En la recta final de las Semanas Musicales de Frutillar

El público, desconociendo lo que se trató a puertas cerradas, llenó la noche del lunes la sala Tronador del Teatro del Lago para disfrutar del plato fuerte de la noche: un concierto lírico que tuvo como protagonistas a la soprano Pamela Flores, al tenor José Azócar y a la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, dirigida por Rodolfo Saglimbeni.


Ya en la recta final, las Semanas Musicales de Frutillar han visto nuevamente desfilar día a día a intérpretes nacionales y extranjeros; repertorios variopintos; un sinfín de público, e, incluso, un complicado impasse que se zanjó el mismo día.

Pero nada ha empañado el desarrollo normal del evento. El público, desconociendo lo que se trató a puertas cerradas, llenó la noche del lunes la sala Tronador del Teatro del Lago para disfrutar del plato fuerte de la noche: un concierto lírico que tuvo como protagonistas a la soprano Pamela Flores, al tenor José Azócar y a la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, dirigida por Rodolfo Saglimbeni.

Con un programa de fácil audición y con arias más que conocidas -desde Gounod, Verdi, a Leoncavallo y Puccini-, ambos intérpretes vertieron sobre el escenario toda su experiencia y sus dotes vocales. Pamela Flores supo convertirse ya sea en Julieta, Violetta Valéry o Musetta, entre otros, desplegando un canto seguro y fluido, de bello timbre, que transitó con facilidad por el lirismo y la coloratura. José Azócar volvió a demostrar su desenvoltura vocal y escénica, y con cuya voz robusta, de sólida emisión, abordó certeramente piezas como Vesti la giubba, La donna è mobile o Nessun dorma.

La batuta de Saglimbeni tuvo a su cargo tres oberturas -Carmen (Bizet), Caballería ligera (Von Suppé) y El Murciélago (J. Strauss)- que llevó a cabo con mano firme y portentosa, donde sólo la primera fue ejecutada a un tempo demasiado rápido. A ellas sumó un emotivo y lacerante Intermezzo de Cavalleria Rusticana. Pero es como acompañante de cantantes de ópera donde hubo algunos problemas como la extremada sonoridad que en momentos eclipsaba las voces.

No obstante, fue un concierto que, dada la popularidad de las piezas, encandeció la sala y, como encore, trajo el ya más que utilizado Brindis de La Traviata.

Previo a ello, al mediodía del lunes, el guitarrista chileno Nicolás Emilfork se presentó en el Anfiteatro con un programa quizás nada fácil para el común de las audiencias, pero no por ello menos atractivo. Pues el músico, que fue explicando cada una de las obras, se abocó con clara expresividad interpretativa, sonido limpio y diferenciaciones rítmicas a creaciones latinoamericanas de diversas índoles. Desde la nacionalista Sonata Nº 1 de Carlos Guastavino, con nítidos sones de la música criolla rural argentina (como zambas y chacareras), y la Nº 4 "Italiana" de Guido Santórsola, que transita entre el Romanticismo, el serialismo y el contrapunto, hasta las valseadas Tres piezas venezolanas -la técnicamente exigente Natalia, El niño y Carora- de Antonio Lauro y la Sonata para guitarra de Roberto Sierra, de carácter más vanguardista, donde se entremezcla lo caribeño con la atonalidad y la música contemporánea europea.

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