Recuerdos del cine: mi mejor función

New York movie (1939), de Edward Hopper

Ante la imposibilidad de estrenar en salas, realizadores y exhibidores viven días de incertidumbre. Mientras el confinamiento derivado de la pandemia no ha hecho más que multiplicar las suscripciones del streaming, un grupo de críticos, escritores y gestores culturales reviven el rito que significaba —hasta hace no tanto— ver una película en el cine.


No es un arte desaparecido o extinto. Hasta antes de la insólita emergencia por Covid-19, en Chile, la asistencia al cine iba al alza. Solo el año pasado, según cifras de la Cámara de Exhibidores, se había registrado un nuevo récord de 29,7 millones de espectadores. En tiempos de entretenimiento doméstico, cuando el regreso a los cines todavía asoma lejano y fuera de foco, algunas voces recuerdan en Culto las funciones que los marcaron en esas pantallas hoy perdidas.

Goodfellas, 1990

Gonzalo Maza, guionista y director de cine: “Ver cine no se trata solo de las películas”

-Hay dos salas que recuerdo con mucho cariño y que me formaron como cinéfilo. Una es el Cine Arte de Viña del Mar, ciudad donde pasé toda mi infancia y adolescencia, y donde todos los años en el verano se daba una selección de las mejores películas del año del Festival Cine UC. Recuerdo que día por medio me escapaba al cine a ver una película, y recuerdo con claridad ahí funciones que marcaron mi vida para siempre, como Buenos Muchachos, Los imperdonables, Crímenes y pecados, Susurros en tus oídos, Sobreviven... Recuerdo con claridad los programas impresos alargados, y en los que marcaba las películas que quería ver, y las críticas pegadas en una especie de diario mural, y al salir del cine recuerdo caminar por la galería comercial donde estaba el cine y pasar por una disquería y mirar las bandas de sonido de películas que me hubiera gustado escuchar pero no tenía dinero para comprar. Siempre he disfrutado mucho ir solo al cine porque me gusta no tener que conversar a la salida, sino que seguir pensando en lo que acabo de ver, y en el Cine Arte de Viña pasé buena parte de mi adolescencia y fue de alguna manera mi segundo hogar.

La otra sala que me formó como cinéfilo ya viene de mi época universitaria, cuando pasé un año completo como estudiante de intercambio en la Universidad de Texas en Austin, y ahí existía el Alamo Drafthouse, una sala a la que uno llegaba después de subir una larga y angosta escalera, como si uno fuera a entrar a un salón de pool, pero lo que había era una sala de cine con anchos pasillos entre los asientos y una pequeñas mesitas porque en el Alamo no solo tenían la mejor selección de películas de culto y de terror y cine arte, sino que además uno podía tomarse una cerveza y comer. Era como una versión extensa y mejorada del Cine Arte de Viña, y además a veces invitaban a guionistas o directores que pasaban por la ciudad a hablar de las películas que se mostraban. Yo estuve ahí en 1999 y como espectador me tocó ir a una especie de festival de cine que hacía Quentin Tarantino mostrando sus películas, pero no las que él había dirigido, sino que sus copias de películas en 35mm de cintas de Cine B setentero y blaxploitation. Tarantino no solo iba y presentaba las películas, sino que las veía con el público y se reía fuerte a veces y era una experiencia evidentemente cool y algo extraña donde todos éramos extraños y tratábamos de comportarnos cool. Recuerdo esas sesiones cinéfilas con mucho cariño, y creo que lo que quiero decir acá es que la experiencia de ver películas con extraños y disfrutar de lo mismo en comunidad es algo que no solo no debemos perder, sino que además debemos ser proactivos en proteger. Ver cine no se trata solo de las películas: se trata de los espectadores y lo que pasa en sus cabezas y en sus vidas después de ver una película. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que eso no se pierda.

