No soy de aquí: la muerte increíble de Facundo Cabral

Facundo Cabral.

Tras brindar dos conciertos en Guatemala, el músico fue acribillado en medio de un babélico ajuste de cuentas del narcotráfico. “¡Habían asesinado de un tiro al hombre que más odiaba las armas!”, contó un amigo y testigo del ataque. “Así como a los neoyorquinos no se les puede responsabilizar de la muerte de John Lennon, tampoco a los capitalinos guatemaltecos de la muerte de Facundo Cabral”, lamentó el embajador argentino en ese país. Esta es la crónica de un crimen por daño colateral que horrorizó a todo un continente.



—Ya le di las gracias a ustedes, las daré en Quetzaltenango, y después que sea lo que Dios quiera.

En la sección final de su concierto en el Grand Tikal Futura Hotel, un moderno edificio de la Ciudad de Guatemala, Facundo Cabral hizo lo de siempre: contar historias mezclando sus conocidos aforismos con canciones y experiencias de Borges y hasta la Madre Teresa de Calcuta.

Ese martes 5 de julio de 2011, que algunos asistentes recuerdan por los problemas en el parlante derecho del Expocenter, el músico de 74 años habló por más de media hora.

Según la crónica del diario local Prensa Libre, su énfasis al despedirse llamó la atención de los presentes: fue rotundo.

—Porque Él sabe lo que hace.

Dos noches después, cuando se presentó el jueves en el Teatro Roma de la ciudad de Quetzaltenango, a unos 200 kilómetros de la capital, Facundo Cabral realizaría el último concierto de su vida, el cual cerró con la canción "No soy de aquí, ni soy de allá", su mayor éxito musical.

—Gracias por la amistad de tantos años —dijo el músico esa noche—. Sepan que ustedes fueron una parte muy importante de mi felicidad. Sepan que siempre los voy a tener en mi corazón hasta el momento final y, por qué no, un poquito más también.

El más pagano de los predicadores

Cabral sabía, como los budistas, que la palabra no es el hecho.

—Si digo manzana no es la maravilla innombrable que enamora el verano, si digo árbol apenas me acerco a lo que saben las aves, el caballo siempre fue y será lo que es sin saber que así lo nombro —dejó escrito en Ayer soñé que podía y hoy puedo (Alsina, 2011), uno de sus tantos libros disponibles en la red.

El poeta errante de Latinoamérica, como alguna vez fue llamado, tuvo una infancia dura a la manera de la novela autobiográfica El río (Tajamar, 2017), del escritor chileno Alfredo Gómez Morel. Nacido el 22 de mayo de 1937, el hombre fue primero un niño abandonado por el padre junto a sus hermanos. Criado con más necesidades que comodidades, comiendo de la basura muchas veces, tras fugarse de las correccionales, se forjó en las calles de La Plata y Tandil, en Argentina, y se hizo alcohólico prematuro cuando comenzó a vagar hasta caer preso a los 14 años.

En la cárcel, un sacerdote jesuita le enseñó a leer y luego a escribir, lo puso en contacto con libros y lo hizo completar su educación básica.

—Fue mudo hasta los 9 años, analfabeto hasta los 14, enviudó trágicamente a los 40 y conoció a su padre a los 46 —divagaba el músico sobre sí mismo, en tercera persona, cuando se definía como un “vagabundo firstclass”—; el más pagano de los predicadores cumple 70 años y repasa su vida desde la habitación de hotel que eligió como última morada.

A comienzos de los años 60, Cabral pedía que lo llamaran Indio Gasparino y hacía sus primeras armas en la guitarra inspirado en Atahualpa Yupanqui y José Larralde.

Sería hasta una década más tarde, cuando grabó "No soy de aquí, ni soy de allá", que comenzaría a ser llamado Facundo Cabral y a ser conocido fuera de Argentina.

Nombres como Chavela Vargas y Alberto Cortez, entre un enorme listado de músicos que incluye a Piero, Julio Iglesias y Cristóbal Briceño, hicieron versiones de su mayor éxito.

—El 24 de febrero de 1954 —contaba sobre sus inicios musicales—, un vagabundo me recitó El sermón de la montaña y descubrí que estaba naciendo. Corrí a escribir una canción de cuna, “Vuele bajo”, y empezó todo.

Forjado como músico en plena efervescencia de la canción protesta, Cabral le cantó a la belleza del mundo y las mujeres, a los prodigios del destino y a la necesidad de la paz.

