Columna de Ascanio Cavallo: Perros grandes, perros chicos

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El fracaso de la acusación constitucional en contra de la ministra Marcela Cubillos ha sido, en lo sustantivo, una derrota autoinferida. Es cierto que tuvo algún suspenso, porque hasta última hora no se supo con certeza cuáles diputados de oposición votarían en contra o se abstendrían. Es cierto que exigió un cuantioso gasto de energía por parte del gobierno -y en especial del subsecretario Claudio Alvarado- y también por parte del PS, que después de urdir la acusación quiso reunir por todos los medios la votación de la mayoría opositora para entregar al Senado una olla hirviente. Y es cierto que hubo numerosas operaciones altamente antiestéticas para pirquinear los sufragios.

Todo eso es tan cierto como siempre lo son los momentos estelares de la política. El PS quería su momento estelar, que consistía, ni más ni menos, en demostrar que en el Parlamento hay una mayoría opositora que es por lo menos equivalente a la mayoría con que Sebastián Piñera ganó la Presidencia. Y lo que se demostró es que tal cosa no es verdad. Con más melodramatismo que equilibrio, hubo quien declaró que en la tarde del martes "se perdió la mayoría de la Cámara".

Parece más adecuado describirlo de otra manera: el gobierno no tiene mayoría en la Cámara y eso explica sus dificultades para tramitar sus proyectos de ley. Pero no existe tampoco una mayoría de oposición y eso explica que el gobierno a veces logra sacar sus proyectos. Es sencillo: no hay una oposición, sino varias. Esto se sabe desde el 19 de noviembre de 2017. La tenacidad para negarlo solo se entiende por el esfuerzo de atenuar la derrota presidencial de ese año, el ansia de enfrentar artificiosamente una mayoría fragmentada contra una mayoría personalizada.

Nadie ganó con la acusación constitucional. En estos primeros días se ha querido culpar a los que votaron en contra. Pero para hacer eso es preciso atacar la libertad de conciencia y convertir a la Cámara en un páramo de pandillas sometidas a una omertá política. Denunciar a Pepe Auth por lo que archianunció -que no creía fundada la acusación- es una aporía ética y política, tal como lo es sostener que los dos votos negativos de la DC, también archiargumentados, significan que "no se puede confiar" en ese partido. Como se sabe, el fracaso levanta mucho polvo.

Falta que se despeje un poco. Pero si hay culpa -una muy mala palabra para la política-, solo puede estar en el origen, no en el resultado. Y lo que se encuentra allí es el intento del PS por forzar una unidad que comience por oponerse a Piñera y después, mucho después, se detenga a analizar si es una alternativa de poder.

El sábado pasado, Genaro Arriagada advirtió en una columna que la ruta es la inversa: una recuperación de la centroizquierda empieza por "el abandono de la propuesta de una unidad desde la DC hasta el FA". No mencionaba la acusación constitucional -no hacía falta-, pero anticipaba que las elecciones municipales del 2020 clarificarán quiénes pueden estar con quiénes, y para qué. ¿Es necesario esclarecer mejor cuál es la lógica con que está actuando la DC? ¿Tendrá alguien que sorprenderse frente a otras votaciones ejercidas con el mismo criterio?

Las elecciones municipales serán un ejercicio de pesaje de los partidos, incluso de los que solo quieren potenciar su identidad. Para la oposición será un torneo verdaderamente dramático: es probable que mucho de lo que ocurra en la nueva década quede marcado por esos resultados. Tal como van las cosas, también debería confirmar lo que ya se sabe: que hay dos izquierdas cuyo futuro estratégico no es la colaboración, sino la competencia y la sustitución. El Frente Amplio no nació para complementar al PS y al PPD, sino para sacarlos del mapa. Y hay que darle el mérito de conseguir al menos el efecto anímico de intimidar al PS (como lo logró el MIR en los años 60), cuya conducción actual ya no parece capaz de concebirse a sí misma lejos de esa esfera.

Pero cuando ha logrado unirse a ellos no alcanzan a ser mayoría. Lo que es peor, han perdido ya dos acusaciones constitucionales, con el agravante de que la actual, contra Marcela Cubillos, quería mostrar más músculo político, una densidad que no tenía la embestida del FA contra Emilio Santelices; dicho de otra manera, una acusación apuntada no contra un ministro impolítico, sino contra una de las ministras más ásperas del antisocialismo, uno de los ejes duros de la coalición de gobierno. Una refriega de perros grandes, como dijo una vez Sergio Onofre Jarpa, convirtiendo ipso facto en perros chicos a todos los demás.

Y esto tenía alguna consistencia, porque el PS ha sido un partido importante en los últimos 60 años y central en los últimos 30, un partido sin el cual ha sido impensable el proyecto de centroizquierda. Sus "barones" participaban (hasta que Bachelet los pasó a retiro) del circuito de los perros grandes y hasta parecía que la política chilena podía desvertebrarse sin ellos. Algo de esa monumentalidad quedó escuchimizado el martes.

Nadie ha ganado con la acusación y ya no se sabe, igual que cuando habló Jarpa, de qué tamaño son los perros. Siempre se puede sacar conclusiones diferentes. Pero algo tiene que cambiar para que la política parlamentaria deje de ser el dudoso arte de no llegar a ningún acuerdo, ni con los aliados ni con los adversarios.

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