El rey león, 1994

Fabrizio Copano, comediante: “La película se transformó en un estadio”

-Mi mejor vivencia en el cine fue ir a ver El rey león a la sala que quedaba en el Plaza Vespucio. Ahora es un complejo de multisalas pero en esa época eran poquitas y quedaban simplemente bajando la escalera en la parte que podría considerarse el frontis. Eran como 4 o 5 salas chiquitas. Ahí vi El rey león y estaba tan lleno que me senté en la escalera con mi mamá y mi hermano. Era un momento muy distinto del cine donde se sobrevendían entradas y, como estaba tan lleno y estaba la cagá, con un montón de niños, la película se transformó en un estadio. Cuando murió Mufasa, la gente lloraba y habían abucheos. Cuando ganó Simba, hubo aplausos. Fue la primera vez que vi una película donde la gente reaccionaba como barra brava. Por eso la tengo tan presente.

Rumble Fish, 1983

Roser Fort, gestora cultural: “Se me repite mucho el Normandie”

-En los años 80 era una experiencia única ir al cine y se me repite mucho el Cine Arte Normandie con sus propuestas. Ahí vi La ley de la calle, de Coppola, y me sorprendí mucho con esa banda sonora tremenda, pasar del blanco y negro al color, también la película, toda la creatividad y un chico en moto inigualable. Después, también en los 80 y en el Normandie, me recuerdo de haber visto El último emperador, de Bertolucci, con una sala plena de público en un verano caluroso. Siempre me quedó grabada esa película por lo magnífica, por los mensajes y por la estética. Me han marcado el cine, las buenas películas y ahora, además, ser directora del Cine Arte Alameda, emplazado en lo que antes era el Normandie, ha sido una de las emociones más grandes que me ha tocado vivir.

The man who shot Liberty Valance, 1962

Ascanio Cavallo, crítico de cine: “Vi un programa triple en un rotativo, con Ford, Petri y Aldrich. ¿Qué tal?”

-Una vez que vi un programa triple en un rotativo, con Un tiro en la noche (The man who shot Liberty Valance), de John Ford, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha), de Elio Petri, y Doce del patíbulo (The dirty dozen), de Robert Aldrich. Todo continuado. ¿Qué tal? Y no recuerdo si era el cine Independencia (en esa misma avenida) o el cine Sur (en San Diego). En el segundo solían caerse los respaldos de las butacas, así que debe haber sido el primero.

Little women, 2019

Camila Gutiérrez, escritora: “Tener vergüenza de llorar”

-La última que vi, más que la mejor, fue Mujercitas. Y fue como toda la experiencia cine. Casi llorar, tener vergüenza de llorar porque era una sala, ir a tomar después una cosita. Piola peli, diría, pero experiencia sí.

A hard day's night, 1964

Christian Ramírez, crítico de cine: “Era como estar con los protagonistas”

-Con la crítica uno tiende a tener muy buenas experiencias y una gran cantidad de ellas, pero al mismo tiempo tienden a aplanarse. Si es de elegir una que por sí sola sea extraordinaria, creo que es la proyección a 4K de A hard’s day night, de los Beatles, que vi en el BFI Southbank. Tiene que haber sido en el verano de 2014. ¿Por qué era especial? Bueno, estaba animada por Mark Lewisohn que es uno de los especialistas de los Beatles en la actualidad, es el tipo que ha publicado All these years, la biografía del grupo en varios tomos y que todavía se está desarrollando, y la sala es extraordinaria pero, al mismo tiempo, había una gran cantidad de espectadores que habían estado presentes en el estreno en Londres de la película en 1964. Entonces era como estar con los protagonistas de la historia, con los beatlemaniacos originales. En ese sentido, diablos, es irrepetible.

