¿Es Ricardo Maccioni un outsider chileno que podría ganar un Nobel?

(©Alvaro de la Fuente)

No existe un comunicado oficial, pero de acuerdo con la información recogida por su propio comité de postulación, Ricardo Maccioni sumaría dos nominaciones para el galardón de la Academia Sueca en la categoría de Medicina por sus estudios sobre el alzhéimer. Las voces más prominentes de la comunidad científica nacional han ignorado la noticia.Esta reacción (o la falta de ella) no sorprende al neurocientífico. Dice que lleva décadas sintiéndose como un extranjero en su propio país.




Hace cinco años, el doctor Ricardo Maccioni enfrentó su propia mortalidad. Una hepatitis autoinmune lo obligó a tomar altas dosis de corticoides que le causaron serios daños colaterales. Sufrió una osteoporosis que le provocó fracturas en cinco costillas. Una de ellas se le introdujo en el canal de la médula. Una operación a la columna y una larga temporada de kinesioterapia lo salvaron de una parálisis permanente. En medio de todo aquello, se le detectó un absceso en el colon que derivó en una sepsis. Entonces tuvo que someterse a una colostomía de emergencia.

“Estuvimos todos muy asustados”, cuenta su hijo Cristóbal. “Después de que salió de todo eso, le dije que no trabajara más, que era mucho estrés, que agradeciera que salió adelante, pero es difícil dejarlo sin su trabajo. Yo creo que se muere si se lo quitas”

Cuando su hijo sustentaba estas recomendaciones en su calidad de “doctor”, Ricardo Maccioni contestaba con ironía.

“Aquí el doctor soy yo; tú eres médico”.

La recuperación se extendió prácticamente dos años y culminó con la reversión de la colostomía. Pese a la larga convalecencia, Maccioni asegura que en ningún momento se alejó del Centro Internacional de Biomedicina (ICC), la institución que fundó en 1989 para desarrollar “investigación biocelular y biomolecular de excelencia”. Se mantuvo en contacto con sus colaboradores para no perderle la pista a lo que ocurría en su laboratorio. Después de casi 50 años de investigaciones en neurociencia, concentradas principalmente en los procesos bioquímicos responsables de la enfermedad de Alzheimer, le parecía absurdo detenerse.

Mi condición física no tenía que ver con mi ánimo. Yo siempre supe que iba a salir adelante. Creo en mentalizarme”, dice Maccioni.

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A sus 76 años, Maccioni aún no está listo para el retiro. Aunque a veces necesita un bastón para desplazarse, conserva su entusiasmo, que ahora está enfocado en complementar la publicación de estudios con el desarrollo de biotecnología para detectar y prevenir el alzhéimer. También persigue un objetivo mayor, una medalla que les demuestre a todos quienes se han negado a reconocerlo que estaban equivocados. Se trata del Premio Nobel de Medicina, un galardón vetado para Latinoamérica desde 1984, cuando se premió al biólogo argentino-británico César Milstein.

El comité que está detrás de la candidatura asegura haber confirmado que dos de las personas o instituciones invitadas por la Academia Sueca mencionaron su nombre, es decir, Maccioni habría recibido dos nominaciones al Nobel a fines del año pasado por sus contribuciones al estudio del alzhéimer. El dato es extraoficial, pues la Fundación Nobel restringe la entrega de cualquier información. “O bien los rumores son sólo rumores o alguno de los nominadores invitados ha filtrado información”, aclara el sitio oficial del Nobel.

Nelson Reyes, director internacional del Comité un Nobel para Chile, comenta que está en conversaciones con académicos de todo el mundo. Su trabajo está proyectado a mediano plazo. “Hemos discutido que este año el énfasis estará en el coronavirus. Estamos enfocados en difundir el trabajo de Ricardo en el exterior y apuntar al premio de 2022. Esperamos continuar porque entre los científicos chilenos es el que vemos con más probabilidades”.

A la fecha, la labor del comité -dirigido por el Dr. Raúl Prieto- ha tenido una recepción favorable de parte de la ministra de Desarrollo Social, Karla Rubilar, y del embajador de Chile en Suecia, Hernán Bascuñán. La postulación también se ha apoyado en la opinión de algunos cercanos de Maccioni, como el Dr. George Perry, académico de la Universidad de Texas en San Antonio y uno de los investigadores en alzhéimer más reconocidos del mundo, cuyos papers cuentan con casi 100 mil citas.

“El Dr. Maccioni ha realizado descubrimientos de clase mundial (…) Es el neurocientífico celular más destacado de América Latina”, señaló recientemente Perry, que además es editor del Journal of Alzheimer’s Disease, una de las publicaciones más importantes sobre el tema. Perry conoce bien a Maccioni, quien colabora como editor regional en la revista.

