La muerte del último compañero de Violeta Parra

FOTO: Sesión de Javier Pérez Castelblanco

El uruguayo Alberto Zapicán llegó a la vida de Violeta Parra en sus últimos meses, debiendo incluso auxiliar un intento de suicidio previo. Aunque establecieron una relación tormentosa, fue quizás la última persona que le aportó algo de luz a una existencia que se estaba esfumando en silencio. Nunca la olvidó, incluso hasta su vida en un lejano balneario uruguayo, donde murió a los 94 años en septiembre.



Alberto Zapicán se inquietó ante tanto silencio e intuyó que algo podría haber pasado. Se acercó a la puerta principal y la golpeó con violencia para tirarla abajo. Ahí vio a Violeta Parra arrojada sobre una cama y con cortes autoinfligidos en los brazos, por lo que tomó un par de vendas y le hizo unos nudos para poder contener la sangre y las heridas. Le había salvado la vida.

En rigor, con esa reacción acontecida en enero de 1967, sólo postergó un desenlace que ya era inevitable, materializado un mes después, cuando el 5 de febrero la mayor artista de la música popular chilena decidió quitarse la vida con un disparo en la sien.

“Violeta tuvo al menos tres intentos de suicidio antes del definitivo. Alberto la salvó en uno de ellos y prolongó sus tiempos. Eso habla de que fue una figura puntal en sus últimos meses. Dormían juntos, estaban juntos, compartían la pobreza, lo que no era fácil para alguien compartir esa pobreza. Era una relación afirmada en varios ejes; hay muchos desencuentros, por ser él diez años más joven, pero también él la aquilata y le entrega muchas cosas, sobre todo desde lo social e intelectual. Alberto se entregó y soportó mucho”, califica la periodista Patricia Stambuk -autora junto a Patricia Bravo del libro Violeta Parra: primera biografía- ante una figura masculina que se convirtió en reflejo y escudero de esa tempestad tan torrencial como sombría que cubrió el epílogo de la artista.

Un uruguayo que ejerció los roles de artesano, activista político, músico, agricultor, luthier y terapeuta naturalista, y que de modo espontáneo se transformó en su último gran compañero, con su voz presente en cuatro temas de ese testamento monumental llamado Las últimas composiciones (1966), a la par de recibir en el mismo disco la no demasiada afectuosa dedicatoria de El Albertío: “Yo te di mi corazón/ ¡degüélvemelo enseguí'a!/ A tiempo que me hei da’o cuenta/ que vo’ no lo merecías”.

Eso sí, Alberto Giménez -su verdadero nombre- nunca dejó de pensar en Violeta. Incluso cuando en 1997 retornó de manera definitiva a Uruguay para vivir junto a su mujer y su último hijo en un pequeño balneario llamado Neptunia, en el camino que une Montevideo con Punta del Este, donde la noche del lunes 13 de septiembre falleció a los 94 años como consecuencia de una enfermedad pulmonar.

“Al hablar de Chile siempre fue muy discreto, porque habían cosas que lo emocionaban mucho. Hablar de Violeta aún lo emocionaba”, rememora Pablo Vagnoni, amigo de Zapicán en Uruguay y quien se atendió con él cuando ya en la adultez estaba consagrado a su faena de terapeuta y masajista. Después agrega: “Pero también estaba consciente de que había sufrido mucho. La dictadura de Pinochet lo destrozó de todas las maneras posibles. Siempre decía: ‘no me mataron porque no pudieron’. Pero sí lo dejaron con muchas secuelas físicas, entre ellas, los problemas respiratorios con los que debió lidiar siempre”.

Zapicán efectivamente no sólo había logrado sobrevivir a la persecución y las torturas del régimen militar. También, dentro de la vorágine que significó su vínculo con Parra, había tenido que reponerse a un trauma mayúsculo: fue finalmente la persona que estaba con la cantautora cuando tomó la más radical de las determinaciones.

El músico en su adultez, viviendo en la localidad uruguaya de Neptunia.

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Nacido el 27 de agosto de 1927 en Lavalleja -el Departamento en que está la localidad de Zapicán desde donde tomó su apellido-, fue hijo de un padre indígena y de una madre de ascendencia española, educándose de forma autodidacta y sin nunca recibir una formación más tradicional. Recién aprendió a leer a los 17 años y en su juventud llegó caminando hasta el Amazonas, donde vivió en distintas comunidades ancestrales.

“Jamás pisó una escuela y no estaba ni ahí con la educación occidental”, resume Vagnoni. De vuelta en Uruguay, en 1960 se integró a un programa del gobierno que invitaba a ciudadanos anónimos a viajar hasta la ciudad chilena de Valdivia para ayudar en su reconstrucción tras el terremoto que había sufrido ese mismo año. Ya avezado en los oficios de carpintería y constructor, los que había desarrollado tanto en su país como en Brasil, Zapicán decidió pasar varios meses en el sur del planeta, levantando casas de tronco con techos de quincha, y maravillado con la idiosincrasia serena que identifica al mundo rural chileno, tan similar, según subrayaba, a su símil uruguayo.

