Director de Un hombre alado: “Cerati se sentía más como un aprendiz”

Un hombre alado

Un hombre alado (2020), el documental de Felipe Restrepo —que hoy estrena el Festival de Cine de Viña del Mar—, recrea cómo fue el músico en sus distintas facetas como artista. A través de testimonios de compañeros de ruta y cercanos, la película se vuelve sobre los procesos creativos del hombre de Colores Santos. En conversación con Culto, su realizador detalla revelaciones y sensaciones del ídolo argentino.



Felipe Restrepo (1976) escuchó a Soda Stereo por primera vez cuando tenía 16 años, en una de las primeras salidas con el permiso de sus padres. Junto con sus amigos fueron a la segunda versión del Concierto de Conciertos en la ciudad de Bogotá, año 1991, instancia en que la banda de Gustavo Cerati cerró el cartel.

—Me llamó poderosamente la atención el impacto que tenía en la gente. Todo el mundo se sabía sus canciones y había una alta expectativa por verlos. Era una banda latinoamericana, pero nos daba la sensación de que era traída de Europa —recuerda Restrepo al otro lado de la línea.

Esa noche marcó el futuro del director colombiano, no solo porque la música del argentino lo acompañaría por el resto de su vida, sino también porque casi tres décadas después publicaría un documental sobre él.

Se trata de Un hombre alado (2020), película que cierra hoy la versión en línea del Festival Internacional de Cine de Viña del Mar, con función única a las 21:30 horas y entrada gratuita que se puede conseguir —previa inscripción— en el sitio oficial del certamen: ficvina.cl.

Un hombre alado

La obra, filmada como un proyecto independiente, explora cómo fue el argentino en sus distintas facetas como artista. A través de los testimonios de amigos y colegas, como el ingeniero de sonido Adrián Taverna, los músicos Tweety González, Richard Coleman y Andrea Álvarez, el peluquero Oscar Fernández Roho y el cineasta Eduardo Capilla, entre otros, busca descifrar cómo era su proceso creativo tanto en el estudio como en el escenario.

En conversación con Culto, Restrepo —que también es académico de la U. de Buenos Aires— detalla cómo fue la filmación y las revelaciones que encontró acerca de la personalidad y el legado del músico, quien escribió en álbumes como Canción animal (1990), Bocanada (1999) y Fuerza Natural (2009).

Amable, cordial, altruista

-¿Cuál es tu etapa favorita de Cerati?

-Creo que la más poderosa es la de él como solista. Colores santos (1992) con Daniel Melero me parece excepcional, advirtió todo lo que vendría en su trabajo en solitario. Representa esa idea más ecléctica, experimental, de ir a la periferia, y creo que Cerati fue mucho más pleno en ese desplazamiento. Por ejemplo, su faceta como músico electrónico y todo lo que enhebró desde ahí, esa búsqueda constante que tenía con las máquinas y la tecnología me parece muy interesante. Creo que ese es uno de los compromisos que debe tener todo artista: tratar de transitar en lo inconvencional y encontrarse con nuevas formas que permitan expandir la experiencia musical.

-Un hombre alado se centra en explorar cómo fue en sus distintas facetas como artista, más que exponer datos íntimos sobre su historia. ¿Crees que su figura de rockstar difiera de cómo era detrás de cámaras?

-Una de las cosas más lindas que sucedió en el proceso fue darme cuenta de que no estaba dividido lo uno de lo otro. Estaba la idea de que era una estrella, por lo que meterse con alguien así podría relacionarse con pedantería y soberbia, pero no fue el caso, sino que todo lo contrario. Me di cuenta de que era muy sensible con toda la gente que estaba a su alrededor, colaboraba con ellos y todo el tiempo estaba tratando de absorber de otros, para así incorporar esos elementos en sus creaciones. Me pareció que ahí había un carácter humano. Cuando corría el velo de ese personaje, notaba que era muy amable, cordial e incluso altruista. Hay momentos en los que los entrevistados comentan que si faltaba un instrumento, él no tenía problema en prestar el suyo, lo mismo con sus estudios de grabación. A veces aparecía en los bares de Buenos Aires a mitad de la noche, porque bandas under lo invitaban para que escuchara sus canciones. Me parece rescatable que como artista tenga la capacidad de ponerse a la par de sus compañeros.

