Columna de Álvaro Vargas Llosa: La invitación de Kim Jong Un a Trump, ¿trampa u oportunidad?

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Plantearse por qué Kim quiere negociar es un ejercicio frustrante. Lo importante es si es posible obtener algo valioso. Y la respuesta en este caso es que no hay más alternativa que intentarlo.



Todo empezó cuando Kim Jong Un, el sátrapa norcoreano, un hombre mucho más cuerdo de lo que nos hemos creído en Occidente, le dijo a Corea del Sur que su país estaba dispuesto a participar en los Juegos Olímpicos de Invierno al otro lado de la frontera. Desde entonces hasta la fecha, pasando por el envío de una hermana de Kim a Corea del Sur junto a una delegación numerosa, la exitosa intervención norcoreana en el plano deportivo y la visita reciente de una delegación surcoreana a Pyongyang, la situación ha dado un aparente vuelco en la península coreana.

Hace pocas semanas el mundo estaba al borde de una guerra nuclear, que era lo que podía suceder si cualquier error o provocación excesiva ponía en funcionamiento los protocolos de ataque y defensa nucleares en cualquiera de las partes involucradas. Kim, a quien el mundo cree más loco de lo que está, no era el único problema. El otro, acaso tan grave, era la incapacidad occidental para interpretar los movimientos del sátrapa con acierto. Incluso una provocación no acompañada de una intención real de provocar una guerra hubiera podido desatarla, tal era el nivel de tensión que el líder norcoreano había creado con sus pruebas nucleares y misilísticas. Pues bien: ahora la delegación surcoreana que lo ha visitado en Pyongyang, que luego ha viajado a Seúl a dar cuenta de las reuniones y que ahora está en Washington para compartir informaciones con la administración Trump, asegura que Kim quiere negociar con Estados Unidos en serio. Añaden los portavoces surcoreanos que Kim está dispuesto a poner en esa mesa de negociación todo, es decir la posibilidad no sólo de congelar sino de eliminar el programa nuclear a cambio de… no queda claro qué, pero en principio garantías de seguridad y ayuda de alguna naturaleza.

Empecemos por reconocer que el principal enviado de Seúl a Pyongyang por parte del Presidente Moon Jae-in no es cualquier bobo. Se trata del jefe de los servicios de inteligencia, Suh Hoon, que probablemente conoce al país rival mejor que nadie porque vivió allí y porque trató tanto con el abuelo como con el padre de Kim. Fue quien negoció secretamente las reuniones que tuvieron lugar, en 2000 y 2007, entre el gobernante surcoreano y el dictador norcoreano, ambas en Pyongyang. Este mismo Suh Hoon es quien asegura que Pyongyang quiere negociar en serio.

La pregunta que obsede a algunas cancillerías, "think tanks" y medios de comunicación en este momento es: ¿Por qué? Pero no estoy seguro de que esa pregunta sea más importante que la otra que también se baraja, aunque con menos intensidad: ¿Hay alguna posibilidad de obtener algo valioso en un proceso de reuniones con el régimen de Pyongyang?

La respuesta a la primera pregunta tiende a ser la de siempre en circunstancias como esta: Kim, golpeado por las sanciones aplicadas por la ONU y ahora por la presión de China, que le ha cerrado entre otras cosas un mercado de carbón que le reporta a Pyongyang mil millones de dólares al año, se siente débil y urgido de ganar al menos algo de tiempo, o incluso temeroso de que su posición interna se debilite tanto que surja el fantasma de un golpe. Pero no tenemos cómo confirmar eso, dada la impenetrabilidad del régimen (impenetrabilidad que también afecta a los servicios de espionaje occidentales, ninguno de los cuales fue capaz de ver en todos estos años el grado de desarrollo que habían alcanzado las armas nucleares norcoreanas y los sistemas de transporte y lanzamiento). Podría también darse el caso de que Kim se siente, ahora sí, muy consolidado internamente (recordemos que mató a un medio hermano, a un tío y a varios jerarcas, y que sus poses nucleares han contenido siempre un mensaje interno) y mucho más protegido frente a un ataque estadounidense (su arsenal nuclear y sus misiles balísticos de largo alcance ya no son una hipótesis sino materia comprobada). Precisamente porque se siente fortalecido, sabe que ahora puede negociar para tratar de ganar tiempo, por ejemplo congelando los ensayos mientras esté en la mesa negociadora a cambio de que las sanciones sean parcialmente levantadas.

Plantearse por qué Kim quiere negociar es un ejercicio frustrante. Lo importante es si es posible obtener algo valioso. Y la respuesta en este caso es que no hay más alternativa que intentarlo aun si el resultado final, como las negociaciones que hubo entre 2003 y 2009 y en las que intervinieron seis países, incluidos China, Japón y Rusia además de las dos Coreas y Washington, es un fiasco de consideración. Como he comentado en estas páginas algunas veces, Corea del Norte ya es una potencia nuclear, no un proyecto de potencia nuclear. Eso hace la salida militar sencillamente inviable y sólo deja espacios para la presión, el aislamiento, formas de debilitar su posición internamente.

Por eso mismo negociar con él es inevitable si Kim está dispuesto a enviar a la mesa a una delegación. Lo peor que puede suceder es que todo sea una farsa que a él le sirva para ganar algo de tiempo. Pero con un poco de suerte -y la ausencia de excesiva torpeza por parte occidental- también el resto del mundo puede ganar tiempo. Me refiero a que, en la medida en que el programa nuclear de Pyongyang todavía necesita un desarrollo a pesar de lo avanzado que está, no es poca cosa ganar tiempo obteniendo de Kim el compromiso de congelar nuevos ensayos durante un largo rato.