Children of Men, 2006

Mauro Libertella, escritor: “Una pareja aprovechando la oscuridad”

-Hacia el año 2007 tenía una relación “clandestina” con una mujer. Éramos amantes, por usar una categoría menos guerrillera. Como la ciudad era un campo minado de posibles miradas incriminadoras, nos escondíamos en lugares cerrados, en lugares tenues. Las salas de cine eran, así, el escenario perfecto para nuestros encuentros secretos. Me acuerdo de una tarde gélida de invierno; nos encontramos en una de las filas de un pequeño cine de barrio que ya no existe más, devorado por el monstruo insaciable de los complejos de multicines. Proyectaban Hijos del hombre, de Alfonso Cuarón. Diría que vimos apenas una o dos escenas y ya luego nos enredamos en el fragor que estábamos yendo a buscar. Pero algo quedó en mí de esa película que nunca volví a ver, una sensibilidad, una retórica: algo siguió repiqueteando en mi cabeza y hoy, que la pandemia arrasó con nuestras salas, la escena regresa limpia, indeleble: una pareja aprovechando la oscuridad de una sala de cine mientras la pantalla emite imágenes distópicas de un mundo sin personas, de un futuro incierto.

about time
About time, 2013

Isabel Plant, crítica de cine: “Comedia romántica británica, ¿qué puede salir mal?”

-No me acuerdo cuál fue mi primera ida al cine. Quizás Jurassic Park es de los primeros momentos en que salí de la sala con infarto y recuerdo hasta hoy, tenía 9 años. Luego fui mucho: aún tengo las agendas de adolescencia donde guardé las entradas y anotaba de manera metódica la película que iba a ver cada semana, a cines que ya no existen como multisala Vitacura, cine Las Condes y hasta el San Damián (donde recuerdo que una de las favoritas fue Twister). Titanic (la vi dos veces), Grandes Esperanzas (favorita hasta hoy), el Sexto Sentido (no vi venir el giro final, también la vi dos veces en el cine).

Por mi trabajo voy mucho al cine y hay momentos de sueño, de aburrimiento, de felicidad profunda y de olvido del mundo real en la butaca. Es mi vida y la extraño. Pero si tengo que rescatar un momento más reciente en una sala no es con Tarantino, o Scorsese o lo que sea. Es Cuestión de tiempo, de Richard Curtis, en el Costanera Center. Uno de esos días en donde me sobró algo de tiempo y pasé por el cine sola a ver qué había y dije comedia romántica británica qué puede salir mal. Me encontré con algo mucho más especial, que no es una película sobre amor sino sobre familia, padres e hijos. Lloré con hipo y mocos. Había poca gente en la función. Llorar en el cine es llorar sola, pero no. Solo por eso vale la pena volver a las salas.

American splendor, 2003

Simón Soto, escritor y guionista: “Estar ahí solo, aunque la sala esté llena, es un rito”

-Tengo muy buenos recuerdos de ir al cine y creo que ahí se construyó un lazo emotivo que nunca más se rompió con el acto fílmico. Además del acto de ver películas está también la ceremonia de ir al cine, que he tratado de no perderla jamás. Hay dos o tres momentos, cuando era niño, que recuerdo con mucho cariño y mucha emoción. Uno fue con mi mamá que me llevó el año 86. Antes los cines estaban en el centro. Eran cines muy lindos, enormes o yo los recuerdo enormes, y me acuerdo que era invierno cuando mi mamá me trajo a ver una película de unos osos y su relación con el viejo pascuero. Era una película animada donde, si no me equivoco, los osos como hibernan no podían disfrutar de la navidad, entonces deciden quebrar su aislamiento en la cueva para poder disfrutarla y conocer al viejo pascuero. Me acuerdo que mi mamá estaba embarazada de mi hermana y con una panza muy grande me trajo al cine. Toda la travesía desde La Reina, donde vivíamos, hasta el centro era muy emocionante. Tomar metro, todas esas cosas, las recuerdo con mucho cariño.

Un poco más grande pero también muy niño, me acuerdo que fui a ver dos películas que me volaron la cabeza. Una fue He-Man. Yo era fanatiquísimo, tenía muchos monitos y figuras, alucinaba, y estrenaron una live-action con actores reales y mi papá me llevó a verla. Probablemente pudimos haber ido al estreno, no me acuerdo bien, pero fue alucinante. También hubo algunas cosas que me decepcionaron pero que las omití conscientemente, como por ejemplo que no estuviera Orko. Después me enteré que esa ausencia, y Battle Cat y todo eso, se debía a que con la tecnología de la época era imposible recrearlos, pero aún así fue muy alucinante.