-Durante la investigación, ¿encontraste algún dato que hayas considerado importante y que otros filmes o libros hayan pasado por alto?

-Varios, creo que eso diferencia este trabajo de otros. Yo mismo me sorprendí con los testimonios mientras los iba reuniendo. Por ejemplo, toda la faceta vinculada a la película + Bien (2001) de Eduardo Capilla, que fue su gran amigo y también hizo varios videos para la carrera de él y Soda Stereo.

Eduardo Capilla en Un hombre alado

“Hay un dato muy lindo del director de cine, Ariel Rotter, en el que cuando terminó su ópera prima Solo por hoy (2001), se le ocurrió ir a tocar la puerta del departamento de Gustavo y cuando él abrió, le dijo “déjame la película, la veo y te digo si me interesa colaborar en ella”; al otro día lo llamó y le dijo “me encantó, yo hago la música”. Me parece sorprendente que una persona en su primer filme haya podido trabajar con él para una banda sonora. Esas cosas lo hacían ver más humano, además de su admiración por figuras como Luis Alberto Spinetta. Sus momentos de ternura y obsesión: estaba muy preocupado de la luz, el sombrero, el vestuario, las cámaras, el sonido y todos esos elementos. Él tenía que saber cómo estaban funcionando”.

“Todos hablaban de él como si no hubiese muerto”

-El documental cuenta con varios testimonios de amigos y colegas de Cerati, ¿cuál fue el punto de partida? ¿Cómo los contactaste?

-Fue un proceso largo con la productora. Paulina De Cesare estuvo a cargo de la investigación. Sabíamos que teníamos que reunir mucha paciencia y ser obstinados, porque no nos iban a abrir la puerta inmediatamente, aunque algunos sí lo hicieron. Hicimos un listado con las personas que más nos interesaba dialogar, algunas quisieron y otras no. La estrategia fue encontrar aliados y con ellos hicimos un téaser, luego le mostramos esa pieza a otro y así fueron captando la puesta en escena y que era un proyecto serio. Hubo fuentes a las que convencimos después de tres o cuatro reuniones, fuimos muy insistentes, pero en ningún momento fue agotador, en el sentido de que la emoción de contar con ellos superaba cualquier esfuerzo previo. Siempre hablábamos con el equipo que no queríamos que las entrevistas fuesen rígidas, sino que más bien buscábamos generar un intercambio, una conversación en la que pudiésemos captar aspectos sensoriales para atraer al espectador.

Richard Coleman, imagen de Un hombre alado

-Tardaron cuatro años en filmar el documental, ¿cómo fueron las conversaciones con quienes se negaron a participar desde un principio?

-Me acuerdo mucho de Fernando Samalea, uno de los tantos bateristas de Cerati. Siempre quise tenerlo, ya que no solo estuvo con él, sino que también atravesó todo el rock argentino, como por ejemplo, en la banda de Charly García. Fuimos a su casa y nos dijo que le parecía muy lindo lo que estábamos haciendo, pero que no estaba preparado emocionalmente para hablar sobre él, aun así nos compartió material de archivo. El que más nos costó, no por falta de voluntad, sino porque quería convencerse de que íbamos a honrar la figura de Gustavo, fue Adrián Taverna, su sonidista desde antes de que formara Soda Stereo hasta el último momento. También fue su gran amigo y probablemente el tipo que más lo conoció, ellos mismos compraban las máquinas y se sentaban a experimentar con ellas. Al final se convenció y sacamos un bonito momento con él.

Eduardo “Barakus” Iencenella, Adrían Taverna y Gustavo Cerati en los camarines del anfiteatro San Rafael en Mendoza, 2001

-Leí que has contado que el documental nos sitúa en el presente, debido a que los entrevistados se refieren a Cerati como si todavía estuviese aquí. ¿Qué es eso?