Hay que reconocer que algunos factores se han alineado para favorecer la estrategia de línea dura de Donald Trump. Uno es China. Su nivel de presión sobre Pyongyang ha aumentado porque Xi Jinping desconfía de Kim mucho más de lo que Pekín desconfió nunca de su padre o su abuelo, y porque China ve a Trump lo suficientemente turbulento como para llevar las cosas al extremo si las circunstancias activan en él su lado más impetuoso. Hay otro factor que empuja a favor de la negociación, además de la presión china: el temperamento de Moon, el mandatario surcoreano. La política surcoreana oscila entre los halcones que no quieren hacer ninguna concesión al enemigo del norte y las palomas que -exactamente al igual que sus congéneres durante la Guerra Fría- quieren contemporizar con el enemigo para apaciguarlo. Moon tenía fama de paloma y lo fue hasta que, una vez en el poder, se encontró con un Kim tan desafiante y agresivo que tuvo miedo. Miedo de Kim y miedo de su propia opinión pública. Quizá también sintió presión de Japón, gobernado por un nacionalista más "duro" que él, y por supuesto Washington. Por eso no sólo mantuvo los ejercicios militares conjuntos con Estados Unidos en la península sino que aceptó la instalación del sistema de defensa antimisiles THAAD contra la opinión de Pekín, que está convencido de que pueden servir también para espiar a China.

Pero nada de esto quita que Moon tenga una paloma en el magín y siga convencido de que, en ausencia de salidas militares, no queda otra opción que negociar con el vecino. Kim ha entendido esto muy astutamente y por eso inició, con la oferta de participación en las Olimpíadas, una operación de seducción. Ella culminó con la visita de la delegación surcoreana que ahora trae a Washington el mensaje de que Corea del Norte quiere negociar.

Corea del Norte fue, como otros comunistas con materias primas de entonces, un país que desarrolló ciertas industrias en los 50 y 60. Pero a partir de los años 70 inició su declive. De allí que en los años 80, al ver que Corea del sur se disparaba, la paranoia se instaló en el corazón de la política de seguridad y la política exterior. El programa nuclear fue consecuencia en parte de ese estado mental. Ayudaron a Pyongyang muchas potencias -China, la URSS, Pakistán-. En los 90, Corea del Norte se benefició, tras la caída de la URSS, con el arribo de muchos científicos e ingenieros que habían participado en el programa nuclear soviético. A diferencia de otros países comunistas que en esa época optaron por la democracia y/o el capitalismo, Pyongyang se mantuvo firme en su apuesta por el sistema totalitario. La condición para la supervivencia era el programa nuclear. Después de todo estaba rodeado de países más fuertes y grandes, como China y Rusia, y de dos enemigos, Corea del Sur y Japón, en los que Estados Unidos tenía bases militares. Sólo un programa nuclear exitoso podía asegurar la supervivencia del totalitarismo norcoreano en ese contexto.

Para lograr dicho objetivo, lo sacrificaron todo. El resultado fue una pobreza que en ciertos momentos alcanzó dimensiones de plaga bíblica, como la hambruna que mató, se calcula, a unas 300 mil personas. Esas condiciones de vida tenían, desde el punto de vista del régimen, una ventaja, pues una población tan dependiente y disminuida difícilmente posee ímpetu y fuerza para sublevarse. Pero también una desventaja: si bien la población no podía insubordinarse, existía el riesgo de que la oficialidad, ante la penuria extrema y el aislamiento del país en un contexto de desmoronamiento del comunismo, reaccionara contra el dictador. Por eso se emplearon métodos implacables de represión y soplonería interna, que con Kim Jong un han alcanzado su expresión máxima, como lo demuestra el asesinato por encargo, utilizando un gas nervioso, de su medio hermano en Kuala Lumpur.

Con este atroz personaje nadie en su sano juicio querría negociar nada… si la política no obligara a los países más sensatos, o los menos insensatos, a veces, a sentarse frente a enemigos moralmente aberrantes y políticamente exentos de credibilidad porque las alternativas son peores o inexistentes. Es este, exactamente, el caso actual. Estados Unidos, Europa, Japón y Corea, para hablar de democracias, además de China, que está a punto de tener un presidente vitalicio cuando el Parlamento chino modifique el límite de dos periodos presidenciales ahora vigente, no tienen más fórmula que explorar si la invitación de Kim a negociar va en serio. Él no ha invitado, por cierto, a todos estos países: sólo a Estados Unidos (vía Corea del Sur). Pero dados los antecedentes y el contexto geopolítico, los demás estarán en esa eventual mesa así no estén físicamente sus representantes.

No tenemos cómo saber si será posible obtener algo valioso en el largo plazo y admitamos que es improbabilísimo que Kim vaya a enterrar, a cambio de obtener garantías de seguridad y algo de ayuda, un programa nuclear que es poco menos que la razón de ese régimen desde hace medio siglo. Pero sí se puede conseguir, con mucha suerte, en el corto plazo un aplazamiento del desarrollo del programa nuclear (siempre y cuando los ensayos se detengan) y tiempo para estudiar mejor a un personaje y un régimen que todavía las potencias occidentales no llegan a comprender del todo y que ni siquiera China, Corea el Sur y Japón, sus vecinos, parecen haber aquilatado en todo su peso.

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