La otra película que me marcó mucho en el cine cuando chico fue los Transformers. Era la película animada de los Transformers y fue súper impactante y sorprendente. Me acuerdo que fuimos con mi papá y que la película fue brutal porque al final del primer acto, en ese momento no sabía cómo eran las estructuras, muere Optimus Prime, el protagonista. Era un movimiento súper arriesgado y sorprendente: Megatron queda deshecho y Unicron lo transforma en Galvatron. Después me enteré que esa película se hizo como transición desde la segunda a la tercera temporada de los dibujos animados, pero yo no tenía idea de eso en ese tiempo, y fue impactante, sorprendente y nunca lo voy a olvidar. Son recuerdos hermosísimos.

El otro periodo, ya un poco más viejo entre comillas, a los 20-21 años, y ya con el deseo de ser escritor, de haber descubierto la literatura y de haber visto cine de verdad, ¿no? De haber descubierto a Scorsese, de haber visto Apocalipsis now; en ese periodo, me acuerdo que tenía muy buena intuición con las películas que estrenaban y fui a ver American splendor. La fui a ver porque actúa Paul Giamatti, que lo encuentro un gran actor y antes había visto Entre copas que me había gustado mucho. Y me rayó American splendor. Descubrí a Harvey Pekar y el cómic mismo en el cual está inspirada la película. Esa ida al cine la recuerdo como solitaria, de búsqueda, melancólica. Uno se pegaba los piques a donde fuera, al Normandie, que para mí en ese tiempo era lejos porque vivía en La Reina, buscando funciones de películas de David Lynch, de Álex de la Iglesia, a cualquier hora, un sábado a las 3 de la tarde para ir a ver El día de la bestia, esa búsqueda cinéfila. American Splendor la vi en el Hoyts de La Reina que estrenaba los viernes en algunas salas películas muy buenas, y me rayó, me gustó mucho y me marcó. La encontré alucinante.

Te mencionaría esos dos periodos del ritual que siempre es como una montaña rusa, ¿no? Sentarse, esperar un rato leyendo, se apagan las luces, dan los tráilers y empieza la película que uno ha ido a ver. Esa experiencia es alucinante: la grandeza por el tamaño de la sala, por el sonido, por la calidad de la imagen, por estar ahí solo, finalmente, aunque esté la sala llena, es un rito que incluso es distinto a la colección. Hoy día uno puede ver televisión de altísima calidad con muy buen sonido, con pantallas grandes, pero el rito de ir, de pagar una entrada, de llegar a la hora, todo eso es único, y hay un viaje ahí al rito antiguo.

L'Histoire d'Adèle H., 1975

Ana Josefa Silva, crítica de cine: “Los festivales se repletaban y uno elegía su favorita”

-Tengo recuerdos de cuando íbamos las amigas del colegio al cine Oriente —a la matinée— a ver lo que sea que dieran o cuando era muy niña, que mi papá le encantaba llevarnos, creo que al cine Metro, porque ahí daban unos cortos de Tom y Jerry que a él le encantaban.

Ir al Cine Las Condes era fijo: recuerdo haber visto mucha película europea ahí, así como Hombre mirando al sudeste, de Eliseo Subiela, que no se me olvidó nunca. Y en el cine Egaña, a donde mi hermana me llevó a ver un ciclo donde daban Fresas Salvajes, de Bergman, que fijó mi devoción incondicional por el director sueco para siempre.

Inolvidable cuando existía el Cine UC (hoy Teatro UC): los festivales se repletaban y uno elegía su favorita. Me acuerdo de La historia de Adela H, película por la que yo voté y que resultó ganadora de este Premio del Público.

The song remains the same, 1976

Fabián Casas, escritor: “Iba todos los sábados para resistir a la música disco”

-Mi mejor experiencia fue viendo La canción es la misma de Led Zeppelin, la daban en el Cine Lara de Avenida de Mayo. La dieron mucho tiempo y yo la vi 36 veces. Iba todos los sábados con mis amigos para resistir a la música disco.

