Columna de Marcelo Contreras: Taylor Swift y la dictadura del fan

Fui trolleado tres días por mi revisión de Folklore en estas páginas y recibí alertas de hackeos. Creo que es su mejor disco desde 1989, a su vez uno de los mejores álbumes de la década pasada. Para los fans no fue suficiente.



Gustavo Cerati me trató de “imbécil” vía Twitter en 2009 con rabia acumulada por mis reseñas. Hasta hoy trolls esporádicos les gusta recordar la pataleta del ídolo cada vez que mi firma genera polémicas. Que el ex líder de Soda Stereo leyera mis críticas confirmó lo que siempre pienso cada vez que los fanáticos argumentan que a las estrellas les resbalan los especialistas.

Es bastante obvio el interés de un artista ante el juicio profesional a su obra en un medio masivo. El veredicto de la crítica integra la narrativa del arte. Eran otros tiempos. Un músico de esa envergadura se podía tomar la molestia de expresar su enojo directamente. Ahora los fanáticos hacen el trabajo. El exitoso último álbum de Taylor Swift, Folklore, motivo de récords y elogios, ha llamado la atención no solo por su giro indie, sino también por la destemplada reacción de sus seguidores que han amenazado de muerte a la editora Jillian Mapes del sitio Pitchfork, por no darle un 10 sino un 8, calificación que incide entre varias para alcanzar 89 puntos en Metacritic -aclamación universal-, aunque a distancia del 100 máximo. La crítica de The Observer debió enfrentar un escenario similar, mientras que The Guardian escribió un largo análisis del fenómeno.

Fui trolleado tres días por mi revisión de Folklore en estas páginas y recibí alertas de hackeos. Creo que es su mejor disco desde 1989 (2014), a su vez uno de los mejores álbumes de la década pasada. Para los fans no fue suficiente.

A la altura del episodio de Cerati llevaba una década de llamados con sacadas de madre, amenazas de golpizas y maniobras para dejarme sin empleo. Muchas veces eran los propios artistas quienes cogían el teléfono con palabrotas como un ídolo narcotizado de La Nueva Ola, o el vocalista de una banda oxidada de los 80. Cada episodio no tenía más relevancia que engrosar el anecdotario compartido con colegas. Gajes del oficio.

Con Facebook y Twitter surgieron huestes de fans dispuestos a la batalla dando vida a la stan culture, definición anglosajona para las tribus de la cultura popular que defienden a sus ídolos y géneros con exagerada pasión para conquistar cliqueos, la moneda de cambio en el mercado de las RRSS. En el caso del pop, cada novedad se celebra a muerte entre Barbz, BeyHives y Swifties, los seguidores de Nicki Minaj, Beyoncé y Taylor Swift, respectivamente, entre diversas figuras con sus respectivas legiones. Apenas divisan juicios mediáticos que no comulgan con la rendición absoluta ante la figura admirada, las amenazas y descalificaciones donde se invalida al emisor y su mensaje, arrecian como un largo bombardeo. El concepto se inspira en “Stan”, el hit de Eminem de 2000 con la historia de un fanático homónimo que le envía cartas. El término define a un “fan obsesionado con un famoso o celebridad en particular”.

Las acciones del fandom enfurecido son transversales en la industria del entretenimiento. Las bravuconadas en línea en contra de críticos musicales, de cine y series son niñerías comparadas a la industria de los videojuegos, con casos emblemáticos de ciberacoso como el Gamergate de 2014. Zoë Quinn, una programadora y desarrolladora, diseñó Depression Quest, un juego de roles para combatir su depresión, provocando airadas reacciones entre gamers reacios a los giros en la narrativa habitual, incidente que escaló hasta implicar a otros desarrolladores, sitios y periodistas abanderados. Quinn fue amenazada de muerte y violación, publicaron sus datos y hackearon sus cuentas. Hasta hoy es un problema sin resolver en esa industria el alto nivel de toxicidad en sus comunidades, y el uso de vericuetos tecnológicos para imponer un ambiente agresivo de características misóginas y racistas.

Probablemente Yoko Ono fue la primera víctima de un fandom intolerante con hálito discriminador, alentado por la prensa para una explicación burda a un destino inevitable como la separación de The Beatles.

Por otro lado, persisten los artistas que consideran inválida la crítica profesional si no proviene de un músico. En 2019 la cantante Lizzo reaccionó al 6.5 que le asignó Pitchfork a su último álbum Cuz I love you, alegando que los críticos que no hacen música debieran estar “desempleados”.

El ejercicio crítico profesional no depende de la dicotomía me gusta/no me gusta, ni garantiza su valor si la pluma detrás sabe tocar algo más que el timbre. Eventualmente aporta información y expertiz puntual, pero en ningún momento es determinante para el análisis, una guía con rigor periodístico para comprender con más herramientas obras y artistas, destacar su valor, o señalar reparos. ¿Acaso no se puede criticar a la crítica? Absolutamente, apuntando con ideas y argumentos si es floja o antojadiza.

Ese mundo mullido que el fanático aspira con la estrella blindada e incuestionable carece de atractivo, sugiriendo un relato chato, donde toda obra y acción del ser idolatrado resulta maravillosa e intensa. Una fantasía aburrida, dictatorial, donde la heterogeneidad desaparece peligrosamente.

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