Luca: los bellos veranos de la niñez según la imaginación de Pixar

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El largometraje número 24 de la compañía de animación –en Disney+ desde este viernes 18– es fruto de los recuerdos de su director, el genovés Enrico Casarosa. Inspirado por las amistades que forjó mientras crecía en Italia, y guiado por su fascinación hacia el trabajo de Hayao Miyazaki, creó la historia de dos monstruos marinos adolescentes que viven una entrañable aventura. “Queríamos hablar sobre la amistad que nos cambia”, dice el realizador en una conferencia en la que participa Culto.



Como a veces pasa con las grandes amistades, Alberto y Enrico eran como el agua y el aceite. Uno era un chico desordenado que básicamente hacía lo que se le daba la gana; el otro, notoriamente más tímido, solía refugiarse en el calor del hogar. De alguna manera, ambos se las arreglaron para forjar una relación estrecha en la Italia de los años 80 y para conservar el vínculo intacto durante cuatro décadas.

Ahora, este viernes 18, Enrico Casarosa (49) estrena globalmente una película inspirada en ese amigo entrañable que conoció cuando crecía y que se quedó para siempre en su vida.

“¿Yo sería quién soy o hubiera perseguido mis sueños por el mundo si no lo hubiera conocido a él? Ese es el tipo de amistad de que queremos hablar con Luca, la amistad que nos cambia, que nos hace crecer y encontrarnos con nosotros mismos”, explica el director en una conferencia virtual en la que participa Culto.

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Genovés de nacimiento pero radicado en Estados Unidos desde que hace casi 30 años llegó a estudiar animación a Nueva York, el realizador debuta como director de un largometraje con la película de Pixar que se lanza en la plataforma Disney+, una inmersión en la Riviera Italiana que conoció en detalle siendo joven.

Con la dosis de fantasía necesaria, Casarosa imagina a Luca, un monstruo marino al que se le revela que puede abandonar el agua y adquirir forma humana. El causante de su descubrimiento es Alberto, un adolescente de edad similar que no teme infiltrarse entre los humanos del pueblo ficticio de Portorosso. Ambos no tardan en pasar días juntos en la superficie y de entretenerse en la localidad, ya sea comiendo pastas exquisitas o soñando con tener su propias motos Vespa.

Es el tipo de experiencia emotiva del estudio de animación que también encanta por cómo captura el entorno en el que instala su historia, como hace 14 años lo hizo Ratatouille con París o en 2019 lo ejecutó Coco con la cultura mexicana.

Debido a los recursos casi infinitos de la compañía, el director viajó junto a otros animadores de la cinta al norte de Italia, parte de una investigación que describe como “muy ardua, muy difícil”. “Tuvimos que llevar a nuestro equipo allí, porque no crecieron en ese lugar, y tuve que hacer de anfitrión. Hicimos un par de viajes, probamos todos los helados, vimos películas maravillosas”, cuenta, junto con señalar que les mostró clásicos italianos de autores como Federico Fellini y Vittorio De Sica.

De compartir con el resto de los creadores algunos largometrajes como Ladrones de bicicletas luego abandonó Occidente para perseguir otros referentes. Historias que también se vinculan con lo que podía ver siendo niño en Italia, siempre con la mira en resolver “cómo podemos hacer que esto sea diferente y cómo podemos hacer de este un mundo para niños, un mundo lúdico”.

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“Cuando comencé a hablar sobre la animación, realmente estábamos interesados en hacer algo de exploración y traer inspiración a nuestra animación 3D para que fuera un poco más 2D. Así que miramos toda la animación japonesa. Amo a (Hayao) Miyasaki y él hizo Future Boy Conan, esta serie de televisión con la que crecí”, explica el director, también seducido por la técnica stop motion que han desarrollado estudios como Aardman (Wallace y Gromit).

De inspiración muy personal y contagiado por títulos ya existentes, el resultado es una de las películas más frescas y genuinas de la firma detrás de Toy story en el último tiempo. “Lo maravilloso es que Pixar abraza la especificidad, y creo que si eres lo suficientemente personal, las relaciones y las emociones son universales. Si esto fuera sólo una autobiografía, probablemente no lo haría”.

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