-Me gusta pensar las películas en la medida que las voy realizando, pero sí tenía claro que quería generar esa idea. Eso terminó de remarcarse con lo que me encontré en las conversaciones, todos hablaban de él con calidez, valoración y una gran carga humana, como si no hubiese muerto. Decían “cuando vamos con Gustavo”, “cuando él me llama” y yo me di cuenta de eso al principio, por lo que quise entrar en ese juego en los cuestionarios previos a juntarme con ellos. Cuando llegamos al montaje, siento que se pudo mantener esa línea, como si estuviésemos inmersos en su cabeza, tratando de escuchar sus pensamientos.

-¿Por qué crees que se refieren a él de esa manera?

-Tiene que ver con la obra que dejó, creo que su material sigue en expansión y todavía hay muchas cosas que están por ser escuchadas dentro de su mundo; por ejemplo, todo ese campo electrónico. El poder de los grandes músicos es que cuando uno vuelve y se reencuentra con su creaciones, le sigues encontrando otras líneas. Pareciera que no va desaparecer, porque todavía ocurren giros que están conectados entre sí; como en los últimos álbumes, en donde habla de conceptos parecidos a los que había abordado en los primeros. Es como en las películas de Tarantino, él dice que todas están unidas, con Cerati es similar: uno vuelve a sus trabajos, busca conexiones y eso permite que siga vigente.

Un hombre alado

“Trata sobre sus obsesiones por estar en la cresta de la ola”

-El documental no muestra testimonios de su familia, Charly Alberti ni Zeta Bosio. ¿Por qué?

-No quisieron participar, los contactamos en varias oportunidades. Zeta nos dijo de manera muy cordial que no estaba interesado y Charly cerró todas las posibilidades desde un inicio. La familia de Gustavo nos dijo a través de su representante legal que estaban en otro proyecto, eso fue en la época de Bios. Me pareció legítimo. No puedo decir que no hubiese sido interesante tenerlos, pero con el tiempo me di cuenta de que me obligó a pensar más en cómo persuadir al espectador y cómo exigirme para llegar a la pieza final que quería mostrar. El que quiera escucharlos puede hacerlo en el programa de NatGeo. Ellos no fueron los únicos que ayudaron a armar su legado.

-¿En qué se diferencia Un hombre alado con otros proyectos que se han hecho sobre Cerati?

-Este documental se centra más en su proceso creativo y en cómo fue él en el estudio. Trata sobre Gustavo en relación a sus letras, su música, a cómo iban aparecían las sonoridades, sus obsesiones por estar en la cresta de la ola con los avances tecnológicos, su puesta en escena, qué no se le podía escapar en los conciertos, cómo se nutrió de otros y cómo era su posicionamiento como artista. Cerati se sentía más como un aprendiz que como un maestro.

“Ya no vuela solo por Buenos Aires”

-¿Has leído los libros que han salido sobre él? ¿Cuál recomiendas a sus seguidores?

-Cerati en primera persona (Planeta, 2017) de Maitena Aboitiz, me parece interesante como glosario. Fue uno de los que más me sirvió para ir a momentos muy específicos. Pasa por toda su obra, por lo que si quería datos de Amor Amarillo, me metía ahí y leía unas páginas. Aun así, de todos saqué un poco. De Cerati. La Biografía (Sudamericana, 2015) de Juan Morris también saqué referencias, aunque a veces no coincido con la manera en que lo abordó, cuando en entrevistas se habla de él desde la muerte; creo que hay muchas cosas más interesantes que eso, pero tiene datos que son importantes. También Cerati (Planeta, 2014) de Gustavo Bove, el cual tiene diálogos con él en primera persona. Fue imposible centrarse en uno solo.

-A lo largo de su carrera, Cerati incluyó la idea de “volar” en sus composiciones, un ejemplo clave es “En la ciudad de la furia”. Después de escuchar tantas visiones distintas durante la filmación, ¿qué interpretación le das a ese concepto?

-Él quería trascender, llegar a la gente. Imagino que es un hombre alado que ya no vuela solo por Buenos Aires, sino que por toda Latinoamérica, va irradiando con su música. Tiene que ver con la idea de ir hacia donde quiera, ya que nunca estuvo atado a un lugar o un género; fue muy sincrónico con su manera de ver la vida a través de esa metáfora.

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