—Facundo, ¿la felicidad...?

—Hay una fórmula, eh. Es escuchar al corazón antes de que intervenga la cabeza, porque ella va de conflicto en conflicto: peronismo o Franja Morada, musulmanes o cristianos, clase media o clase trabajadora, Punta del Este o Villa Gesell, prostitutas o la Madre Teresa. La cabeza siempre pregunta porque nunca aprende. El intelecto es un juego maravilloso, pero no es para vivir. El corazón sabe ejecutar una sola cosa: amar. Yo escucho a diez ideólogos y puedo cambiar diez veces de opinión. Lo que la vida espera es que seas un hombre pleno. Si todos fuéramos plenos, nadie jodería a nadie. Un lobo es una maravilla, muchos son una jauría. Es lo que vemos en televisión, las vedettes que recién empiezan y se matan unas a otras. ¿Eso es la vida? Hay cinco continentes, flaco. Montañas, lagos, gente maravillosa. No hay que perder el tiempo con los que no se animan a vivir.

Facundo Cabral.

A Centroamérica, Cabral había llegado con Percy Llanos, un antiguo amigo argentino que hizo de manager en los días en que padeció un cáncer a la próstata —algo que lo hacía pensar frecuentemente en la muerte—, y que lo acompañó en sus últimas horas de vida como testigo de un crimen por error.

La última cena

La noche que murió, Facundo Cabral planeaba utilizar el bus del Grand Tikal Futura Hotel, donde estaba alojado en la capital guatemalteca, para llegar hasta el Aeropuerto Internacional La Aurora y volar a Buenos Aires, donde debía hacerse quimioterapia.

Su vuelo despegaba a las seis y media de la mañana. Pero los planes se modificaron la noche anterior, según contó su amigo Percy Llanos, cuando el músico cenó con el empresario nicaragüense Henry Fariñas.

Ese viernes a la noche, Llanos se enteró de que el productor que los había contratado en Guatemala, Estuardo Castañeda, no iba a poder llevarlos al aeropuerto al día siguiente. Se lo contó a Facundo en aquella cena, delante del nicaragüense.

“Al verlo me sorprendí”, contó Percy Llanos en una entrevista concedida al podcast Radio Ambulante antes de fallecer en 2018. “Un tipo muy joven, 42 años. Vestido con el estilo de yuppie, del empresario actual, no de los viejos empresarios como los que yo había conocido a través de los años en Centroamérica con el habano y la guayabera. Evidentemente se notaba que Henry Fariñas era un fan más que nada, un empresario, pero de otro tipo, no de espectáculos”.

Fariñas, que lo había contratado para la escala anterior, en el Teatro Rubén Darío de Nicaragua, se ofreció personalmente para llevarlo a la terminal.

Cabral aceptó.

Facundo Cabral.

—Busca adentro y desaparecerán las nubes de la periferia —dice el músico en su texto “No estás deprimido, estás distraído”—, quédate quieto y en silencio para escuchar al sabio que llevas dentro, el que tiene siglos, no años como tu cuerpo, por eso está más allá de tus caprichosas medidas, de los prejuicios que provoca el miedo, hijo de tu ignorancia, el sabio que está más allá de los efectos que crees buenos o malos porque está en lo esencial, en la mismísima causa, en lo invisible de donde surge todo, y cuando escuches al sabio que llevas dentro sentirás a la lluvia buena y saludable al frío, estarás tan atento a la causa que todos los efectos serán luminosos, y ese estado de claridad agiornará todos los rincones, por eso lo compartirás todo, entonces la riqueza se multiplicará a cada paso.

La camioneta blanca

Durante la investigación por la muerte de Facundo Cabral, el diario guatemalteco Prensa Libre publicó las imágenes de distintas cámaras de seguridad, tanto del hotel como de las calles aledañas, que contienen los movimientos posteriores a la cena de Cabral, Llanos y Fariñas, durante la madrugada del sábado.

1:25 AM. Un grupo de tres hombres estaciona una camioneta Hyundai Santa Fe frente al lobby del Grand Tikal Futura Hotel y comienza a merodear el sector, caminando por las zonas de estar del edificio y el casino de juegos. Según la fiscalía, buscan coincidir con el empresario Henry Fariñas. Rápidamente, los sujetos se dividen. Mientras uno se ubica fuera del lobby, los otros permanecen en el casino.

2:57 AM. Uno de los sospechosos abandona el casino.

