Historia de Plaza Italia: la invención de un hito urbano

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Archivo histórico / CEDOC Copesa.

Nacida como parte de las remodelaciones urbanas que la elite realizó en Santiago de Chile a mediados del siglo XIX, no siempre fue el centro de las manifestaciones populares de la capital. Su ubicación fue una especie de límite de la ciudad y hoy, renombrada como Plaza de la Dignidad, ha servido como espacio de resignificación debido al estallido social.



Cuando se cita a una marcha vía redes sociales, o la selección gana un partido importante, o un grupo quiere celebrar la elección de un nuevo Presidente, la multitud capitalina se agolpa ganosa alrededor del sector de Plaza Italia. Ahí, entre vendedores de pañoletas, de banderas, los comerciantes de “cerveza a luca” y alguna que otra chuchería, la gente se manifiesta con cánticos, consignas, e incluso con bailes y performances. La escena se repite una y otra vez. La población de Santiago ya lo toma como algo normal.

Pero esto no siempre fue así. Hubo un momento en que Plaza Italia no era el epicentro de las celebraciones metropolitanas. ¿Cuál era entonces?

"Las manifestaciones se realizaban en torno a la Plaza Bulnes", cuenta a Culto la historiadora y académica de la Universidad de Chile, Elisa Fernández. "Todas las actividades, ya sea por ejemplo campañas políticas, las demandas del 57 por la subida de la locomoción colectiva, lo mismo que está pasando ahora; todo eso, era en torno a la Plaza Bulnes", apunta.

El sector está ubicado en Santiago centro, en lo que se conoce como barrio cívico. Actualmente, por el norte está la Alameda; por el poniente (Nataniel Cox), el ministerio de Defensa; por el oriente, los edificios de las fuerzas armadas (donde en 1993 se desarrolló el "boinazo"); y por el sur, la calle Alonso de Ovalle.

¿Por qué era ese el centro de las expresiones populares? Según Fernández porque "es una presión más directa, están los ministerios al lado. Tienes todos los simbolismos necesarios como para ir a reclamar o para triunfar. La gente se juntaba en la Plaza Bulnes, se giraba y tenía La Moneda. Igual les costaba llegar, pero estaban ahí mismo".

Más aún, Elisa Fernández agrega un dato revelador. "Cuando salía electo el Presidente, daba su discurso ahí en la Plaza Bulnes, no afuera de La Moneda. Todos los candidatos usualmente usaban ese espacio. Un ejemplo concreto fue el 2 de abril del 57, cuando se produce una gran paralización en Chile durante el gobierno de Ibáñez porque sube la locomoción colectiva, ahí se van todos a la Plaza Bulnes".

¿Cuándo entonces se pasó de la Plaza Bulnes a la Plaza Italia como centro de las manifestaciones cívicas? "Sucede cuando se instala la llama de la libertad, por parte de los militares después del golpe del 73", señala Elisa Fernández. En rigor, esto ocurrió el 11 de septiembre de 1975, en una ceremonia en que la junta militar de gobierno conmemoró el segundo aniversario del día en que pusieron fin al gobierno de Salvador Allende.

Con efectivos militares custodiando la zona de la llama de manera permanente, se hizo difícil para la población ocupar el sitio como hasta entonces se hacía. Para la historiadora Fernández, esta decisión no fue azarosa. "Tenía dos objetivos. Uno, desarmar este sector, que podría ser el sector cívico, con la expectativa de que no existiera otro lugar para que se movilizara la gente, y dos, en caso de que así fuese, se trasladara. Lo que se quería era alejar a la gente de La Moneda, porque en términos de cultura política, es el ataque más profundo. Fue algo bien astuto por parte de los militares".

Entonces, debido a esta restricción, es que la población decidió ocupar como centro de sus reuniones al sector de Plaza Italia. ¿Por qué ese lugar? Responde Elisa Fernández: "Si te pones a pensar, la Plaza de armas no servía porque teníamos árboles, teníamos un montón de cosas. En ese momento, desde el 75, lo que se vio como un espacio que fuese lo suficientemente amplio y que diera camino hacia La Moneda igual fue la Plaza Italia".

Un París en Santiago

A punta de cordel, el alarife Pedro de Gamboa trazó la ciudad de Santiago. En el caluroso verano de 1541 la ciudad se concibió con el plano de "damero" -o de tablero de ajedrez- a fin de darle una organización. Pero tres siglos después la realidad era otra. La planta urbana parecía más bien un mosaico caótico.

Ello se debió a la desregulación. A mediados del XIX surgieron suburbios en que la población más pobre se asentó cerca de sus fuentes de trabajo (las estaciones ferroviarias, el matadero, el arenal y el barrio Yungay), y en zonas de escasa utilidad agrícola (como los bordes del Mapocho). Según el historiador Armando de Ramón, en ello confluyeron factores como la especulación en la renta de la tierra, que permitía el usufructo del suelo sin necesidad de levantar construcciones. Como sea, eran lugares insalubres con escasa atención.

