El músico, el torero y el poeta

Mick Jagger

La fiesta había reunido a cien o ciento veinte personas, todas ellas amigas de los Koenig, impacientes por conocer al legendario músico británico Mick Jagger.


Nadie imaginó aquella noche, en una fiesta desmesurada en honor al músico británico Mick Jagger, que un hombre moriría abaleado.

Jagger estaba de paso por la ciudad, cumpliendo una gira mundial. Viajaba en un avión privado, junto con los músicos de su banda. Su novia se había quedado en Nueva York. Honrando su fama de seductor en serie, Jagger abordaba con espíritu de pirata los cuerpos de las mujeres agraciadas que se rendían a sus encantos, como si estuvieran hipnotizadas.

La fiesta la dieron, en su casona de los suburbios, George y Bárbara Koenig, amigos del músico británico. Se habían conocido en un vuelo del mítico avión Concorde, de British Airways, entre Nueva York y Londres, y se habían hecho grandes amigos, no tanto gracias a los Koenig, que eran reservados y hasta tímidos, sino a que Mick Jagger encontró irresistiblemente bella a la señora Koenig, a la que se propuso conquistar, como buen corsario de mares chúcaros. 

Desde entonces, los Koenig y Mick Jagger se encontraban en Nueva York y en Londres y salían a cenar. Como los Koenig eran dueños de una cadena de hoteles sofisticados en Sudamérica, a menudo Jagger se hospedaba en esos hoteles, sobre todo en el que poseían los Koenig en Machu Picchu, Cuzco, Perú, donde Jagger se sometía cada dos o tres años a una masiva terapia de ingestión de ayahuasca, bajo la supervisión de los chamanes y curanderos más reputados del pueblo.

Pero aquella noche, en la fiesta desmesurada en honor a Mick Jagger, las cosas irían a torcerse y un hombre sería asesinado de un balazo.

La fiesta había reunido a cien o ciento veinte personas, todas ellas amigas de los Koenig, impacientes por conocer al legendario músico británico: algunos de los hombres más ricos del país (dueños de bancos y compañías de seguros, empresarios mineros y pesqueros, propietarios de emporios azucareros), representantes de las artes y la cultura (pintores, escritores, poetas, músicos, actores), bellísimas modelos de moda (todas o casi todas dispuestas a irse a la cama con Jagger) y hasta políticos influyentes, de renombre (ministros, congresistas, embajadores, un expresidente militar tan alcoholizado o macerado en alcohol que parecía un muñeco de cera escapado de un museo). Todos o casi todos querían una foto con Jagger, un autógrafo de Jagger, un momento a solas con Jagger.

Pero Jagger no tenía ganas de hacer buenas migas con toda esa tropa de mandantes, pujantes y aspirantes, a quienes veía maliciosamente como arribistas y trepadores desnortados: lo que Mick Jagger quería aquella noche era montarse a la anfitriona, la bella señora Bárbara Koenig, que llevaba años casada con George, con quien había decidido no tener hijos, y parecía una modelo o una actriz, una criatura de belleza sobrenatural, acaso la mujer más atractiva de aquella fiesta superpoblada de mujeres preciosas, peligrosamente inquietas. Mientras George Koenig paseaba por un vivero colindante a su mansión, mostrando delicadamente su plantación de orquídeas a un grupo selecto de empresarios amigos, vanagloriándose de haber descubierto un raro tipo de orquídea andina que llevaba su nombre, la “Masdevallia Koenichiana”, su esposa, la bella Bárbara, rubicunda, pícara, de mirada penetrante, senos gloriosos y nalgas pedigüeñas, se encerraba un momento con Mick Jagger en el baño del cuarto de huéspedes, lo besaba con ardor guerrillero, se hincaba de rodillas y procedía a practicarle una felación de bienvenida a las Indias: así comenzaría una larga relación de amores furtivos e intercambio de secreciones entre Jagger y la señora Koenig, siempre a espaldas o a hurtadillas del apacible señor Koenig, quien nunca sospechó que Jagger, su amigo, pudiera acometer esos actos de perfidia libidinosa con su mujer. Pero Mick Jagger era un pirata sin remedio y cada mujer bella, un barco que deseaba asaltar para rapiñar sus tesoros.

Poco después, Jagger y la señora Koenig, ya aliviados del enredo volcánico que los unió, se entremezclaron con los invitados, al tiempo que el señor Koenig, tan contento en su piel, regresaba del vivero y se unía a la fiesta. Hasta entonces, todo marchaba bien, nadie podía presagiar que la fiesta habría de torcerse y terminar en un baño de sangre.

