Cristina Dorador: El desierto florido de la ciencia

En medio del ambiente de empoderamiento femenino, la abogada Paula Vial puso la idea en Twitter: que algún medio dedicara toda su edición sólo a columnas de mujeres. En Tendencias lo hicimos y 43 mujeres escribieron para esta edición especial.


Cada territorio tiene sus particularidades. En el norte vivimos bajo un cielo privilegiado de noche y con la radiación solar más alta del planeta de día. Tenemos un mar infinito en el horizonte y salares milenarios en las alturas de los Andes que albergan una enorme biodiversidad. El desierto invita a la reflexión poética y a la vez es centinela de casi toda la tabla periódica de los elementos entre los cuales se encuentran aquellos que dan origen a la vida. Es como si el Universo completo estuviese concentrado en el descampado de Atacama.

Muchas preguntas surgen cuando observamos nuestro entorno. Tantas, que abruma no tener las condiciones para resolver todas esas inquietudes. Quienes hacemos ciencia en regiones fuera de la Metropolitana (que concentra el 65% de la producción científica del país) y quienes se han formado en universidades regionales, conocemos bien las dificultades que esto conlleva. Más todavía siendo mujeres, las que representamos apenas el 31% de los investigadores.

Se plantea de forma recurrente que el fomento a la investigación científica debiese enfocarse en áreas prioritarias. Generalmente esta definición proviene de un sector de la sociedad que no necesariamente incluye visiones regionales y que -además- las vincula con el modelo de desarrollo económico. Es decir, el acceso a recursos es restringido a ciertas áreas, limitando la generación de temáticas nuevas o deficitarias, coartando miradas vanguardistas que nacen del conocimiento local.

Este sistema genera innumerables efectos hacia las personas y el medioambiente. Investigar sus efectos y fuentes es crucial para generar información que ayude a la toma de decisiones: ¿Por qué tenemos las tasas más altas de cáncer del país? ¿Cuál es el impacto de la sobreexplotación del agua sobre la ecología del río Loa? ¿Cuál es el efecto ecosistémico de la extracción sin control de algas en la costa?

A esto sumémosle la falta de mujeres que provengan de distintas realidades en paneles de discusión y generación de políticas: ¿Quién escucha en el norte la voz de las invisibilizadas, las aimaras, camanchacas, quechuas o atacameñas? Y en el sur, ¿quién acoge la visión de las huilliche, pehuenche o mapuche? Y, por encima de todo esto, siendo Chile un país heterogéneo, donde sus diferencias y contrastes se dibujan a cada kilómetro y cuya identidad ha sido construida sobre la base de la diversidad humana, las mujeres seguimos siendo cuestionadas por cómo nos vemos, más allá de nuestras acciones, roles y aportes.

Para aquellas que estamos trabajando en áreas que pueden tener profundo impacto en el conocimiento y la sociedad, y que en paralelo buscamos la equidad en las condiciones de acceso a la academia, uno de los primeros pasos para subsanar las brechas sería la existencia de fondos de investigación científicos regionales (incluyendo becas) con apoyo específico para mujeres.

Así la ciencia chilena florecería como lo hace el desierto de vez en cuando, donde cada flor es una pregunta nueva y el polen que se disemina son las múltiples respuestas que permiten avanzar en derechos, equidad y diversidad.

*Ecóloga microbiana, académica Universidad de Antofagasta e investigadora titular del CeBiB

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