De regreso en su tierra, retomó otra de sus pasiones: la militancia política. Se integró al ya creciente Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros y participó en todas las manifestaciones populares de su tiempo, incluyendo la célebre en su país marcha campesina de 1964 -la “marcha de los cañeros”-, encabezada por el guerrillero Raúl Sendic. Ahí fue arrestado y se convirtió en el primer torturado político de Uruguay, detonando hasta la solidaridad pública del escritor Eduardo Galeano, quien escribió distintas cartas exigiendo su liberación.

Cuando décadas más tarde recordaba su paso por Tupamaros, su mirada transmitía nostalgia pura: “El grupo era una entrega de tu existencia por un ideario. Hoy no, hoy la gente no entrega ni su tiempo por un ideario. Hoy te dicen: espera que termine con la computadora y te atiendo”, reclamaba en una entrevista de 2017 con la web del Colectivos de Trabajadores de Chile (CC.TT.).

Ante los complejos episodios que había debido tolerar -y ya fichado y vigilado por la policía como un agente agitador- , decidió venir nuevamente a Chile en 1965. Sería la travesía que cambiaría su destino. “Entré de forma clandestina cuando yo ya venía muy trajinado. Era como un rebelde... pero con una causa”, se autodefinió en 2007 en una entrevista con la periodista Marisol García.

Se comenzó a vincular con colectivos sociales y artísticos, donde conoció al cantautor nacional Osvaldo “Gitano” Rodríguez. Compartieron gustos por el cancionero latinoamericano con sensibilidad social, con Violeta Parra como uno de sus ejes. También por esos días nació su apodo de “el Indio” debido a sus raíces indígenas, aunque hasta hoy algunos cercanos se ríen con cariño del contrapunto: de tez blanca e imponentes ojos azules, su aspecto más bien parecía arrancado del viejo Hollywood.

Fue idea del propio Rodríguez llevarlo a la carpa que Parra había levantado desde diciembre de 1965 en la esquina de avenida La Cañada con Mateo de Toro y Zambrano, en la comuna de La Reina. Si su experiencia señalaba que había ayudado a cimentar construcciones en lugares mucho más inhóspitos, podría servir de gran ayuda para empujar un proyecto que aún no estaba concluido, que seguía a medio camino entre la indiferencia generalizada y la ausencia de apoyo financiero.

En 1966, cuando ambos se conocieron, la voz de Gracias a la vida no atravesaba sus pasajes más luminosos. A la desazón por el irregular eco de su obra artística se sumaba el fin de su relación con el antropólogo suizo Gilbert Favre, quien había partido a Bolivia, sepultando la relación más relevante de su vida.

Ella estaba muy sola. Por soledad también se genera un acercamiento y una química tan fuerte con Zapicán. Él también lo ha dicho: a Violeta era una mujer que le gustaban los hombres y él no sólo era un tipo bellísimo, sino que también era de campo, de una extracción similar, había múltiples formas de contacto: lo poético, lo artístico, lo musical, lo social. Violeta sacó el lado musical que él tenía, pero él fue quien mejor la caló intelectual y socialmente en los últimos momentos de su vida”, postula Stambuk.

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Pese a la sincronía, el primer cara a cara no fue precisamente armonioso y estuvo agitado por el consabido temperamento de la cantante. Cuando Zapicán llegó hasta la carpa con el “Gitano” para verla actuar, Violeta se habría fijado en él y le habría espetado: “¡Qué te creís huevón que estás recién llegado y no aplaudes!”. A partir de ahí, le ofreció trabajar en la carpa a cambio de alojamiento, ropa y comida.

Una tarde, sin más propósito que pasar el rato, el uruguayo tomó uno de los bombos que había en el lugar y comenzó a percutirlo con cierto sentido melódico, tal como lo había oído de los grupos indígenas con los que había compartido. La chilena lo escuchó y no dudó ni un minuto: lo invitó a formar parte del disco que estaba preparando, el que más tarde se convertiría en Las últimas composiciones.

Uno de los músicos chilenos que más compartió en esos días con el “Albertío” fue Pedro Aceituno, parte de Curacas, agrupación nacida en La Peña de los Parra, en Santiago Centro, y donde también tocó Zapicán tras el fallecimiento de la autora de Volver a los 17. “Era un hombre de mucho carisma y que lograba congregar muchos seguidores. De hecho, él nos bautizó como Curacas. Tenía también mucho espíritu de aventura, por eso había llegado a Chile y se había embarcado en trabajos que parecían muy esforzados. Pero también era muy reservado y discreto. Me parece que eso lo ayudó a contrapesar una personalidad tan fuerte como la de Violeta. Nunca hablaba mucho de lo que ellos tenían. Yo diría que fue su gran compañero. Se ha mitificado mucho que fue su amante, pero más bien fue su compañero”, asegura.