Interstellar, 2014

Gabriel Ebensperger, ilustrador: “Un pito gigante y poderoso”

-Tengo dos mejores experiencias muy marcadas. La primera fue con El quinto elemento de Luc Besson. Yo tenía trece años. Fue en una sala que existió por un par de años en el último piso de un centro comercial de Reñaca. Ese espacio ahora es un gimnasio. La película es increíble y un clásico, pero lo que mejoró mi experiencia es que fue una sorpresa. Una amiga un par de años mayor que yo, que me gustaba, me llevó obligado y yo no tenía idea de la película, ni siquiera había visto un tráiler.

La segunda fue con Interestelar de Christopher Nolan, en 2014, yo tenía 31 años. Fue en una sala de esas con butacas enormes con espacio para caminar entre una y otra, en el Cineplanet del Costanera. Fui con mi amigo Francisco, que siempre me mini gusta, con el que llevábamos meses mirando y recordándonos de los teasers de la película que mostraba tan poco y prometía tanto. Nos estacionamos en el subterráneo en un lugar estratégico que conocía y que me aseguraba el trayecto más corto posible entre el auto, el ascensor, los pasillos del cuarto piso y luego la escalera mecánica que te lleva directamente al cine. Ya teníamos nuestras entradas, así que aún en el auto, dos minutos antes de que partiera la película, nos fumamos entre los dos un pito gigante y poderoso. Durante la función ninguno de los dos queríamos que terminara.

Il sole nella pelle, 1971

Roberto Merino, escritor: “Me gustaba ir al cine de las playas”

-Lo que más me gustaba era ir al cine de las playas cuando chico. Entonces podía ver las películas a las que en el año no había tenido acceso por la edad. Con mis primos nos movíamos por una extensa zona, Algarrobo, El Quisco, El Tabo. Conocí de este modo un mundo que me excedía y que me provocaba ansiedad por salir luego a vivir mi vida. Las películas que más intensamente recuerdo son El sol sobre la piel (Ornella Muti), La casa bajo los árboles, Cabaret, Equus, Barrio chino. ¿Por qué? No sé, son parte de mi experiencia de la condición humana. Me vuelven siempre parte de sus imágenes, probablemente alteradas por la memoria.

pulp fiction
Pulp Fiction, 1994

Walter Lezcano, escritor: “Yo también me eduqué en el cine. Y en los recitales”

-Recuerdo con muchísima claridad ver Pulp Fiction de Quentin Tarantino en mi adolescencia y salir del cine con la certeza absoluta de que mi vida había cambiado para siempre. Esa película la vi en una sala de la peatonal Lavalle, que fue la calle de los cines en el microcentro porteño hasta que en un momento las iglesias evangélicas las compraron y, por supuesto, perdió toda su magia y mística y encanto. Creo que en ese sentido, la pérdida de las salas de cine donde fuimos felices se viene dando desde hace mucho tiempo y este periodo de aislamiento no hace más que profundizar una agonía que ya tiene varios años. Pero volviendo a la película de Tarantino no podía creer que alguien pudiera utilizar el lenguaje cinematográfico para vincular herramientas literarias con una fascinante cantidad de referencias y links internos que hacían ver a Pulp Fiction como una pista de despegue para seguir viendo más cine, más películas y comprender de dónde venían muchas de las cosas que Tarantino hacía en sus películas. Eso sin contar que en Pulp Fiction pude escuchar los diálogos más vivos y creíbles que había visto en mi vida en una pantalla grande. Y me parece importante decirlo porque yo no vengo de familia cinéfila ni de cerca. Entonces estos eran descubrimiento que yo hacía en mis exploraciones en esos cines del Centro que quedaban lejísimo de mi casa. Es en este aspecto, que también recuerdo esas salas como exploraciones con territorios lejanos donde vivir otras experiencias. Y además eran mi propia manera de educarme estéticamente y conquistar una moral y una ética que no quedara presa de las instituciones tradicionales. Porque yo también me eduqué en el cine. Y en los recitales. Pero el cine era, en un sentido, una aventura que te daba herramientas intelectuales con emociones fuertísimas y en este sentido ver una buena película en una sala de cine te metía en la vida de una forma que no puede equipararse a otra experiencia. La sala de cine es el lugar de conexión con esa vida que la realidad desprecia: donde la belleza, la bondad y la comunión es posible por afuera de la mierda descomunal del capitalismo.      

