que describes también se puede encontrar en la ambivalencia y el vértigo de que una misma palabra pueda ser vocalizada desde posiciones muy distintas en un periodo breve. Si pensamos en el XIX, el tropo de la libertad fue empleado como insumo para sostener las posiciones más radicales durante el proceso de independencia, pero después lo usan liberales mucho más radicales, que critican la posición liberal intermedia de figuras como Francisco Antonio Pinto. Tras la guerra civil de 1830, los cuadros derrotados lo usan para correr los límites de la escena política en medio de su derrota. Después, hay conservadores que terminan aliados con los liberales, y precisamente porque están fuera del gobierno, usan el término para fustigar al gobierno… habiendo sido parte de él. La Iglesia Católica apela al imaginario de la libertad para sostener su proyecto de libertad educativa; también las primeras voces feministas que piden el reconocimiento de sus derechos civiles y políticos.

Es un vocablo rico, semánticamente complejo y difícil de estabilizar. En algún momento, la libertad es patrimonio de la oposición a la UP, porque la UP es sinónimo de opresión, de planificación, la imagen del gran oso estatista; pero también dentro de la UP hay sectores que la reivindican y que reafirman la relación entre socialismo y libertad. Creo que lo dijo Agustín Squella [el martes 23 de marzo, en la presentación del libro]: que hay ahí una pregunta que la izquierda se tiene que hacer, ya que el ideario liberal fue parte constitutiva de su tradición. La lucha contra el despotismo es una cuestión esencialmente liberal y está dentro del imaginario que nutre el mundo de la izquierda. Hoy, a varios actores, sobre todo en el ámbito de la izquierda, les cuesta mucho hablar el lenguaje de la libertad.

¿Como si estuvieran usando “las municiones del adversario”?

Claro. En el fondo, es hablar el lenguaje del otro. Es como decir “ellos son los de las libertades”. Entonces, ¿nosotros somos los de la opresión? No. Parte importante de estos ejercicios retrospectivos permiten airear esos estrechamientos de los significados para advertir que la palabra ha tenido varios usos.

Agustín Squella, en el lanzamiento del libro, habló también del liberalismo en Chile como una flor exótica, que nunca ha conseguido afirmarse, o bien como una flor tóxica, en el caso del neoliberalismo. ¿A qué lo atribuye?

Me llamó la atención, porque parecía hacerse eco de cierto pesimismo que esconde una especie de reconocimiento de la incompatibilidad cultural entre la tradición liberal y la conformación sociohistórica de América Latina y de Chile. Es un prejuicio muy asentado: que América Latina, por factores como el pasado indígena, la vocación católico-conservadora y el peso de la hacienda, es tierra estéril o poco propicia para recibir una tradición de estas características. Tal como se expresa en el libro, el tema va mucho más allá, porque la libertad es un tema que ha sido elaborado no solamente de las élites, sino también en la vida cotidiana de los sectores populares desde el día cero. Y el liberalismo, por su parte, ha tenido un papel importante en las luchas políticas, tanto en Chile como en América Latina.

El Partido Liberal de Vlado Mirosevic, ¿es un anacronismo?

No. Yo creo que sintomatiza un problema no resuelto y expresa también las confusiones entre quienes han asumido una identidad política. Creo que no tienen límites nítidos ni se han dado el trabajo de delinearlos. Funcionan con cierta inercia conceptual que han tratado de clarificar, pero también con un esquematismo histórico bastante fuerte. Y creo que lo más delicado y complejo de hacer, para quienes se identifican con él, es elaborar sobre la experiencia más reciente que tenemos del uso permanente de los temas de la libertad, que se dio en la dictadura.

En el siglo XX se consolida mundialmente la oposición entre libertad e igualdad: la idea de que estás por una o estás por otra. Viendo algunos textos del libro, queda claro que no siempre fue así.

Cuando uno analiza el conflicto político y el debate teórico en el siglo XIX, uno cree que la dualidad o la agonía propia del siglo se da entre libertad y orden. Están los conservadores diciendo que el orden garantiza las libertades, mientras los liberales, o quienes hablan desde la teoría liberal, dicen, “no, la libertad es el prerrequisito para pensar algún tipo de orden”. Y cuando uno se mueve hacia el XX, parece ser que la tensión va para otro lado, a cómo conciliar los ideales de libertad e igualdad.

Ahora, algo que aparece en varios de los documentos [del libro] es que la tensión entre libertad e igualdad se formula desde el momento mismo de la Independencia y es también una constante. De hecho, hay una mirada que no se detiene únicamente en asegurar la estabilidad del sistema político -que sostenía el debate entre libertad y orden-, sino también en la relación y en el lugar de los ciudadanos dentro de ese orden. Esta tensión resuena en un registro menos visible que el institucional, pero es una tecla crucial.

¿Y la tensión entre individuo y comunidad?

El liberalismo tiene una vocación de defensa de los individuos frente al poder. Desde ahí sigue la definición, más fina, de la unidad de análisis para la defensa frente a ese poder. Hay una visión tradicional que instala esa defensa desde una noción de comunidad, de la defensa de los gremios, o la defensa del poblado -la idea “fuenteovejúnica”-, y está la tradición que lo hace desde el individuo y desde el valor intrínseco de cada vida como algo único e irrepetible que , por tanto, debe ser cautelado.

Ahora, dentro de esos límites hay gradaciones que han tenido expresión histórica. A inicios del siglo XX, el liberalismo se hace esas preguntas, y uno se encuentra con pensadores que lo resuelven con una fórmula que después se llamó liberalismo social, y que parte de la constatación de que la libertad no tiene sentido individualmente, que siempre tiene sentido con otro porque se sostiene en la vida colectiva. Ahí aparece la necesidad de pensar en un Estado social. De hecho, hay una tradición liberal que está tras el Estado de bienestar.

En las semanas post 18-O, Sol Serrano tomaba nota de una generación joven, algunos de cuyos miembros ven todo el período 1973-2019 como un solo bloque, que da por sentadas las libertades individuales (de desplazamiento, de expresión, de reunión). Como si el autoritarismo fuese un fenómeno irrepetible…

Uno corre el riesgo de dejarse envolver por la visión de la historia como una progresión de las libertades. Sabemos que no hay ninguna conquista permanente, y si hay algo que una sociedad erróneamente puede hacer es suponer que las libertades actuales van a ser respetadas y sostenidas a todo evento. Hay una necesidad de recordarnos que esos bienes tan preciados, uno de los cuales es la libertad, deben ser siempre sostenidos y defendidos, y recordando su valor precisamente porque no están garantizados.

Creo que los últimos años, sin tratar de simplificar los momentos ni las fases, son un momento de naturalización de la libertad de estar en el mundo con las menos restricciones posibles o imaginables, que se expresa también en la libertad de reclamar identidades móviles, en la libertad de estar y en la libertad de no estar, sin que eso tenga consecuencias en la vida colectiva. Reconociendo el valor de todas esas conquistas y la necesidad de recordarnos que es una conquista y que, por tanto, podemos perderla, creo que hay una necesidad de ecualizar eso al punto de reconocer que la mantención de esas conquistas sólo es posible si las garantizamos colectivamente.

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