Un guiño a la literatura latina

rivas

Matías Rivas.

La editorial Aparte acaba de reeditar Aniversario y otros poemas, el primer poemario del director de Ediciones Universidad Diego Portales, Matías Rivas, publicado originalmente en 1997. La edición incluye un texto de Andrés Claro, que reproducimos a continuación, y sobre el final dos poemas que aparecen en el volumen.


Recuerdo a Matías Rivas soltando amarras y leyéndonos de improviso el "Opúsculo contra las Falacias de Práctico" y otros poemas luego incluidos en su libro. No sé si la risa de entonces delataba complicidad con el atentado más o menos ficticio que su sátira dirigía al gallinero, pero la precisión de su lengua no podía dejar de admirarse.

En Aniversario y otros poemas, Rivas se enfunda una máscara clásica e implacable con la que denuncia la impostura del presente; el guiño de ojo que hace a la literatura latina —ante todo a Horacio y Marcial— le permite afinar la puntería y redirigir la mira. Y no se crea que el blanco es sólo uno que otro "impostor en el país de los tuertos", o "la torpeza de los alcaldes y del mundo / cultural" unida a "la petulante estulticia" de los demás agentes de una minúscula corte, sino también Amor y sus traiciones, que dejan una borra de absurdo que amenaza con cuajar en locura. El mismo que nos habla del "vano despilfarro de sus odios" y que a ratos se pregunta si no debió "aspirar / a una vida común, / seca de rabia y sin / tanta ostensible pasión", denuncia a un dios Amor que "cobra caro a los herejes" y les rehúsa la felicidad.

En más de un poema el personaje aparece insomne, junto a un cirio exhausto, donde la esperma sucia y la mecha quemada van forjando un laberinto en blanco y negro que pronto se reconoce mental: quien se chamusca los dedos en un juego distraído e inútil es también quien termina quemándose la retina de los sueños más tempranos y reclamando "ceguera / en asuntos de amor". Es entonces, mientras la vela se extingue bajo "el soplido de su sombra", que el odio se revela como uno más de los espejismos vueltos contra sí: "Odiar / con intensa vergüenza el propio retrato / apagado como un cirio sobre el papel".

Rivas se encomienda a las musas de antaño para que "den afilada exactitud a sus letras y pinten sus versos con firme brea". Es sin duda también éste, su comercio con los clásicos, el responsable mayor de la máquina de precisión que es su palabra poética. De un lado, su condena a los presumidos del idioma y duchos en galimatías: "me basta oír el hilado turbio / de tus frases para saber que no soy yo el que navega / porque tus tiesos adornos de retórica / te delatan como mal tripulante y amanerado / plagiador".

Del otro, la nitidez y simpleza de sus líneas, su ausencia de retórica, o, de lo que viene a ser lo mismo, de anti-retórica de segunda mano proclamada con bombos y platillos.

Son la cadencia, consonancia y el corte de los versos los que hacen el trabajo. Así en "De una pieza", un poema que tal vez no seduzca de inmediato, el martilleo de frases truncas y ritmos quebrados terminan por sumergirnos en la experiencia de un yo fragmentado que no logra recomponerse. La concentración de su lengua aumenta todavía en aquellos momentos en que el sonido se hace cargo del sentido hasta formar un solo frente. Como cuando en el retrato de un ególatra, nos habla, medio al legato y azucarando el idioma, de su "sabor meloso en la lengua". O, cuando, en "Señora Gabriela Mistral", la poetisa entra en escena correteada, punteada por aliteraciones desde los cuatro costados: "Su piedad piadosa de virgen violada". La línea aliterativa, que trae a la mente las formas del antiguo anglosajón, deviene parte de la firma acústica con que pone límites a las pretensiones ajenas; incluso de las aves que salen al paso y amenazan con revelar su ocultamiento: "Canario con cara afilada de tira traidor / cierra el pico cuando entro a cubrirme / o sabrás lo que pasa al comer alpiste con vidrios molidos". Escuchen por último lo que ocurre cuando, refiriéndose a otra de sus víctimas, le saca punta al lápiz y nos obliga a encoger el paladar hasta hacer gárgaras con gusto a ajenjo: "liendre de ojos rancios y / uñas chamuscadas. / Vejaciones, escupos de cuervos, / son las plácidas lisonjas que te excitan / a garabatear panegíricos abyectos".

Bien, basta: interrumpo a medio camino estas notas a riesgo de caer en los vicios más bastardos de la pedagogía. Pero en tan breve espacio no había alternativa; salvo, tal vez, decir de Aniversario y otros poemas lo único que cuenta: síganlo leyendo.

LA ESPERMA SUCIA DE UNA VELA

La esperma sucia de una vela

y la incapacidad tuya

para decirme las cosas

está definiendo de alguna manera

mis días. No creo tener

el alcance que tu reclamas

ni la tranquilidad ni los dolores

calmos que tanto te hacen falta.

Las cosas se delinean en la fineza

de sus contornos, y aquí

la esperma se ha mezclado

con la mecha negra quemada.

Lo único que se me ha ocurrido hacer

ya estaba hecho por otro

y mis libros nunca

salieron de mi casa.

Para tu seca belleza extranjera

mal vistas son las despedidas,

yo por mi parte, no tengo qué hacer

sino poner la vista en

los edificios de enfrente,

recordar el patio de mi colegio

formado para entrar a clases

y de esta manera

encubrir el imposible

olvido de estar arriba

o abajo tuyo. Debí aspirar

una vida común,

seca de rabia y sin

tanta ostensible pasión.

Ninguna tarde más

será regada con tu fría mirada

ni sabré cómo me queda

la ropa. Te fuiste sin haber

llegado y yo con el aire

entre los dedos,

reclamo ceguera

en asuntos de amor.

SEÑORA GABRIELA MISTRAL

Su piedad piadosa de virgen violada,

de reina de los afligidos y madre de leche roja,

escasa como densa, señora de pocos aspavientos,

nadie le va a negar el lugar suyo en la corte de

los presumidos señores de la lengua.

Aunque se derramaran hordas de ira contra su

gusto a clavo muerto y se encendieran piras

con sus libros, sería sólo por vernos reflejados

en el espejo infeliz de un niño mordiendo

su propia mano.

Nadie se espanta, sin embargo, con las

cascadas de letras que aterran el decir.

Nadie sumerge su cara en el agua quebrada

de su lirismo de veguina del Siglo de Oro.

Señora, usted, que masca la lengua de llanto

y reza en acaloradas iglesias plegarias de viva,

disculpe la torpeza de los alcaldes y del mundo

cultural, usted ya no es una estatua, su gusto

a nada parecido es el sostén de los peñones

más duros de nuestro idioma. Una vieja para Chile,

qué honor.

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