Le Souffle au cœur, 1971

Alberto Fuguet, escritor y cineasta: “Los censores le tenían más miedo a las ideas que al sexo”

[NdE: lo siguiente es un trozo del libro VHS (unas memorias), publicado en 2017 por el sello Literatura Random House, que quedó en el disco duro de la edición. El autor lo compartió con Culto.]

-Cuando los cines del centro empezaron a caer a comienzos de los 80 en plena dictadura, yo comencé a gozar de esos cines como si fuera un pueblo secreto al que solo algunos pocos teníamos acceso a la llave. Excepto por algunas sesiones de fin de semana, los cines pasaban vacíos. Se iba a los cines a dormir, a escapar de la lluvia o el calor, a almorzar, se usaban como citas o derechamente, incluso en aquellos que mantenían algo de dignidad, a ligar.

Yo iba a tragar películas y las veía, por lo general, a solas.

Muchas de las películas que vi en los cines que ahora no existen las vi solo. Solo en la acepción que no fui acompañado (parqueado era la palabra, aunque solo era casi peor porque también era casi sinónimo de raro y nadie en esa época deseaba ser raro). Lo curioso es que cuando iba por mi cuenta a los palacios en decadencia del centro casi siempre parecía que estaba solo en el sentido que “no había prácticamente nadie”. Esto no es una exageración: a partir de comienzos de los 80, muchas salas del centro exhibían sus películas en rotativos. A veces éramos 3 o 5 o hasta 7, pero parecíamos menos por los tamaños gigantescos de las salas.

Algunos, por esa época pre VHS (otro golpe mortal) optaron por dividir las plateas altas (el Rex) y hacer dos salas o simplemente clausuraban las platea más alta (el Ducal) o a veces la baja (el Astor, creo). En el centro había cines casi en cada cuadra del radio cercano a la Plaza de Armas y la calle Huérfanos era la arteria mágica. A pesar que todos tenían claro que la época de oro ya había pasado y que la revista Ecran no se editaba que rato, aún todo no se venía abajo. El colapso era inminente pero quedaba un rato para que esa extraña fiesta melancólica de vampiros continuara. Los cines podían estar helados, descarados, con proyectores sin fuerza, alfombras raídas, butacas malas, pero se seguía estrenando, aunque, con excepción del barrio alto y el Cinerama del Santa Lucía, todos los cines era rotativos. Es curioso pero, mirando hacia atrás con menos ira, es posible concluir que los censores le tenían más miedo a las ideas que al sexo. Es cierto: atajaron El último tango en París y Satiricón de Fellini, pero los testaferros de Pinochet estaban más atentos a las ideas políticas o subversivas que al sexo. Dicho eso: lo explícito no ingresaba. No existía el porno, eso que se llama triple X, o lo que ahora es parte básica y gratis de la red. El cine arte era visto, tal como ahora, con sospecha: latero, complicado, poco comercial.

Aunque había ciertos cines, que no tenían contratos con los grandes estudios, que accedían a filmes europeos, nuevos o antiguos, y le sacaban provecho al sexo o erotismo del autor. En los 80 el mundo estaba muy lejos y estaba en otra parte. Los americanos se excitaban más con la violencia o los efectos especiales. La cineteca la habían clausurado. Era complicado acceder a filmes que algunos libros atesorados o revistas viejas mencionaban. Hasta que, de pronto, algunos cines del centro más B, captaron que, con buena promoción en los diarios tabloides, podían explotar el material europeo. Hasta el día de hoy asocio a Ornella Muti como una de las grandes divas del porno, algo totalmente falso. Pero sucede que casi todas sus cintas eran publicitadas como si lo fueran con fotos de ella desnuda (ciertas partes tapadas con estrellitas, adelantándose a las prácticas futuras de Instagram) y títulos guarros. Así con todas: basta un desnudo, una escena de amor, una ducha, una masturbación insinuada, un primo ambiguo, un tío aficionado a las prostitutas para que la cinta, ganadora de Cannes o de Venecia, pudiera venderse como algo sucio, perverso, prohibido.