Por ello, a partir de la década de 1870 las elites comenzarán un plan de reorganización del espacio urbano. En ello fue clave la gestión del intendente Benjamín Vicuña Mackenna (1872-1875) quien inició un ambicioso plan de modernización "que posicione y convierta a Santiago en un símbolo de progreso cultural, político y económico. Esto, a través de remodelar la capital, ordenar el trazado, embellecer sus espacios, dar respuesta a las aspiraciones de la elite criolla de transformar Santiago en las ciudades del viejo continente", explica el geógrafo Joseph Munzenmayer.

Para el historiador Enrique Fernández Domingo, el proceso "se realiza basándose en la idea de que la actuación política y técnica sobre el espacio transforma también las condiciones de funcionamiento de lo social". Por ello se tomó como modelo aquello que entonces se entendía como civilizatorio. Es decir, la cultura europea. De allí a que se tomaron ejemplos "como la reforma urbana de Viena y las proposiciones de ingeniería sanitaria belgas, inglesas y francesas", agrega.

Como hombre de acción, Vicuña Mackenna hizo el diagnóstico, estableció el presupuesto y supervisó -a menudo personalmente- las obras. Su idea era que la ciudad debía ser dividida en dos sectores, uno el centro urbano propiamente tal -"la ciudad culta"-, el otro, los arrabales. De allí a que propusiera la construcción de un "camino de cintura", una circunvalación que las dividiera. Solo se construyeron los trazados sur y oriente (la actual Av. Matta y la que lleva el apellido del intendente). También se planearon dos nuevas avenidas (las actuales Ejército y La Paz), dos mercados y la remodelación del Cerro Santa Lucía, entre otras.

"Este proceso estuvo muy influenciado en el modelo de Haussmann que se hizo en París entre 1853 y 1870 para remodelar la ciudad y contribuir a los problemas de hacinamiento e insalubridad que causó la industrialización -agrega Munzenmayer-. El proyecto propuesto por el intendente Vicuña Mackenna contempló específicamente la transformación de plazas y monumentos, el adoquinado de las vías, expansión de las redes de alumbrado y canalización de agua potable, construcción de habitaciones obreras y apertura de escuelas".

Por ello es que hasta finales de siglo, se levantaron varias plazas y paseos peatonales, a imitación de los bulevares europeos. Una de ellas, en la zona de la actual Plaza Italia, fue la Plaza La Serena, en homenaje a la ciudad nortina. En 1892, con motivo de los 400 años de la llegada de Cristóbal Colón al nuevo mundo, se renombró con el sitio con el apellido del navegante.

Hasta al menos finales del siglo, el lugar era una suerte de límite de Santiago. Según De Ramón, desde allí partían los carretones que hacían el viaje fuera de la ciudad, y hasta allí llegaban las cañerías que trasladaban el agua potable desde Vitacura, pasando por los estanques ubicados en las actuales Pocuro con Antonio Varas.

Para entonces, Plaza Italia "es un punto de paso y de comienzo de articulación de flujos urbanos que se dirigen hacia la Alameda -explica Fernández Domingo-. La función social del espacio comienza a ser importante a principios del siglo XX con la erección de la estatua y más tarde con la construcción de los establecimientos universitarios adyacentes".

Para los expertos, el proceso de modernización generó una segregación de facto de la población, de allí la idea de que es una suerte de frontera entre diferentes universos en la misma capital. “El camino de cintura de Vicuña Mackenna en la mitad del siglo XIX, marginó a los pobres del centro de la ciudad, del ideal de la ciudad bella, del estilo Francés, de la idea del progreso plasmada en la monumentalidad de las obras arquitectónicas y urbanas, entre ellas, el cerro santa Lucía y la finalización del parque Cousiño”, comenta Munzenmayer.

El general, el ángel y el león

Un soleado amanecer, con el verdor y el aroma de los árboles del parque Forestal más el viento cálido de los albores de la primavera recibió a las 10 de la mañana del 20 de septiembre de 1910 a la población de Santiago que se congregó en la Plaza Colón. Ahí, según el programa oficial de la celebración del centenario de la República, se iba a inaugurar un monumento entregado por la colonia italiana residente a la ciudad. Gli Italiani a la Independenza de Cile, 1810-1910 (Los italianos a la independencia de Chile) se leía -hasta hoy- en la base de la estatua.

En la ocasión, hicieron de oradores el embajador peninsular en nuestro país, el ministro de Hacienda y el diputado Armando Quezada.

Pero a partir de ahí, la Plaza Colón ya no sería conocida con ese nombre sino que con el de Plaza Italia.

La escultura en cuestión, que puede verse hasta hoy, es el Monumento al genio de la libertad, aunque es más conocido por su forma: El ángel y el león. Fue realizada por un artista italo-argentino, Roberto Negri.

