Mario Hamuy: “Cuando era niño soñaba con darle la mano a un extraterrestre”

(Crédito: Roberto Candia).

"El universo en expansión" es el título de un nuevo libro de divulgación publicado por el astrónomo y presidente de Conicyt. En sus páginas aborda desde la expansión del cosmos hasta el rol de las estrellas y el origen de los eclipses solares. Temas que al investigador le han fascinado desde que vio la llegada del hombre a la Luna.


Mario Hamuy (58) todavía recuerda esa tarde de invierno cuando llegó a su casa tras haber andado varias horas en bicicleta. Tenía diez años. Tras abrir la reja, alzó la mirada y vio que sobre el garaje familiar flotaba un platillo volador. “Daba vueltas y emitía luces de todos colores. Lo veía moverse desde Vitacura hacia Providencia y parecía un objeto grande que giraba”, cuenta el astrónomo y presidente de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt). Hoy admite que el avistamiento fue sólo producto de su imaginación infantil, pero en ese momento su única reacción fue gritar “¡Un OVNI!, ¡Un OVNI!”: “Cuando era niño soñaba con darle la mano a un extraterrestre, tal como ocurría en Perdidos en el espacio, una serie que seguí muy de cerca. Ahora parece muy cómica porque sus sets eran de cartón, pero en esa época te activaba la imaginación. Eso me hizo preguntarme si existían otros seres en el espacio y me obsesioné”.

-¿Todavía tiene esa inquietud?

– Se me pasó. Ya no creo en los extraterrestres. Sería ridículo que estén jugando a las escondidas. O se presentan de frentón y nos colonizan o mantienen una prudente distancia para que sigamos nuestra evolución natural. Eso de estar apareciendo y desapareciendo no tiene sentido.

El astrónomo fijó su vista en las estrellas desde muy temprano. En 1969, fue testigo junto a sus padres, sus dos hermanas y su gato romano Caco de una hazaña que entonces parecía imposible: la llegada del hombre a la Luna. En pijama y envuelto en una frazada, el astrónomo vio por televisión el momento en que Neil Armstrong y “Buzz” Aldrin marcaban las primeras huellas humanas en el polvoriento satélite: “La imagen no era muy nítida, pero se podían ver las siluetas de los astronautas en blanco y negro. Fue emocionante porque había seguido todo el programa Apolo a través de la prensa, pero además existía mucha ansiedad debido a las especulaciones que circulaban. Incluso se decía que el módulo se podía hundir porque la superficie lunar era muy blanda”.

Nada de eso ocurrió y tal como dice Hamuy el hito terminaría definiendo su vida: “Llevaba en el ADN la curiosidad por la astronomía, por saber qué hay en el espacio, pero la carrera por llegar a la Luna entre la Unión Soviética y Estados Unidos fue clave”. Claro que ese camino también tuvo traspiés que el Premio Nacional de Ciencias Exactas 2015 no olvida, como aquella vez que tomó los binoculares que su padre usaba cuando iba a las carreras de caballos. “Era 1973 y me subí al techo de la casa para observar el cometa Kohoutek, que prometía ser el ‘cometa del siglo’ debido a su visibilidad. Al final fue todo un fiasco, porque al acercarse al Sol se desintegró, pero esa experiencia me acercó aún más al cielo”, dice Hamuy.

Esas son sólo dos de las historias que abren los capítulos de El universo en expansión, un nuevo libro publicado esta semana por el astrónomo y que sigue la exitosa senda divulgación de obras como Somos polvo de estrellas, del astrónomo José Maza y que ya ha vendido más de 23 mil copias. El Big Bang -aquel gran estallido que dio origen al universo hace unos 13.800 millones de años-, el funcionamiento de las estrellas, la expansión del cosmos y el origen de los eclipses son algunos de los temas que este nuevo texto, basado en una charla que Hamuy incluso ha dado a niños de tercero básico. Para el investigador, el texto se diferencia de los demás por sus anécdotas personales: “Lo innovador es que incorporé mis experiencias. Al ir intercalando esas escenas espero generar un acercamiento mayor con el lector”.

-¿Extrañaba sus raíces más científicas?

– Este libro me permitió reconectarme con la astronomía, porque en los últimos capítulos me adentro en temas bien de frontera y tuve que ponerme a leer y actualizarme en teoría de cuerdas, universos paralelos y otras áreas. Fue muy refrescante ocupar esa parte del cerebro que había estado en stand by. La divulgación siempre me ha gustado y la he practicado en los dos últimos dos años y medio desde que congelé mi cargo de profesor en la Universidad de Chile y vine a Conicyt. He dado numerosas charlas y tenía la necesidad de volcar esas experiencias en un libro. Afortunadamente, hace un año se me acercó el sello Debate y eso me empujó a realizar un proyecto que tenía pendiente hace tiempo.