Mi primer acercamiento al cine del francés Louis Malle ocurrió a fines del año 80 en el cine King, de la calle Huérfanos, entre Estado y San Antonio. Décadas después fue un teletrack y luego se demolió para ser parte de una suerte de mall más cine subterráneo. El King (yo le decía Kink) era quizás parte de una cadena de cines B. Al menos no tenía la categoría de los otros y por eso mismo era primo de salas más de bolsillo, menos decoradas y ornamentadas, como el Florida, el Alfil, el Cervantes incluso el Gran Palace, el más lindo de todos por su juego de luces. No eran parte del circuito porno (sin porno) y de esas salas malolientes donde lo que importaba era lo que sucedía en la platea a oscuras, pero que atraían a cinéfilos acérrimos dispuestos a ser acosados con tal de ver programas triples a precios mínimos donde uno podía ponerse al día puesto que (y esto debe quedar claro) en esa época, cuando una cinta dejaba las pantallas de los cines más dignos, esas películas desaparecían para siempre hasta que, a veces, resucitaban de manera espúrea: El tambor de Schlondorff, ganadora de Cannes y basada en la novela de Grass, reapareció junto a Marcada por los hombres con María José Cantudo, un lastimoso producto camp del soft porn del destape español. El King, por un tiempo, fue una suerte de sala de ensayo de arte, pero con cintas que podían engatusar al espectador incauto o, al menos, al solitario cinéfilo que entendía de que, desde el punto de vista europeo, todo podía ser sensual o hasta sexual y que el desnudo no era un tema tan escabroso y que, gracias justamente a esa cuota de piel, algunas cintas de autores importantes podían exhibirse en salas comerciales y en rotativos que partían a las 10 de la mañana. Yo algo sabía de Louis Malle, tenía claro que era importante y controversial. Siempre quise ver Pretty Baby con Brooke Shields que fue calificada para mayores de 21 años. Me la perdí porque nunca llegó a esos cines B o C, por eso cuando vi que exhibían un clásico de Malle del año 71, corrí al centro, rumbo al King, que estaba justo al frente del Ópera, donde durante décadas funcionaba el Bim Bam Bum con sus vedettes pero que, por esos años, exhibían cintas audaces o no tanto con un extra: chicas que se desnudaba durante el intermedio (“Cine Show Strip”) y que fueron bautizadas por estos publicistas del morbo como Las Gatitas Adorables de la calle Huérfanos (aún no era Paseo).

Si bien nunca hubo películas para mayores de 22 o de 25 o 30, los encargados de armar las piezas publicitarias estrujaban los reducidos espacios de sus avisos en los tabloides para provocar el mayor morbo: estrictamente para mayores de 21 y con una prosa tan desatada como hilarante y perturbadora (“…el increíble triángulo de una relación que sobrepasa el límite de lo permitido…”).