Fue entonces cuando llegaron el torero, el hermano del torero, que era poeta, y la comitiva o el séquito del torero, unos ocho o diez hombres jóvenes, guapos, altaneros, gritones, que entraron en la fiesta como si ingresaran al ruedo, al coso donde el matador habría de exhibir su insólito coraje. El torero, que no estaba vestido de torero, pero que lucía unas ropas sumamente ajustadas que le marcaban el abultado paquete de la entrepierna, orgulloso de su dotación genital, era muy famoso, el mejor torero del mundo, la máxima figura de la tauromaquia en España y América, y estaba cumpliendo, lo mismo que Jagger, una gira americana, exhibiendo su desusado talento. Se llamaba Fernando Roca Puente, y era guapo y arrojado con escándalo, un joven de insolente belleza que no conocía el miedo y era arte puro en cada mirada, cada desplante, cada quite a los envites caprichosos del destino. Su hermano, el poeta, se llamaba Juan José Roca Puente, y era igualmente guapo e intrépido, solo que no se jugaba la vida burlando a un toro de lidia, sino escribiendo unos poemas desgarrados, traspasados de tristeza, en los que las palabras a veces sangraban o lloraban. Los dos, el torero y su hermano, el poeta, eran grandes tipos, rezumaban talento y nobleza, y por eso la gente los quería y sus amigos, la comitiva o el séquito que los acompañaba aquella noche, estaban dispuestos a dar la vida por ellos. Mick Jagger había visto torear a Fernando Roca Puente y había quedado maravillado y por eso le había pedido a su amigo George Koenig que lo invitase a esa fiesta desmesurada en su honor.

Los Roca Puente y sus amigos llegaron pasados de copas, por supuesto, y siguieron bebiendo como si no hubiera mañana. Eran jóvenes, capturaban la noche, abrazaban los riesgos, acaso se sentían inmortales, o lo eran de momento. Jagger reconoció al matador, se acercó a él, lo saludó con un abrazo y le dijo cuánto lo admiraba. Les hicieron fotos. Curiosamente, el torero parecía la estrella de la noche y el músico británico, su rendido admirador. 

Había tan buen ambiente, todos estaban tan borrachos y eufóricos, las chicas lindas parecían tan dispuestas a dejarse abordar por los corsarios que ya salivaban por ellas, que los amigos ruidosos del torero y del poeta se propusieron desnudar al torero, arrancándole las ropas. De pronto lo rodearon como pirañas a un cuerpo sangrante o como marabuntas a un bicho apetitoso y, sin que el torero opusiera resistencia, más bien el matador riéndose a gritos, le quitaron las ropas, las jalonearon y arrancaron, las desgarraron y redujeron a jirones o trapos, primero la camisa, luego el pantalón, finalmente los calzoncillos, para estupor de los anfitriones, los Koenig, y sus invitados: de pronto, el torero Fernando Roca Puente quedó desnudo, sin siquiera los calcetines, y tuvo la gracia y el valor de reírse a carcajadas y no cubrir u ocultar su dotación genital, la que dejó al descubierto, exhibiéndola con desparpajo, insolencia y hasta orgullo: todos, desde Mick Jagger hasta las modelos más bellas, enmudecieron un momento, al contemplar la desafiante largueza del miembro viril del torero, que colgaba como una anaconda y, en verdad, metía miedo, infundía respeto. Fue un momento de una belleza luminosa, poética: el torero de pronto desnudo, sus ropas hechas jirones, la fiesta asombrada por sus proporciones viriles, el matador riendo, tan tranquilo, sin correr a esconderse o vestirse, pidiendo un trago más, aceptando la desnudez con una sabiduría extraña, inesperada. Todos amaron al torero y lo admiraron aún más. Algunas de las modelos seguramente pensaron: esta noche será mío.

No contentos con haber desnudado al torero Fernando Roca Puente, sus amigotes, todos tan machos, tan rudos, tan desbocados, unos potros salvajes cabalgando con estrépito en las sombras inquietantes de la noche, rodearon y atacaron entre risotadas al hermano del torero, el poeta Juan José Roca Puente, quien tampoco resistió los embates de los conjurados y se dejó desnudar, riendo a carcajadas. Entonces la fiesta comprendió que los hermanos Roca Puente habían sido bendecidos por un mandato genético: también el poeta tenía un cañón o una bazuca o un mortero entre las piernas, lo que provocó estupor y hasta envidia entre todos. A diferencia de su hermano, que seguía desnudo y bebiendo en la fiesta, el poeta sucumbió a un comprensible ataque de pudor y se arrojó a las aguas de la piscina, pero ya toda la fiesta había apreciado el infrecuente tamaño de su virilidad.