-En el libro plantea que el astrónomo profesional es un intermediario entre el espacio y el astrónomo que las personas llevan dentro. ¿Qué mensaje transporta ese intermediario?

– El universo nos dice “aquí están sus orígenes”, “aquí están sus raíces cósmicas”. Todos somos extraterrestres porque ninguno de los elementos químicos que nos componen se originó en la Tierra, sino que en el Big Bang, ya sea a fuego rápido durante los primeros 10 minutos de existencia del cosmos o a fuego lento al interior de las estrellas que surgieron luego. Somos una mezcla de todos esos ingredientes, por tanto nuestras raíces están allá. A partir de elementos como el hidrógeno y el oxígeno se formaron los átomos, las moléculas, luego el ADN y de ahí las primeras bacterias, los organismos multicelulares, los órganos especializados, un cerebro que organiza toda esa información y luego la conciencia que se desarrolla sobre este sustrato. El universo se observa a sí mismo a través de nosotros y es ahí donde están las piezas de un puzle que intentamos completar.

– ¿La curiosidad por descifrar esas respuestas explica el éxito que está teniendo la divulgación científica?

– Creo que si a las personas se les ofrece buen contenido, ellas están dispuestas a recibirlo con ganas. No me refiero sólo a la astronomía, sino que también a la biología, la química, la tecnología y a la historia bien contada y entretenida. La gente está súper interesada en absorber información de calidad, pero el problema es que los medios, por un tema de rating y una visión cortoplacista, han privado a la ciudadanía de recibir esos contenidos. Ahora se está llenando un espacio que estaba sin ocupar.

El enigma oscuro

El universo en expansión no es la primera aventura de Hamuy en la promoción de la ciencia. Hace diez años publicó junto a José Maza el libro Supernovas, donde ambos describían el nacimiento, vida y muerte de las estrellas. Al fallecer, los astros más masivos desatan explosiones conocidas como supernovas y que según la NASA son las “más grandes detectadas en el espacio”: una detonación de este tipo puede generar más energía que el Sol durante toda su existencia. Este fenómeno ha sido uno de los focos de los estudios de Hamuy: “Si no fuera por las supernovas, la Tierra no existiría pues el universo primordial estaba hecho sólo de hidrógeno y helio. No existían los átomos de silicio, azufre, oxígeno, carbono, hierro, que componen nuestro planeta. De alguna manera la nube que dio lugar a la formación del sistema solar había sido contaminada por los átomos expulsados de una explosión de supernova cercana”, escribe el astrónomo en su nuevo libro.

 

Esta imagen de la NASA muestra a RCW 86, el ejemplo más antiguo de supernova que se conoce. (Crédito: NASA)

-¿Cuáles son las grandes preguntas que quedan por responder?

-El 96 por ciento del universo es desconocido. El 70 por ciento corresponde a la llamada energía oscura que produce la expansión acelerada del universo y el 26 por ciento está conformado por materia oscura, que tampoco sabemos lo que es. Sólo el 4 por ciento del universo está formado por los átomos de la materia que ya conocemos, por lo que la composición del resto está por descubrirse. Otro tema que nos sigue obsesionando es si surgió la vida fuera de la Tierra. Esa pregunta se repite mucho en las charlas que doy y es un enigma que se está abordando científicamente. Para saber si hay vida hay que seguir la pista del agua líquida y con los telescopios la vamos buscando en varios lugares del sistema solar y fuera de él. En el año 95 no se conocía ningún planeta fuera de nuestro vecindario, pero hasta ahora se han identificado más de tres mil y hoy se calcula que habría 40 mil millones de planetas similares la Tierra. Todavía no encontramos pruebas, pero instrumentos como el Telescopio Gigante de Magallanes que se está instalando en Chile –y que estará completo en 2020- podrían ayudarnos a detectar indicios de actividad biológica en las atmósferas de esos mundos.

-¿Qué pasaría si se encontrara algún indicio de vida?

– Sería tan impactante como si nos diéramos cuenta que estamos solos. Cualquiera de las dos alternativas tendría enormes consecuencias a la hora de entender nuestro rol en el universo. Si estamos solos sería una tremenda responsabilidad, porque seríamos lo más majestuoso, elaborado o sofisticado que ha hecho el cosmos y recaería sobre nuestros hombros proyectar eso hacia el futuro. Si no lo hacemos y nos extinguimos como especie, desaparecería la conciencia del universo. Por otro lado si se descubre que hay vida, aunque sea biológica y no inteligente, también sería impactante y remecería numerosos conceptos sociales y filosóficos.

– ¿Le parece factible que los humanos se instalen en otros mundos?