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Más allá de cualquier opinión, Maccioni es el primer convencido de que su trabajo merece el Nobel. Su “teoría de la neuroinmunomodulación”, desarrollada a mediados de los 2000, sintetiza todo el trabajo de su carrera y establece lo que él denomina “un nuevo paradigma” para comprender el origen del alzhéimer.

“Eso puede ser un elemento importante para un Nobel”, advierte.

Maccioni explica que la obtención del premio es más “una expectativa que una ambición”. Esa confianza responde en parte a un proceso formativo de alta exigencia en laboratorios de Estados Unidos, pero también a una “resiliencia” adquirida tempranamente, en el sur profundo.

El ovillo

Hasta que ingresó a la universidad, Ricardo Maccioni solo conoció la naturaleza agreste de Aysén. Aún se recuerda arriba de un caballo, galopando a través de la nieve para llegar a la escuela. Tampoco olvida que algunos de sus compañeros iban descalzos a clases. Su familia se había instalado entre Coyhaique y Puerto Aysén a comienzos de los años 40 por el trabajo de su padre, Fernando Maccioni, geomensor del Ministerio de Tierras. Su labor era explorar la zona, trazar mapas del territorio y dividirlo en predios que cumplieran con las necesidades de los colonos europeos que huían de la Segunda Guerra. Por entonces, Coyhaique era un pueblo chico al que solo se accedía por caminos de tierra o por mar. Lo remoto del lugar castigó a su familia cuando Maccioni aún era muy niño: su hermana mayor, de siete años, murió de difteria cuando la trasladaban en barco hacia Santiago para administrarle antibióticos. Sin embargo, Maccioni creció enamorado de la vida al aire libre, de los bosques y animales. “Era un medio duro, pero yo era muy feliz. Creaba mi propio espacio”, recuerda. Cuando el clima le impedía estar afuera, se refugiaba en los libros. Su madre, Ana Baraona, sabía francés y le estimulaba la lectura en ese idioma; su padre, en tanto, le pasaba libros de matemáticas.

Apenas terminó las humanidades, Maccioni se fue a Santiago para estudiar bioquímica. Todavía mantiene fresca la impresión del viaje en avión y de la llegada a la capital. Vivió con una tía en calle Bellavista hasta que su madre decidió volver a Santiago junto a sus tres hermanos menores. Obtuvo el pregrado en 1969 y el doctorado en Ciencias Biomédicas en 1975, permaneciendo más de una década en la Universidad de Chile, justo en uno de los períodos políticos más turbulentos de la historia. Entonces, Maccioni era simpatizante DC, pero no se involucró en política. Su verdadero interés por esos años era la neurociencia. El episodio determinante para su futuro como investigador fue la visita académica al centro de investigación neoyorquino de Cold Spring Harbor, en 1971. Ahí tuvo de profesores a nueve científicos que ya habían ganado el Premio Nobel y se volcó a examinar la degeneración de las células nerviosas tan características del alzhéimer.

Maccioni se prometió que regresaría a Estados Unidos tras esa experiencia. Al finalizar su doctorado en Chile, postuló a un posdoctorado en Ciencias Neurológicas en el Instituto Nacional de Salud (NIH) de Maryland y luego a otro en la Universidad de Colorado. A partir de 1976, exceptuando un breve regreso a Chile entre 1978 y 1980, armó su vida en Estados Unidos junto a Isabel Romero, una chilena que estudiaba en el Reino Unido. La pareja se radicó en Denver, donde pasó toda la década de los 80 y crió a sus tres hijos.

Fue una etapa decisiva para Maccioni como científico. Su trabajo como investigador en la Universidad de Colorado se concentró en una proteína recientemente descubierta en el cerebro, bautizada como Tau. Maccioni comprendió que se trataba de una de las piezas faltantes para entender el origen del alzhéimer: la Tau mantenía el equilibrio de los microtúbulos, verdaderos canales de impulsos nerviosos que conforman la “cola” de la neurona (axón). Pero la Tau también podía acumularse de una manera anómala, formando “ovillos neurofibrilares” y creando así una especie de entramado que obstaculizaba el flujo de impulsos entre las neuronas. A la larga, estas se desconectaban.

Maccioni insistió por años que las anomalías de la proteína Tau en las células nerviosas estaban directamente relacionadas con la aparición del alzhéimer, pero la teoría predominante era la de las “placas seniles”, acumulaciones de la proteína beta-amiloide entre las neuronas. Ambas tesis se integrarían solo después de muchos años. Maccioni no claudicó. A esas alturas, ya contaba con el respeto de sus pares.

“Yo empecé a hacer las cosas en grande en Denver, a obtener proyectos de investigación propios, no al alero de otro científico. Me independicé joven y eso sí que es duro. Ahí me valió mucho la formación que tuve de niño en Aysén”, afirma Maccioni.

