Homegrown, el disco que le dolía a Neil Young

Neil Young

Tras 45 años guardando polvo como material inédito, el músico publicó Homegrown, un disco doliente y visceral que en principio es un canto a una vieja herida por un amor frustrado. Pero también, en su sonoridad cruda y orgánica, nos revela la inquietud creativa de un músico capaz de enfrentar sus canciones desde diferentes esquemas, en uno de los momentos más brillantes de su carrera.


En los días en que consumía kilómetros, energías y botellas de cerveza en una gigantesca gira de 24 fechas con Crosby, Stills, Nash & Young, en el verano boreal de 1974, Neil Young comenzó a poner en palabras una frustración que le carcomía su ánimo. No había gran cosa por hacer. La gira, de una pompa tal que hasta incluía fundas de almohada con el logotipo del supergrupo, encontró a los músicos en una relación cada vez más tirante y a Young le resultaba tediosa. Tanto que en un tramo se desplazó en su propia casa rodante con su hijo y su perro.

Pero el dolor que consumía al músico era la separación. Una mañana descubrió que su esposa, la actriz Carrie Snodgress, se había marchado a Hawaii con otro sujeto. Esa separación, que todavía resonaba en su mente como en la caja de una guitarra, impulsó la composición de un material muy personal, en que Young lo pone todo: dolor, ruegos, viejas historias. Una invocación a un momento que se resistía a dejar.

Grabado entre 1974 y 1975 -en estudios de Nashville, Londres y Los Ángeles-, Homegrown es publicado tras mantenerse más de 45 años inédito. No del todo, varias de las canciones fueron incluidas en el repertorio de directo, y otras como “Little Wing” y “Love is a Rose”, fueron grabadas posteriormente. Pero al músico, el álbum le dolía. Las cintas, además de polvo, guardaron recuerdos. “Era demasiado personal, me asustó”, le dijo a Cameron Crowe en una entrevista para Rolling Stone en 1975.

Neil Young. Photo by Michael Putland/Getty Images

Con pocos instrumentos para cada canción, Young recurrió a un diseño sonoro más bien crudo, como un correlato de lo que pasaba con él. “No me disculparé/La luz que brillaba de tus ojos/No se ha ido/y pronto volverá de nuevo”, canta en la poderosa “Separate Ways”, el tema que abre el disco en una reflexión sobre lo que se ha perdido, acompañado solo por las notas largas del doliente pedal steel de Ben Keith, la batería de Levon Helm y el bajo de Tim Drummond.

De esta manera, el sonido crudo marca una cierta diferencia con el diseño algo más expansivo, particularmente en el uso de reverbs y algunas capas más de instrumentos, de On the Beach (lanzado en julio de 1974). Aunque por su fibra más directa conecta con los momentos más eléctricos y lanzados del posterior Tonight’s the Night (1976).

Esta versión más cruda de Young es probable que recuerde a la de sus comienzos en Harvest (1972) o Everboydy Knows This is Nowhere (1969), por su manera de habitar en el recurso de instrumentación de sencilla. Como si dejara en claro que el asiento en solitario le acomoda más. Y escucharlo hoy, cantando con su voz nasal con su clásicas inflexiones, resulta un refrescante recordatorio del lenguaje blues en tiempos de máquinas, sintes y sonoridad más de megabytes que de amplificadores.

Entre las inéditas de Homegrown (canción homónima que acá tiene diferente pattern de batería respecto a la grabada para el álbum American Stars ‘N Bars), el oyente puede reparar fácilmente en “México”; un tema en que Young, sentado al piano, se pregunta por qué es tan difícil “aferrarse a tu amor”, para luego resolver que se irá a México. Mientras la duda flota, el tiempo de duración se hace demasiado breve (1:41) para alcanzar a masticar el tormento del músico. Probablemente fuese una canción en desarrollo. Probablemente no. Pero deja la misma sensación de un sueño fugaz que se recuerda al espabilar.

La portada de Homegrown el disco inédito por 45 años que Neil Young publicó en junio de 2020.

Un ejercicio similar hace en “Kansas”. Young -el hombre de las camisas leñeras antes del grunge- se acompaña solo por una guitarra acústica que suena algo oscura, y una armónica lacónica que interviene en frases breves después del puente en que suena un progresión descendente. “Siento que me acabo de despertar de un mal sueño”, cuenta, dando cuenta de esos malos días. “Y es tan bueno tenerte durmiendo a mi lado”. El deseo se le escapa en cada instante

En “Try”, se escucha a Young inquieto y deseoso de conseguir el perdón de su amada. “Cariño, la puerta está abierta a mi corazón y he estado esperando”, canta en una canción algo marchosa que destila sonoridad country en el pedal steel de Keith, el piano de Joe Yankee y las voces de Emmylou Harris -la excolaboradora de Gram Parsons, que también puso voces en el Desire, de Bob Dylan-. “Me gustaría arriesgarme/Pero mierda, Mary, no puedo bailar/Así que aquí estoy mirando hasta tu antigua dirección”, agrega en una línea que resume su desesperada búsqueda de una nueva oportunidad.

El descubrimiento de estas viejas canciones, tal vez no marque gran diferencia en el catálogo del cantautor -que ya suma casi una cincuentena de trabajos en solitario-. Pero sí, nos aproxima a una época brillante de su carrera, en que echó mano a diferentes recursos musicales dentro de una sonoridad propia. Además el trabajo para canciones que ya eran conocidas -una vez más, la nostalgia del archivo- nos revela su habilidad como compositor, cuyo trazado sonoro más crudo nos recuerda por qué se convirtió en una suerte de antihéroe del rock, lacónico, directo y de alto voltaje eléctrico. Un hombre que hizo del ruido el espacio para vivir su dolor.

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