4:33 AM. El segundo sospechoso sale del casino también.

4:35 AM. Llega una camioneta Chevrolet Tahoe color marrón con cuatro escoltas personales de Henry Fariñas y se instala frente al lobby.

4:38 AM. Uno de los tres sospechosos, identificado como Wilfred Stokes, sube a la camioneta Santa Fe en el asiento del piloto y permanece en actitud de espera.

4:45 AM. El representante y amigo del músico, Percy Llanos, y el personal de seguridad del empresario llevan maletas y la guitarra de Cabral hasta la camioneta Tahoe de los escoltas, donde también sube el sonidista Chacho Savasta.

5:06 AM. Aparece Facundo Cabral con un maletín de mano y se prepara para abordar el asiento de copiloto del vehículo de Henry Fariñas, una camioneta Range Rover blanca.

Cabral antes de subir a la camioneta de Fariñas.

5:08 AM. El empresario pisa el acelerador de su vehículo, desplazándose hacia la calzada Roosevelt camino al aeropuerto. Los acompaña el representante del músico, Percy Llanos, en el asiento trasero.

5:09 AM. La Range Rover de Fariñas y el vehículo de los escoltas cruzan una gasolinera en formación de caravana.

5:09 AM. Treinta y seis segundos después, todavía de noche y con las calles vacías, la Hyundai Santa Fe de Stokes enciende sus luces y suben los dos sujetos que merodeaban el casino. En seguida, comienzan a seguirlos con cautela.

5:15 AM. La comitiva empalma hacia el sur con dirección al Boulevard Liberación, una de las principales avenidas de la capital guatemalteca, cuando ocurre lo impensado.

5:20 AM. La cámara de una estación de bomberos, cercana a la avenida, muestra a la camioneta Hyundai Santa Fe huyendo, luego de perpetrar el ataque. Segundos después, la camioneta Tahoe de los escoltas es captada persiguiendo a los atacantes.

5:21 AM. Herido de gravedad, Henry Fariñas conduce la baleada camioneta Range Rover hasta la estación de bomberos en busca de auxilio.

La vida es eterna en 5 minutos

Entre las 5:15 y las 5:20 de la madrugada, la Range Rover blanca de Henry Fariñas fue atacada violentamente con fusiles AKA-47 y pistolas de 9 milímetros.

La camioneta de Fariñas resultó con al menos 25 disparos, mientras que el vehículo de sus escoltas recibió 27.

Según declararon los sobrevivientes, los guardaespaldas de Fariñas repelieron el ataque y persiguieron a los sicarios, mientras que el empresario, herido de gravedad, buscó refugio conduciendo como pudo hasta una estación de bomberos cercana.

En el libro Facundo Cabral: crónica de sus últimos días (2016, Alfa) —de la periodista Gabriela Llanos—, su representante Percy Llanos cuenta lo que vio desde el asiento trasero de la Range Rover blanca a la que nunca debieron subir.

Dice: "Cuando vi su cabeza inclinada sobre su hombro izquierdo pensé que yo también estaba muerto. Que la muerte nos había llegado así, de improviso, destrozando los cristales del coche y la ilusión de un tiempo generoso en despedidas. La Avenida Liberación de la Ciudad de Guatemala estaba a oscuras y ya no habría un amanecer para nosotros; nosotros, los tres ocupantes del Range Rover blanco que se dirigía al aeropuerto de La Aurora para que Facundo y yo pudiésemos volver a casa”.

Luego sigue: "El impacto contra el parque de bomberos me empujó hacia adelante, hacia el asiento de Facundo que, por primera vez en tantos años de amistad, permanecía en silencio. El cuerpo de Henry Fariñas se había desparramado sobre el volante: una imagen terrible de sangre y vísceras que le restaba cualquier posibilidad de vida. 'Señor, ¿está usted bien?', me preguntó un bombero abriendo mi puerta, devolviéndome al presente con el ruido de los cristales estrellándose en el suelo. '¡Facundo Cabral está en el asiento del copiloto!', dije escuchándome a kilómetros de distancia. El bombero miró resignado. Ya no hay nada que hacer, respondió, pero el otro señor todavía respira…”

La fatídica camioneta blanca.

El socorrista Mynor Ruano, que había alcanzado a oír los disparos, los recibió en la estación de bomberos, aunque ya era tarde. El cuerpo todavía tibio de Facundo Cabral contaba tres impactos de bala.