(©Alvaro de la Fuente)

Cristóbal Maccioni recuerda esos años con nostalgia. Cuenta que su hogar giraba alrededor de la ciencia y el arte, entre libros y música clásica. Su padre trabajaba intensamente, llegaba tarde en la noche e incluso iba al laboratorio los fines de semana. “Mi viejo era como ese estereotipo del científico loco, siempre andaba como volado, metido en sus células y sus neuronas”, dice.

A fines de los 80, Maccioni tenía una cátedra estable en la U. de Colorado, abundantes fondos para investigación y su familia parecía feliz en Denver. En sus ratos libres se iba de camping con sus hijos y escribía poesía. Todo esto hizo incomprensible su decisión de regresar a Chile.

El extranjero

”Ricardo es un buen investigador, le tengo aprecio, pero está exagerando la cosa”, responde el Premio Nacional de Ciencias Naturales 2008, Nibaldo Inestrosa, al ser consultado por las nominaciones de Maccioni al Nobel. El neurobiólogo de la UC también estudia el alzhéimer, aunque su trabajo se ha concentrado en las beta-amiloides. “Eso de candidatearse uno mismo no se acepta. Pero a lo mejor hizo un descubrimiento que nadie de nosotros ha visto”, agrega.

Aunque Maccioni, por su parte, considera que el trabajo de Inestrosa “se queda en lo básico”, de igual manera resiente que los jurados del Premio Nacional lo hayan ignorado tantas veces (15) desde su regreso a Chile. “Para mí es un chiste. Durante 26 años me han postulado, la última vez con 1.500 firmas; la respuesta que tengo es que hay mucha envidia”, señala.

Esta difícil relación con parte de la comunidad científica chilena se remonta a los años 90, cuando Maccioni regresó de EE.UU. para levantar el actual Centro Internacional de Biomedicina (ICC) con fondos internacionales. Extrañaba el país y aspiraba a trabajar como en Denver, aportando “un granito de arena al desarrollo del país”. Rápidamente firmó un convenio con su alma mater, la U. de Chile, que a su vez fijó la apertura de un laboratorio de neurociencia. Durante la década fue construyendo sobre la tesis de la proteína Tau hasta completar su “teoría de la neuroinmunomodulación”. En ella se describe al alzhéimer como un proceso inflamatorio multifactorial, detallando el rol de la enzima responsable por la acumulación anómala de la proteína Tau.

En paralelo, Maccioni se adjudicó uno de los fondos de la Iniciativa Milenio, un programa creado en la administración de Eduardo Frei para incentivar la investigación científica. Su Instituto de Estudios Avanzados en Biología Celular y Biotecnología funcionó entre 2000 y 2005, pero tuvo un amargo final. Una disputa por el control del proyecto terminó con la salida del equipo de investigadores. El Consejo Directivo de Milenio manifestó preocupación por “el cambio de línea investigativa derivada de la modificación completa del equipo original de científicos del Instituto, así como por el conflictivo liderazgo” ejercido por Maccioni y decidió no renovar el financiamiento.

“Era una visión antojadiza que no tenía ningún asidero”, responde Maccioni, que recurrió en vano a la Contraloría para revertir la decisión. “Evidentemente hubo una discriminación por razones políticas (…) Yo no era de la Concertación, muy simple”.

Consultado por La Tercera, el expresidente de Conicyt y entonces integrante de la mesa directiva de la Iniciativa Milenio, Eric Goles, prefirió no comentar este episodio.

Quince años después, la relación de Maccioni con muchos de sus pares más connotados no ha variado. Cree que la comunidad científica se ha mostrado “parca” frente a su eventual nominación al Nobel. La Academia Chilena de Ciencias no se ha manifestado, argumentando que “su política nunca ha sido de apoyar postulaciones individuales”. Esta posición no lo sorprende, pese a que es miembro del organismo. “Si yo no existo acá en Chile, cuando hay reuniones importantes no me invitan, lo que me halaga, porque me distingue de los demás”, dice Maccioni, que también lamenta no haber recibido un llamado del Ministerio de Ciencias.

Después de recibir la primera dosis de su vacuna contra el Covid-19, Maccioni continúa con su trabajo de investigación en ICC y en su proyecto hermano, Neuroinnovation, que ha patentado y desarrollado, entre otros productos, un examen no invasivo de detección temprana del alzhéimer basado en biomarcadores y el nutracéutico Brain-Up, un compuesto que podría prevenir enfermedades neurodegenerativas. Todo esto, mientras espera noticias desde Suecia, que lo podrían convertir en el tercer ganador chileno de un Nobel después de Pablo Neruda y Gabriela Mistral.

Entre estos dos antecesores, Maccioni se identifica particularmente con la poetisa. No tanto por su obra, sino que porque ella ganó el Nobel antes que el Premio Nacional. A sus ojos, ambos encarnan la máxima de “nadie es profeta en su tierra”.

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