¿Ocaso de los festivales? Primavera cero

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Los hermanos Reid, de The Jesus and Mary Chain.

Cuando la oferta es pobre el público hace la finta. Pero los festivales no van a desaparecer por una mala racha.


Con honestidad brutal y atípica en el negocio la organización del festival Fauna Primavera no recurrió a las excusas manidas cuando un artista o un evento se cae -músico intoxicado con alimentos, problemas de logística ajenos a la producción-, para justificar la suspensión de la próxima fecha del encuentro de indie rock y sonidos urbanos que data de 2011: no lograron contratar un cabeza de cartel porque están cobrando un ojo de la cara. "Es una burbuja que explotó", dijo el productor Roberto Parra a este diario, junto con revelar pérdidas por pagar números sobrevalorados. "Hemos aprendido ahora a no gastar en shows que sabemos no valen eso".

Surgen teorías y augurios de periodistas insinuando responsabilidad en la misma prensa. Discutible. Los medios se dedican mayoritariamente a promocionar los carteles con entrevistas a las figuras y notas detallando los atractivos de cada festival. Si la crítica asoma en su acotado rango de espacio y vitrina, ocurre cuando las citas concluyen. Pero en la previa el periodismo rema gustoso en dirección al éxito de los eventos. El ánimo de sabotaje que de tanto en tanto acusan artistas y productores, no existe.

Por otro lado este año ya registra la caída del debutante Antena Fest con The Jesus and Mary Chain, una banda influyente pero soporífera en directo, liderando un cartel modesto. El factor no fue otro que la debilidad de la oferta, mientras La Cumbre mutó en trama de suspenso con dos cambios de fecha para finalmente apostar en una jugada cargada de expectativa por la medialuna de Rancagua el 5 y 6 de octubre.

En un ambiente de gráficas económicas rumbo al suelo que permea los ánimos, las cancelaciones y movidas de calendario y recintos sugieren el fin de una era, "una burbuja que explotó" en la expresión del mandamás de Fauna Primavera tras una década de grandes festivales en Chile. Sin embargo se olvida que esta clase de eventos históricamente está sujeto a fluctuaciones, ausencias y retornos. La versión original de Lollapalooza tuvo un primer ciclo entre 1991 y 1997 para resurgir en 2003 y más tarde iniciar su expansión internacional con Chile de pivote. Santiago Gets Louder, de la misma productora de Lollapalooza, se lanzó con todo en 2015 en el ex aeropuerto de Cerrillos, para retornar más acotado y realista en 2017 en el Movistar Arena.

Así como los argentinos tienen desde hace dos décadas al festival Cosquín en Córdoba rehuyendo del centralismo de Baires, quizás es el momento de ampliar los grandes eventos a más regiones como lo hace Concepción con el festival Rec que este año tuvo a The Cardigans, cita que además compromete al gobierno regional en una alianza pública y privada en aras del público y el turismo. Por lo mismo y más allá de los vaivenes de calendario, despierta interés lo que ocurra con La Cumbre en Rancagua.

Dicen que la gente ya no está dispuesta a pagar lo que se cobra, que los precios son prohibitivos. Veamos. Lollapalooza vende en verde. Si es bueno -y en esa marca el atractivo del cartel no es el único factor, muchos asisten desconociendo a los headliners-, la gente paga. Cuando la oferta es pobre como el abortado Antena Fest, el público hace la finta. Cuando la economía está floja como ahora, hay cautela. Pero los festivales no van a desaparecer por una mala racha, incluso a pesar de la reciente cancelación definitiva de Woodstock. Es un negocio exitoso con más de medio siglo que ha sabido reinventarse y expandirse, en beneficio de los amantes de la música y de inversionistas, por supuesto.

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