Luego ocurrió lo que nunca debió ocurrir: fuera de control, desenfrenados, tratando de prolongar el festival de desnudos que habían inaugurado sin pedir permiso a los dueños de casa, los amigos del torero se apandillaron y atacaron a Mick Jagger y al anfitrión, George Koenig. Sobrevino enseguida una comedia de errores o chapucerías, un sainete trágico: Jagger, muy listo, se quitó él mismo la camisa y dejó que le desgarrasen el pantalón de cuero negro, pero los detuvo con autoridad y no les permitió que le quitasen los calzoncillos negros, ajustados, con lo cual salvó el honor, porque la comparación con el torero y el poeta a buen seguro lo hubiese dejado disminuido o apocado; al tiempo que George Koenig, muy serio, el rostro adusto, el ceño fruncido, exigió a sus atacantes que lo dejaran en paz, que no le quitaran la ropa, que diesen un paso atrás. Sin embargo, la fiesta entera aplaudía a los muchachos insolentes que tironeaban y jaloneaban la camisa de seda de Koenig hasta romperla, y ahora los ovacionaba por quitarle los pantalones de lino blanco, descosiéndolos a manotazos, y enseguida estallaba en risotadas viendo a Koenig pálido, tembloroso, aterrado, en calzoncillos, mientras los muchachones le rompían esa última prenda blanca que acaso preservaba su diezmado honor, dejando en evidencia que, a diferencia del torero y el poeta, él, George Koenig, el magnate hotelero, el descubridor de orquídeas andinas, no tenía una anaconda ni un cañón entre las piernas, sino una flor, una flor marchita, una orquídea replegada y diminuta.

-¡Manicero, manicero! -le gritaron, insolentes, los muchachones que lo habían desnudado, haciendo escarnio de su miembro viril.

-¡Pichulita Cuéllar! -gritó el torero, evocando a un personaje de un cuento de Vargas Llosa.

Mick Jagger, el torero, el poeta, los poderosos y las modelos se reían a gritos de que el anfitrión, el inescrutable señor Koenig, tuviese una dotación genital bastante acotada. Hasta la esposa de Koenig, la bella Bárbara, reía nerviosamente, como pillada en falta, mientras Jagger la miraba con lascivia, deseoso de reanudar el enredo volcánico entre ambos. Humillado, empequeñecido, George Koenig caminó a su dormitorio, se vistió en silencio, como un cura preparándose para oficiar la misa, y regresó a paso lento a la fiesta. Todo se había agriado, estropeado, ido al carajo. La fiesta entera se había reído a carcajadas de él, o de su miembro viril, qué culpa tenía él, descendiente de austríacos, pariente lejano de Freud, de haber nacido con una tripita tan lánguida y asustada, no era justo que lo creyesen un pusilánime solo porque tenía un colgajo chiquito, qué carajos se habían creído el torero y sus amigos para venir a humillarlo en su propia casa. George Koenig se plantó frente al líder de los amigotes del torero, el más insolente y juguetón de todos, un músico aficionado llamado Pedro Suárez, que le había rasgado los calzoncillos a despecho de sus súplicas, sacó una pistola italiana ligera, marca Beretta, y le disparó un balazo en el pecho. El joven se desplomó de espaldas y murió en el acto. Jagger saltó para neutralizar a Koenig y quitarle la pistola. El torero y el poeta trataron de socorrer al amigo caído, pero ya era tarde. El torero corrió a darle una trompada a Koenig, pero este lo encañonó y le exigió que se fuese de su casa. Desnudos, ensangrentados, los ojos anegados en lágrimas, los hermanos Roca Puente cargaron a su amigo muerto y se fueron de la fiesta, sin ropa y acaso también sin alma. Días después, George Koenig sobornó a la policía y a los familiares de la víctima y consiguió que el caso fuera cerrado, declarándose al joven muerto, Pedro Suárez, como la víctima de una bala perdida, disparada accidentalmente, mientras Koenig le mostraba la pistola a Mick Jagger, quien refrendó el testimonio falso de su amigo, el magnate hotelero.

Mick Jagger continuó viéndose a escondidas con la señora Bárbara Koenig en suites de Nueva York y Londres. George Koenig siguió cultivando orquídeas en circunspecto silencio. El torero Fernando Roca Puente entregó cada aliento de su cuerpo al arte de ofrecer su vida a un toro bravo. El poeta Juan José Roca Puente se jugó la vida en cada palabra malherida. Ninguno de los asistentes a aquella fiesta desmesurada olvidó al torero y al poeta de pronto desnudos, a Mick Jagger en calzoncillos negros, a George Koenig furioso mientras le gritaban “¡manicero, manicero!” y al joven que perdió la vida de un balazo. George Koenig se sometió, en una clínica de Río de Janeiro, Brasil, a una delicada operación de ensanchamiento del pene.

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