Dos le perforaron los brazos y el pecho, confirmó el informe de los peritos publicado en Prensa Libre.

Sergio Maldonado, jefe de la Unidad de Médicos Forenses del Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala, explicó que la tercera bala, incrustada en el lado izquierdo del cráneo, fue el impacto mortal.

“¡Facundo Cabral estaba muerto!”, anota Percy Llanos.

“‘Quiero hablar con mis hijas’, le pedí al policía que ahora interrogaba al sonidista de Facundo —cuenta el amigo de Cabral en su libro—. El Chacho Savasta viajaba detrás de nosotros en la Chevrolet marrón de los guardaespaldas de Henry Fariñas, y aun así no pudo escapar del horror en primera persona: sus ojos captaron el momento en que otra camioneta se apareó a la nuestra y un hombre, con medio torso afuera, disparó ráfagas a quemarropa; el instante en que una bala certera le atravesó la cabeza a Facundo Cabral”.

—El que murió simplemente se nos adelantó —decía Cabral en uno de sus tantos aforismos—, porque para allá vamos todos.

Facundo Cabral.

No soy de aquí

La noticia se esparció como reguero de pólvora en el mundo hispanoamericano.

Aunque la única certeza al amanecer del sábado era la muerte de Facundo Cabral, un humanista de tomo y lomo acribillado por tres disparos, un juglar moderno declarado “Mensajero mundial de la paz” por la Unesco en 1996 y nominado al premio Nobel de la Paz en 2008.

“¡Habían asesinado de un tiro al hombre que más odiaba las armas! Un pacifista en manos de unos salvajes. La paz sumida en el holocausto”, dice Llanos en su libro.

Álvaro Colom, el entonces presidente guatemalteco, decretó tres días de duelo nacional por el crimen. Cristina Fernández, su símil en Argentina, hizo lo propio.

López y Colom.

“Si me permiten la comparación y guardando las distancias, así como a los neoyorquinos no se les puede responsabilizar de la muerte de John Lennon, tampoco a los capitalinos guatemaltecos de la muerte de Facundo Cabral”, comentó a El Periódico el embajador argentino en Guatemala, Ernesto Justo López.

“Estoy seguro que Facundo habría sido el primero en decir esto”, añadió desconsolado.

Ricardo Arjona, el más célebre músico guatemalteco, escribió un sentido mensaje: “El móvil no importa ante los ojos de la justicia universal. Bastará con decir que nadie se merece una muerte así, menos aquellos que dedicaron su vida a convertir la de los demás en algo mejor”.

Rigoberta Menchú, otra guatemalteca ilustre y Premio Nobel de la Paz en 1992, dijo en caliente que "los criminales internacionales se instalan en Guatemala porque saben que se pueden salir con la suya con actos así".

Luego agregó: “Exigimos a la justicia que capture a los responsables y tengan la pena máxima en prisión. No tienen derecho a respirar en las calles guatemaltecas ni en las del mundo”.

Rigoberta Menchú.

"Las versiones de que las balas asesinas no iban dirigidas a él, solo aumentan nuestra indignación, porque comprueban que nadie está hoy a salvo de la acción asesina de los sicarios, ni siquiera alguien cuyas únicas armas eran la música y la verdad", lamentó José Miguel Insulza, entonces Secretario General de la OEA.

En su primera conferencia de prensa posterior al ataque, el presidente guatemalteco dijo que el crimen obedeció a “un operativo bien montado (...) Es de gente que debe estar involucrada con el crimen organizado. No son sicaritos de la calle”.

Tenía razón.

El país de Drácula

El istmo centroamericano, ese puente que une a Colombia con México en el espacio comprendido entre ambos trópicos, se ha convertido en el mayor corredor humano en el planeta desde que Richard Nixon criminalizó la cocaína.

Según datos de la ONU, 16 de los 25 países más peligrosos conversan alrededor de ese estrecho pedazo de tierra. Y tres de ellos: El Salvador, Honduras y Guatemala, ubicados en el espacio denominado el "Triángulo de la muerte", concentran las tasas más altas de homicidios.

El escritor estadounidense Francisco Goldman, conocido por sus ensayos sobre asesinatos políticos en Centroamérica, llegó a decir que Drácula es el mejor libro escrito sobre Guatemala. En 2015, un informe de Amnistía Internacional (AI) evidenció que en el país de Miguel Ángel Asturias 35 de cada 100 mil habitantes fueron asesinados.