-Colonizar Marte o la Luna es una labor muy difícil en términos tecnológicos. Llegar a Marte tarda seis meses y tienes que descifrar como mantener a un grupo de humanos en un planeta tan hostil que no tiene atmósfera ni oxígeno. Diría que es una utopía pensar que vamos a colonizar Marte en lo inmediato; quizás llegue un grupo de astronautas y los traigamos de vuelta en unos veinte o cuarenta años, pero colonizar está muy lejos de nuestras capacidades. Esto lo menciono porque ese deseo puede ser una trampa. La estrella más cercana es Alfa Centauro y está a cuatro años luz, por lo que con la tecnología actual nos tardaríamos 100 mil años en llegar. Creernos el cuento que vamos a poder llevar a los humanos a otras estrellas o planetas en el futuro cercano nos puede hacer descuidar nuestro propio hábitat que es el único que tenemos.

El asteroide 109097

Hamuy nunca ha ido al espacio. Sin embargo, existe un objeto que viaja entre las órbitas de Marte y Júpiter y que lleva su nombre: el asteroide 109097, descubierto en 2001 por el astrónomo aficionado español Rafael Ferrando. El investigador, que ha realizado más de 500 hallazgos de este tipo, se entusiasmó tanto al recibir el libro Supernovas que hoy ese cuerpo espacial de unos cinco kilómetros de diámetro es conocido como “asteroide Hamuy”.

-Si tuviera una nave, ¿dónde le gustaría ir?

-Viajaría en el tiempo para ver la Tierra cientos o miles de años atrás y observar la naturaleza no contaminada por la actividad humana. Pero siendo más realista, si pudiera ir a la Luna, dar una vuelta y volver, lo haría. El turismo espacial es algo que se va a concretar y si la plata me da compraría un pasaje, aunque tenga 70 o 75 años. Por último para dar una vuelta alrededor de la Tierra y estar en el espacio oscuro.

El astrónomo explica que ya piensa en una secuela de su nuevo libro, la cual estaría enfocada en el Big Bang que, tal como dice Hamuy, fue el “comienzo de la expansión del universo”. Ese proceso va a hacer que “las galaxias se distancien de manera cada vez más veloz de nosotros. En el futuro se van a alejar más rápido que la velocidad de la luz y sus fotones nunca nos van a llegar”.

-¿Cómo será el cosmos en ese futuro lejano?

-El universo que vamos a ver va a ser la Vía Láctea que alberga a la Tierra más una galaxia cercana que se llama Andrómeda. En 4.500 millones de años se van a unir y de la suma de todas esas estrellas va a surgir una megagalaxia que ya fue bautizada como Lactómeda. Pero los gases y otros materiales a partir del cual se forman nuevas estrellas se van ir terminando, por lo que sólo habrá astros que irán envejeciendo y apagándose.

El desafío del Ministerio de Ciencia

Mario Hamuy también dirigió el Instituto Milenio de Astrofísica y, además, la expresidenta Michelle Bachelet le encargó coordinar un comité que diseñó el nuevo Ministerio de Ciencia y Tecnología. La ley que lo crea entró en vigencia en agosto y desde entonces el gobierno actual tiene plazo de un año para elaborar los decretos con fuerza de ley que definirán la estructura del estamento y la fecha de su inicio de funciones.

Según el astrónomo, el Ministerio es esencial para el futuro del país: “Chile se ha desarrollado científica y tecnológicamente, pero lo ha hecho sin tener políticas claras o un norte definido. La nueva cartera debe generar una guía, pero no para satisfacer a los investigadores per se, sino para que la ciencia esté al servicio de las necesidades de las personas y así mejorar sus viviendas o aprovechar mejor las energías limpias”. En lo que respecta a la astronomía, Hamuy dice que le gustaría ver en el Ministerio una oficina dedicada a “aprovechar todas estas potencialidades que nos ofrece este laboratorio natural que tenemos”.

En ese sentido, destaca el “observatorio virtual de datos” anunciado en agosto por el ministro de Economía, José Ramón Valente, y que compilará la información de todos los telescopios que están en el país. “Cuando empecé a estudiar supernovas a fines de los 80, encontramos unas cincuenta a través del proyecto Calán/Tololo y me las conocía una por una. Hoy los detectores han mejorado tanto que se descubren por cientos y cuando parta el Gran Telescopio para Rastreos Sinópticos (LSS) en el norte se van a encontrar millones al año. Para extraer la información de todos esos datos hay que desarrollar algoritmos y ahí es donde entran los informáticos, los matemáticos y los estadísticos. Eso va a ir desarrollando múltiples capacidades en el país”, afirma Hamuy.


 

Ficha del libro

El universo en expansión
Autor: Mario Hamuy
Páginas: 128
Sello editorial: Debate
Precio: $10.000

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