Stambuk también sugiere un matiz: “Él siempre la trató de dimensionar como una mujer única en Latinoamérica y habló de una relación que pudo haber sido más que de lo que fue. Sus descripciones también hablan de una mujer que estaba abandonada. Me parece que sus vínculos personales eran muy fuertes, pero iban más allá del amor físico”.

En la entrevista con Marisol García, Alberto da su versión: “Todos esos cuentos con los que se queda la gente. Es pesado, claro; porque, sin que en ello yo viviese la culpa ni algún sentido de responsabilidad, hice lo que pude: intenté, tiré mensajes, avisos, órdenes, códigos y señales… pero más no podía. En eso tuve siempre la plenitud y la tranquilidad de que siempre estuve allá, a la vista. Después es muy fácil hablar para quienes no han vivido las historias”.

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En diciembre de 1966, Gilbert Favre pasó por Santiago junto al grupo que tenía en Bolivia, Los Jairas, y se presentó en La Carpa de La Reina. Fue la última vez que se vieron con Violeta. Tras ello, se volvió a refugiar en Zapicán, momentos donde quizás aflora el calificativo más adecuado para el lazo que construyeron: en los meses previo a su fallecimiento latía el estrés de una relación tormentosa. Parra quería tener más control sobre él, pero él se resistía. El uruguayo se fue dos veces de la carpa, a la casa de “Gitano” Rodríguez en Valparaíso, buscando un poco de respiro ante la creciente tirantez.

Pero volvió en febrero para nuevamente poner a prueba los afectos. “A Violeta le gustaba mucho su presencia. Él fue muy leal y muy bien compañero, me consta porque lo presencié. Le dio su apoyo cuando a ella no la inflaba nadie, cuando le daban con un palo y la criticaban. Además que para construir (la carpa) terminó siendo muy hábil”, califica Aceituno.

El fatídico 5 de febrero, ambos almorzaron en compañía de Carmen Luisa Arce Parra, la hija menor de la artista. Tras largos silencios y una situación más bien incómoda -la pareja había discutido por la mañana-, la cantautora se retiró a su habitación y después de un rato materializó el punto final a su existencia. Nuevamente Zapicán debió pegarle a la puerta para ver qué había pasado, aunque esta vez la escena era irremediable.

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Siguió viviendo con los hijos mayores de la cantautora -Isabel y Ángel-, pero después de un tiempo se distanciaron para siempre. Ahí se fue a la Villa Jaime Eyzaguirre (actual Villa Los Jardines), en Ñuñoa, donde en 1970 despachó su adiós más público a su compañera fallecida: el álbum solista El grito salvaje, mezcla entre carta de amor y lamento por lo que se perdió para siempre. En la contratapa escribe su compatriota, el cantautor Alfredo Zitarrosa: “Sé que en este disco quiere expresar su amor, su casi veneración y su apasionada nostalgia por Violeta Parra. Sin duda, todo eso no cabía aquí. Pero asoman en las canciones los brotes nuevos de esa planta que lo abraza para siempre. La gran poetisa chilena, aquella mujer que también lo amó y lo admiró como se puede amar a este hombre blanco y conmovido que es Alberto”.

Por esos mismos años también editó un libro de poesía y comenzó una marcha errante por la capital que lo llevó a residir en la Villa Olímpica. Ahí conoció a Mercedes de Guadalupe Borques, mujer 23 años menor, con quien se emparejaría de forma definitiva en los 80. En 1997, ambos partieron a Uruguay con el único hijo que tuvieron, Batoví.

“Al llegar a Uruguay, Alberto prefirió dejar de cantar”, cuenta “Lupe” desde Neptunia -la misma localidad a la que arribaron hace más de dos décadas-, advirtiendo que su cada vez más deteriorada condición pulmonar le impidió reactivarse como artista en la adultez. Se dedicó a la cosecha de verduras, a la medicina natural y a los masajes, por los que -según su viuda- nunca cobraba.

“Lupe” se muestra muy discreta al minuto de hablar de la vida de su fallecido marido con Violeta Parra, aunque subraya que siempre guardó buenos recuerdos de Chile, pese a los traumas y las heridas que debió cargar. “Él también estuvo preso un tiempo durante la dictadura de Pinochet. Por eso, cuando llegamos a Uruguay lo único que quería era una casa grande y libre, donde pudiese entrar cualquiera, donde no se sintiera encerrado”.

Más que un sitio privado, esa casa donde vivió hasta su muerte se convirtió en un recinto de peregrinación donde muchos llegaban a conocer al protagonista final en la vida de Violeta Parra. Testigo cercano y privilegiado de su último brillo y su último tormento.

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