Columna de Matías Rivas: Una pareja oculta

Roberto Calasso y Fleur Jaeggy.



La reciente muerte del escritor y editor italiano Roberto Calasso, en julio de este año, suscitó una justa conmoción en el espectro literario. Quizá era el último de una estirpe de eruditos con una obra gravitante, humor y opiniones arbitrarias. En esa tradición podemos incluir a J.L. Borges, Marguerite Yourcenar, T.S. Eliot y, por cierto, a Mario Praz, quien fue su maestro. Son autores dedicados a resucitar incógnitas del pasado y conectarlas con la historia cultural. Conciben sus ideas circulando por los entresijos de la tradición.

Leí la entrevista que le hicieron en The Paris Review, donde cuenta cómo fundó, junto a su extravagante amigo Roberto Bazlen, uno de los sellos más prestigiosos de Europa: Adelphi Edizioni, que propuso renovar las lecturas clásicas y arriesgarse con títulos contemporáneos. Calasso habla con seguridad de temas esotérico. Las religiones, las mitologías, el ocultismo y el Talmud le apasionaban. La novela Las bodas de Cadmo y Armonía es la máxima expresión de su narrativa. En la conversación, se centran en el fenómeno que generaron sus títulos, puesto que renovó el gusto por los dioses antiguos.

Debo confesar que prefiero sus ensayos. En particular, el volumen Los cuarenta y nueve escalones deslumbra por el despliegue de conocimientos, asociaciones e ideas en un estilo elegante y claro. Las pesquisas sobre figuras de la índole de Sigmund Freud, Simone Weil, Walter Benjamin y otros miembros de la cultura de Viena de 1900, permiten observar la modernidad desde sus cimientos, reconocer a sus fundadores con intención crítica.

Al leer los obituarios de Calasso me fije en las fotos. Sale su viuda Fleur Jaeggy junto a otra mujer abrazadas. Es la exmujer de Calasso, una escritora alemana con la que tuvo dos hijos. Entrañable situación. Él era un hombre misterioso. Ella es una mujer secreta, que vive en otra sintonía. Residían en Milán. El paganismo era un tema común. Jaeggy tiene más de ochenta años, y no se expone demasiado. Definitivamente no le entusiasman las entrevistas y sufre al ser fotografiada. Según los que la conocen, es tímida y de una belleza que se mantiene intacta. Sus obras son breves, extrañas, afiladas. Flavia Company, una de sus traductoras, advierte: “Olvídese de todo lo que ha leído y de todo lo que va a leer. Jaeggy es distinta”.

Los hermosos años del castigo es su obra más autobiográfica. Cuenta la educación que recibió en un instituto femenino de su Suiza natal. Escrita como un recuerdo, unas memorias perturbadas, es un libro sobre un colegio que, en el fondo, es un manicomio. El ambiente es claustrofóbico. Jaeggy narra la oscura metamorfosis de niñas en esposas. Su estilo impresiona por la exactitud, las frases cortas, frías. Habla de la crueldad y la normas, del lazo entre perfección y locura. Es una novela que dialoga con Jacob von Gutten de Robert Walser. La disciplina, cruel y ridícula, es estudiada en ambas. En vez de eludir su referente, Fluer Jaeggy lo muestra en el comienzo del libro: “A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve”.

Me inclino por los cuentos de El último de la estirpe y sus Vidas conjeturales. El arte de la síntesis es lo que Jaeggy maneja con una distinción única. En sus relatos cuenta episodios inquietantes, excéntricos. Recuerdan a las pinturas de Balthus. En esos libros incluye retratos de personajes que conoció o admira. En Vidas conjeturales perfila a sus precursores: Thomas De Quincey, John Keats y Marcel Schwob. Los muestra con soltura y precisión, envueltos en un aura metafísica rara. En cambio, a sus amigos Oliver Sacks, Joseph Brodsky e Ingenbor Bachmann los muestra en episodios íntimos, acotados, llenos de emoción contenida.

En los personajes de Jaeggy es latente la represión sexual y su deriva en caracteres retorcidos. Más que cuentos, son pequeñas tragedias aguzadas y oscuramente irónicas. En Soy el hermano XX exhibe la demencia desatada. Le da la palabra a un demente que nos deja estupefactos con su discurso acezante, cuya identidad se modifica con cada frase.

Tal vez su obra más dislocada es El dedo en la boca. Es un caso médico, una parodia: se trata de una mujer que se mete el dedo en la boca y que al contar su existencia nos sumerge en un delirio digno de una vidente. Jaeggy transforma los traumas en una serie de sucesos infantiles y perversos, en los que la claridad de la prosa solo oculta los hechos. La protagonista es una vidente distraída.

No he averiguado detalles sobre lo que aconteció el día del entierro de Roberto Calasso. Sería una indiscreción. Cuidó su privacidad con rigor, al igual que Fleur Jaeggy. Trabajan juntos y compartían preferencias, poco más sé. Las imágenes del funeral aún me rondan. Me hizo pensar en la vejez, la enfermedad y la tristeza. Compartían la pasión por la mística y la distinción. Leían por sobre todo. Ella no ha dejado de estar oculta. Él se decidió por revelar enigmas. Recuerdo pocas parejas de escritores en esa frecuencia. Sospecho que una de las cuerdas que estrechaba la relación era el silencio. Encuentro una sencilla nota que ella le dedicó: “amor de toda una vida”.

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