La estatua no siempre tuvo la misma ubicación, se ha ido moviendo al ritmo del progreso de la ciudad. Al principio se ubicaba al centro de la plaza, pero luego fue desplazada en 1928 por la estatua ecuestre del general Manuel Baquedano. Ahí, pasó a ocupar el costado sur oriente de la plaza. Luego, en 1979, con la construcción de la línea 1 del Metro debió moverse hasta el frente del Parque Bustamante. Finalmente, entre 1994 y 1997, se le retiró de la zona nuevamente a causa del ferrocarril subterráneo (esta vez, la línea 5), y una vez terminados los trabajos, la efigie fue colocada en su ubicación actual.

Por otra parte, la estatua del general Baquedano fue inaugurada en septiembre de 1928 junto con un conjunto de relieves y volúmenes que narran hazañas de la Guerra del Pacífico. Fue esculpida por el chileno Virginio Arias (1855-1941). El militar fue el comandante en jefe del ejército en campaña durante el conflicto que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia, y tuvo el mando provisional del país en 1891, cuando el Presidente Balmaceda decidió refugiarse en la legación argentina tras su derrota en la guerra civil.

El monumento era parte de las obras que culminaron con la rotonda que actualmente la rodea. Es decir, allí tomó la fisonomía con que se le conoce hasta hoy.

¿Qué estilo poseen las dos esculturas? "Ambas obras son de estética neoclásica, tanto en el canon o proporciones con las que se representa la figura humana, como en la definición imitativa o realista de las formas, propias de la Academia Europea del siglo XIX. Se trata de monumentos que informan de manera literal y narrativa de aquellas historias o valores simbólicos que promueven", explica a Culto Ramón Castillo, director de la Escuela de Arte de la U. Diego Portales.

Para la historiadora Elisa Fernández, el hecho de que sea Baquedano el centro de la plaza facilita la confluencia de la gente a la zona, dado que –a su juicio- se trata más bien de una figura neutra de la historia de Chile. "Es una figura inocua. No molesta ni a la derecha ni a la izquierda, no es como un Carlos Ibáñez, que es un exdictador, es una imagen conflictiva, y Baquedano no es conflictivo. Por eso es que alrededor de la estatua es posible realizar una reunión de individuos que se movilizan en tres sentidos: a favor de una causa, en contra de algo, o celebrar".

Un nuevo nombre

En el contexto del estallido social que se ha desarrollado en el país desde octubre, un grupo de personas impulsó el cambio de nombre del lugar a Plaza de la Dignidad. Incluso alcanzó a figurar como tal en Google Maps por un breve tiempo. "Es una resignificación política del espacio desde el presente, más que desde la historia del siglo XIX, ya que en ningún caso la estatua de la plaza ha sido derribada o puesta en causa -explica Fernández Domingo-. Es el presente y la historia más reciente del país lo que es puesto en cuestión. Al mismo tiempo, hay unas reivindicaciones que atraviesan el movimiento y que hacen que sea heterogéneo y es ahí donde se puede integrar la cuestión del derribo de la estatua de Pedro de Valdivia, ligada también a la cuestión mapuche".

Para Elisa Fernández la hipótesis pasa porque "la sociedad está tan empoderada que renombra un lugar, y esas son decisiones que generalmente están a otro nivel. Que se llame dignidad es porque es una idea que se está cuestionando. Además se siente con el poder de sacar estatuas que no le parecen, símbolos nacionales, y eso se demuestra en la intensidad del movimiento".

Respecto a los rayados y expresiones que se han vertido en las estatuas, Ramón Castillo señala: “En este presente conviven el daño y la resignificación. Pero el asunto es más complejo que un veredicto y la respectiva condena, pues tiene que ver con el sentido mismo de lo humano en tanto animal simbólico. Por un lado, las intervenciones de hoy, son resignificaciones que acontecen en este presente hiperlativo e incluso barroco en formas y expresiones. El asunto, es que cuando se vive en el presente, no siempre existe claridad respecto del valor de este presente. En tal sentido no tenemos criterios ni acuerdos ciudadanos ni de expertos sobre el valor de las escrituras, las pinturas y los volúmenes con las que son diariamente intervenidas. ¿qué hacer? Si concluyéramos que el presente también es posible de fijarlo para el futuro, porque una comunidad así lo ha determinado, tendríamos que admitir que hoy se está creando el patrimonio del futuro, e incluso, abrirnos a la posibilidad de realizar nuevas estatuarias y esculturas, para fijar una historia que antes no había tenido lugar”.

Pero también señala, hay algo de daño “puesto que hemos sido testigos de la desintegración estructural y física de la materia realizada a mano y luego fundida, pero también el daño es simbólico, y por lo tanto, estos efectos cuesta más dimensionarlos porque atañen a la individual y lo colectivo al mismo tiempo. Dañarlas, es romper esa relación íntima que se estableció entre la obra, el lugar y su tiempo. Para restaurarlas, no sólo se debe realizar una labor material, ardua y por especialistas que desarrollarán la técnica y ciencia adecuadas, sino que lo que deberá volver a tejer o a fraguar es el sentido de los acontecimientos del pasado que por diversas razones han sido convertidos en monumento".

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