Columna de Gabriel Zanetti: Recuerdos del futuro

Santiago

Algunos días despierto ahogado, con dolor de pecho y otros con ganas de romper las barreras sanitarias. Por el momento, al parecer, nos aferramos a una extraña fe, casi a un milagro.


Algunas mañanas me pregunto cómo van a recordar esta cuarentena mis hijas. Si la irán a relacionar con el estallido social o simplemente tendrán guardadas en sus memorias imágenes diversas y discontinuas: el encierro y no ir al colegio, el uso de mascarillas, compras de supermercado más abultadas de lo normal, ausencia de visitas y carretes, el televisor prendido como nunca: desayuno, almuerzo y comida.  

En el caso de mi hija mayor —diez años— seguramente habrá alguna especie de continuidad. Poco después de que las protestas se transformaron en un hábito, sus clases fueron suspendidas y el año cerrado en la primera semana de noviembre del año pasado. Esos también fueron tiempos de noticieros. Pero sobre todo de participar del momento histórico en familia, con amigos o parientes en plaza Ñuñoa, Villa Frei o Bustamante. Aprendió historia o al menos intentamos enseñársela: Pinochet, el Sí y el No, Aylwin y la transición a la democracia, las desapariciones, el correlato de la violencia que se vivía en ese momento con las historias de sus abuelos. No ha regresado a una sala hasta el día de hoy: descontando las vacaciones de febrero, ha sido un semestre completo de anormalidad.

Hemos hecho de todo: además de las actividades del colegio tuvimos que inventar tareas: recorrimos la manzana recolectando hojas para hacer un muestrario, juegos de mesa, títeres de calcetines, máster chefs, sembrar acelgas y zanahorias. Incluso filmamos un cortometraje con una vieja Handicam Sony video 8. Se trataba unos padres yendo al supermercado, confiados en que no les pasaría nada, desprovistos de mascarillas y guantes, para luego sufrir un ataque de coronavirus que los tiraba al suelo y transformaba en zombis. Todo con un final previsible pero necesario: era un sueño. La experiencia me hizo pensar en los métodos de sanación de Jodorowsky.

Mi hija menor —cinco años— me pregunta una vez a la semana si terminó la cuarentena y respondo lo de siempre, intentando esconder mi preocupación. La mayoría del tiempo está contenta, disfruta de una vida distinta a la de su pasado reciente: con la abuela en la casa, los padres cerca, y el tiempo que se comían los desplazamientos laborales más o menos a disposición. Cuando hay ajetreo son criadas por YouTube y Netflix: debemos responder al teletrabajo, lo que se ha transformado en un verdadero privilegio.

La realidad la comenzamos a interpretar desde otro ángulo. No sé por qué me llama la atención que mis hijas esperen con tanta ansiedad que llueva o que hayamos visto un águila parada en la reja del antejardín —asunto comprobado por un ornitólogo aficionado—, amigo con que hablo me asegura que apenas termine la peste, buscará casa lejos de Santiago, o por lo menos, a las afueras de la ciudad. A veces pienso que es extraño, dada las características de esta pandemia, que no nos hayamos contagiado todos de golpe.

La esperanza de un cambio sube y baja, como el estado de ánimo dentro de las casas. Algunos días despierto ahogado, con dolor de pecho y otros con ganas de romper las barreras sanitarias. Por el momento, al parecer, nos aferramos a una extraña fe, casi a un milagro. Pienso en los noventa y en el nuevo milenio como en una deriva que muchos mal llamamos aburrimiento. Ahora nos sentimos sujetos de la historia, no espectadores, y lidiamos con el costo que aquello implica.

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