La isla de los gordos

Gabriel León -doctor en biología celular y molecular- publica La ciencia pop 2, continuación de su exitoso primer libro. En sus páginas, ofrece 16 historias ligadas a la ciencia, sus personajes y sus asuntos más insólitos. Aquí, el capítulo sobre la isla Nauru.


El fósforo es un elemento esencial para la vida (al menos como la conocemos en este planeta) y forma parte de moléculas tan diversas como los ácidos nucleicos (ADN y ARN), y los fosfolípidos, parte de las membranas de las células. El año 2010, la NASA anunció —con gran pomposidad— que había descubierto una bacteria en un lago salado de California que, crecida en ausencia de fósforo, podía reemplazarlo, al menos en un pequeño porcentaje, por arsénico. Este estudio, publicado en la revista Science el año 2011, ha sido duramente criticado por su falta de rigurosidad experimental y hoy existe consenso respecto a que no muestra evidencia concluyente que apoye las afirmaciones de los autores. La NASA también fue muy criticada, pues el anuncio se hizo a través de una conferencia de prensa en la que adelantó que el hallazgo «impactaría la búsqueda de evidencia de vida extraterrestre», algo ciertamente desproporcionado al tener en cuenta la calidad de la evidencia disponible.

Pero volvamos al fósforo. Debido a su alta reactividad, este elemento no se encuentra sencillamente como fósforo en la naturaleza, sino que formando parte de moléculas como la apatita o los fosfatos —un átomo de fósforo unido a cuatro átomos de oxígeno— en unos cuantos yacimientos. A nivel industrial, una de las aplicaciones más tempranas del fósforo fue para fabricar… fósforos, esas pequeñas varillas de madera o de papel pegado con cera —de ahí el nombre cerillas— que permiten obtener fuego de manera instantánea. Y si bien se trata de un invento bastante antiguo, aún los fósforos modernos (de inicios del siglo XIX) se fabricaban usando fósforo blanco, una molécula tetraédrica compuesta por cuatro átomos de fósforo y que puede obtenerse en el laboratorio, pero extremadamente inestable, inflamable y tóxica. De hecho, el contenido de solo una caja de fósforos de esa época tenía el suficiente fósforo blanco como para matar a una persona. Es más, los obreros de las fábricas de fósforos, que trabajaban en condiciones paupérrimas, solían contraer graves enfermedades debido a la inhalación de gases y el contacto con el fósforo blanco. Era usual, por ejemplo, que presentaran un cuadro llamado fosfonecrosis que, en palabras simples, significa necrosis en los huesos de la mandíbula.

La peligrosidad del fósforo blanco per se, sumada a las misérrimas condiciones laborales de quienes trabajaban en la industria, fueron la chispa, por falta de una palabra mejor, que inició la huelga de las vendedoras de fósforos de 1888 en Inglaterra y que culminó con la prohibición del uso del fósforo blanco debido a su peligrosidad. Sin embargo, su importancia industrial y biológica seguían vigentes y, por tanto, los yacimientos de fosfato —una de las formas más comunes del fósforo— se convirtieron en reservas estratégicas y codiciadas.

A fines del siglo XIX, distintas compañías de capitales europeos exploraban el globo en busca de yacimientos de fosfatos, y una de las zonas de prospección fueron unas pequeñas islas de Oceanía ubicadas al noreste de Australia.

En 1899, el barco Lady M —perteneciente a la Compañía de las Islas del Pacífico— recaló en la pequeña y casi inexplorada isla de Nauru, de apenas 21 km2, donde uno de sus tripulantes, Henry Denson, encontró una extraña roca mientras caminaba. Decidió llevársela como recuerdo y la conservó como tal, ya que, tiempo después, alguien le explicó que se trataba probablemente de un trozo de madera fosilizada. La roca, pues, pasó sus días como tope de puerta en la oficina de la compañía en Sídney y allí se hubiera quedado para siempre de no mediar el traslado a la ciudad australiana de Albert Ellis, un empleado de la Compañía de las Islas del Pacífico.

Al llegar a su nuevo centro laboral, el señor Ellis —que se dedicaba a la prospección de fosfato— vio la roca usada como tope de puerta y le pareció que era fosfato, no madera fosilizada como decían en los pasillos. Se quedó con la duda hasta que, tres meses después, decidió hacerle un análisis de laboratorio a la pieza, y sus sospechas fueron confirmadas: se trataba de una roca de fosfato de la más alta pureza. Rápidamente comenzaron las negociaciones para explotar el fosfato de la isla de Nauru.

Los habitantes de la isla —a quienes no les preguntaron su opinión al respecto— llevaban una vida sencilla. Vivían del cultivo y los frutos de algunas plantas, incluyendo las palmeras que crecían en el borde costero, y de un ingenioso sistema de cultivo de peces que habían implementado en una laguna interior. Para esto, tomaban las ovas de los peces desde los arrecifes de coral y las transportaban a la laguna en una mitad de cáscara de coco. Ahí los peces crecían libremente hasta alcanzar el tamaño adecuado, cuando eran retirados con redes. La dieta de los habitantes de Nauru, entonces, consistía principalmente en pescados y vegetales.

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Jóvenes de la isla de Nauru captados en una imagen del año 1914.[/caption]

Pero la explotación del fosfato cambió a Nauru para siempre. Ya en 1903, la nueva industria supuso un enorme auge económico a la isla, el que creció aún más a partir de su independencia en 1968. Nauru, en esos años, fue uno de los países más ricos del mundo gracias al fosfato, al punto de que ninguno de los habitantes de la isla necesitaba trabajar: el Estado, muy rico, subvencionaba todo. Nadie debía, siquiera, pagar impuestos.

Pero nada dura para siempre, dicen. Y las décadas de explotación minera pronto le pasaron la cuenta a la isla. Sus suelos estaban erosionados, no crecían más peces en la laguna. Como aún tenían dinero, comenzaron a importar su comida, toda esta procesada. La dieta de la pequeña isla de Nauru, tierra que llegó a tener uno de los PIB más altos del mundo, cambió de una basada en pescado y vegetales a una compuesta casi exclusivamente de comida ultraprocesada, baja en fibra, rica en grasas y azúcar. Para más remate, a fines de los noventa el fosfato se agotó, dejándolos solo con suelos degradados. Fue solo entonces cuando los líderes de la isla cayeron en cuenta de que habían tomado muy malas decisiones, especialmente sobre cómo invertir su dinero. La corrupción hizo el resto: el país estaba en bancarrota.

Actualmente, los habitantes de Nauru se encuentran entre los más obesos del mundo: datos de la Federación Mundial de la Obesidad indican que el 56% de los hombres y el 61% de las mujeres de la isla son obesos. Asimismo, la tasa de diabetes de tipo 2 entre su población es de las más altas que existen alrededor del planeta. Como se ve, debido a una irresponsable explotación del fosfato y a la falta de planificación, la isla de Nauru quedó ecológicamente destruida y sus habitantes pobres, obesos y enfermos.

De todas formas, para nuestra tranquilidad, hoy en día los fósforos que cada uno de nosotros tiene en su casa no llevan —ah, la paradoja— fósforo; este elemento se encuentra solo en el raspador, que lleva fósforo rojo, una forma más estable y no tóxica de tal elemento.

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