Como dato, según el documento de AI, en Chile, un país de población total similar a la guatemalteca, el número de crímenes por cada 100 mil habitantes es tres.

La hora más oscura

Cuando acabó el duelo nacional por el crimen de Facundo Cabral, El Periódico de Guatemala informó de la captura de Enrique Vargas y Wilfred Stokes, en calidad de autores materiales del asesinato.

La abundancia de armamento, opinaron las autoridades, se explica porque no querían fallar y preveían el blindaje del vehículo en el que se movilizaba el nicaragüense Henry Fariñas.

Cuando despertó, Fariñas todavía estaba allí. El empresario detalló a los investigadores que no pudo reconocer a ninguno de los sicarios y que el ataque se originó por la fallida negociación para la venta de un centro nocturno en Costa Rica.

Según su testimonio, el comprador, un costarricense llamado Alejandro “El Palidejo” Jiménez, ofreció pagar por el negocio en efectivo, con billetes de US$20, un monto no señalado. Fariñas habría rechazado ese método, lo que habría provocado la venganza del costarricense.

Las investigaciones determinaron que el autor intelectual del asesinato de Facundo Cabral era un “pez gordo” del narcotráfico, según reza una nota del diario español El País. Se trata de “El Palidejo”, a quien se le consideraba un nexo del cartel de Sinaloa, entonces liderado por Joaquín “El Chapo” Guzmán, con distribuidores colombianos.

Facundo Cabral.

Lydia Cacho, autora de Esclavas del poder (Debate, 2010) y una de las periodistas centroamericanas que ha investigado la trata de blancas en la región, propuso otra tesis desde una columna aparecida en El Faro de El Salvador: “Si en verdad quiere esclarecer el asesinato de Facundo Cabral, tanto para el Gobierno argentino como para el mundo que amaba al poeta errante de Latinoamérica, el presidente Colom tiene que ir a dos lugares: la cárcel de Guatemala y tres bancos mexicanos”.

"Los asesinos iban tras el empresario Henry Fariñas, eso lo dice todo el mundo —argumenta Cacho—. Lo que no dicen los medios guatemaltecos es que este hombre, nacido en Nicaragua, ha sido durante años el lavador de dinero del cartel de Sinaloa. Su trabajo es efectivo, pero no imposible de investigar”.

Sobre el nicaragüense, dice Lydia Cacho que “su nombre apareció hace años cuando investigábamos a las redes de tratantes de mujeres de América Latina. Fariñas es copropietario de una cadena de bares y prostíbulos denominados Elite, con instalaciones en Panamá, Costa Rica, Colombia, Nicaragua, México y Guatemala. Estos bares de bailarinas eróticas son parte de una gran red de trata de mujeres que, desde Nicaragua, Paraguay, El Salvador, Colombia y el Caribe, son traficadas para explotarlas no solamente en ambientes de prostitución forzada, sino también como parte de las redes de tráfico de drogas y blanqueo de dinero”.

En su texto, la periodista hace notar que los medios guatemaltecos se refieren a Fariñas, “hijo de un pobre afinador de pianos, como ‘el reconocido empresario de la cadena de centros nocturnos’, y no hagan referencia a las investigaciones que la DEA lleva a cabo desde hace años, para seguirle la pista a este emporio de trata de mujeres cuyo objetivo final es mover dinero en efectivo desde Panamá hasta México”.

Luego concluye: “La desgracia para Facundo Cabral y Percy Llanos, su representante, fue haber aceptado que Fariñas les llevara al aeropuerto (...) Los sicarios los persiguieron, y Fariñas, al volante, se salvó de la muerte, todo indica ordenada por Daniel Pérez Rojas, alias ‘El Cachetes’, preso en Guatemala por delitos graves y acusado por homicidio”.

La versión oficial dice que el motivo del crimen se debió a la pugna entre Jiménez y Fariñas, un conflicto que terminó con penas para ambos.

En abril de 2016, un tribunal guatemalteco condenó a Alejandro “El Palidejo” Jiménez junto a otras cuatro personas —los sicarios que planificaron y ejecutaron el crimen—, a penas de 50 y 53 años de prisión.

Fariñas, por su parte, fue condenado a 30 años de prisión en Nicaragua acusado de transporte internacional de drogas, crimen organizado y lavado de dinero, aunque luego su pena fue reducida a 18 años.

Desafortunadamente, la pugna coincidió con la presencia de Facundo Cabral en Ciudad de Guatemala.

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