La gracia de Soplo de corazón es su mirada francesa a un tema complicado. Malle tomo todo a la ligereza y se hace cargo de una relación muy cercana de un chico de unos doce o trece con su guapa madre como algo así como un rito de paso o un error por haber tomado demasiado vino para una fiesta del 14 de julio. La cinta de Malle no intenta titilar, erotizar o escandalizar sino quizás hacer sentir en el espectador cuán cercano puede o debe ser el lazo con una madre y que hasta los lazos fríos entre madre e hijo tiene un componente de piel y de cercanía y de dependencia. De hecho la cinta termina con toda la familia riéndose (aunque no todos saben lo que pasó la noche anterior que, por cierto, fue insinuado, no tuvo nada de explícito, lo explícito en la cinta son los otros lazos madre-hijo: conversar, hablar del amante de la madre, cenar, tomar vino, pasear). El cine King no estaba interesado en eso. Y si bien la cinta de 1971 ya era un clásico, no iba a publicitar su reestreno como un nuevo clásico de una de las figuras claves de la Nueva Ola. Reviso los afiches de Le souffle au coeur y ninguno se parece remotamente al aviso que desplegó el King (junto al Gran Palace). Curiosamente, el chico aparece más desnudo que la guapa madre, la desprejuiciada actriz italiana Lea Massari. Los tagline son los que intentan vender la cinta como algo soez, asqueroso y, al mismo tiempo, caliente e imposible de resistir pues a veces lo prohibido puede excitar más. O eso creían esto hombres de negocio que estaban en el mundo de cine para lucrar y no para aplacar ansiedades cinéfilas. Madre e hijo libres de toda hipocresía…! ¿Qué hipocresía uno se pregunta? ¿Insinúan que lo lógico es que una madre duerma y tenga sexo con su hijo adolescente y que, al no hacerlo, al reprimirse, se convierten en unos hipócritas? Curioso. Conosur, la distribuidora, no creía en los afiches o los avisos minimalistas. Más era, sin duda, mejor. INCESTO: un audaz tema tratado con inigualable desenvoltura por un maestro del cine: Louis Malle. El aviso establece que el film es para mayores de 21 años (no estrictamente) aunque buena parte del público usaba uniforme y tenía un poco más que la edad del héroe: entre 15 y 18 años. Como si la foto de una mujer mayor mirando de cerca el torso desnudo de un chico no bastara, el diseñador gráfico optó un corazón para separar la foto del resto del aviso (¿una madre se enamora de su hijo?, ¿por eso se llama Soplo al corazón, como si fuera un golpe y no en efecto una enfermedad que hace que el chico deba partir a una termas en la campiña francesas?) y, para no desaprovechar el espacio, inserta una foto del del diccionario donde el término incesto está remarcado en un círculo.

Lo curioso es que solo vi los primero veinte o quince minutos de la cinta. La sala estaba bastante llena, casi todos hombres, casi ninguno de 21 años aunque había un buen número de caballeros con impermeables que se sentaban solos. Yo, por cierto, estaba a solas. Y quizás debo haber estado tenso por el tema, aunque intuía que no podía ser una guarrada como esas cintas italianas de los 70 que solamente querían mostrar piel.

Esto, se notaba, en otra cosa.

Y todo el comienzo es acerca de las peripecias del chico con sus amigos y, por sobre todo, son sus hermanos mayores.

Pero entonces sucedió algo curioso.

Llegó un compañero de curso que me caía mal o con el que no tenía onda, pero con el que a veces hacía trabajos. El padre de Miguel se había ido de la casa, por lo que vivía con su madre, que tomaba y nos ofrecía unos cócteles llamados vainas que eran dulces.

Miguel apareció en el cine y buscó donde sentarse en medio de la oscuridad y por un instante fue iluminado por el haz de luz.

Luego se sentó en la fila delante de mío.

Estaba oscuro y no me vio.

Masticaba huevitos de almendra que sonaban fuerte.

Hasta que apareció su madre y se sentó a su lado.

Comenzó a acariciarle el pelo y se decían cosas y comían huevitos de almendras.

Aún no sucedía nada de lo que prometía el aviso pero justo los hermanos del chico de la película lo llevan a un bar-cabaret-prostíbulo en las afueras de la ciudad de provincia donde transcurre la cinta y el chico es obligado a perder la virginidad y queda desnudo, al igual que la chica que ejerce con algo de resignación la profesión y…

Pensé: Miguel está viendo esto con su madre.

Miguel tiene 15 y dice que es virgen. ¿Lo es?

Yo lo era.

¿Por qué ve esto con su madre?

La cinta, de pronto, me pareció estrictamente para mayores de 21 años. Me faltaban muchos años para llegar a esa fecha.

Me salí.

El lunes le pregunté a Miguel si fue al cine durante el fin de semana. No, hacía mucho frío. Nos quedamos en casa, me dijo.

Me fijé que me habló en plural.

Anoche descargué Soplo al corazón.

Creo que la veré esta noche: cuarenta años después.

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