A 20 años del Estadio Nacional: la trama secreta del show más épico de Los Prisioneros

Miguel Tapia, Claudio Narea y Jorge González, el 9 de octubre de 2001 en la Feria del Disco del Paseo Ahumada, en una conferencia en la que anunciaron el primer show en el Estadio Nacional. Foto: Copesa

La banda ensayó durante meses el orden exacto de los temas y no hubo veto a ninguna canción. Algunos de los instrumentos utilizados fueron “por canje” y el escenario frente a Andes no fue aleatorio: la idea era que todos vieran más cerca y que el volumen fuera el mismo en cancha y galería. En el estadio estuvo uno de los amigos del liceo del grupo, que se emocionó al escuchar "El baile de los que sobran" por su condición de obrero.



La petición fue explícita y sin rodeos: “Chalo, si pasa cualquier cosa, no te preocupes. Lo único que tienes que tener en consideración es que mi voz no se puede cortar, no porque yo quiera que no se me corte, sino porque la gente va a cantar todo lo que toquemos, entonces si se pierde la guitarra o la batería nadie se va a dar cuenta, porque todos van a estar preocupados de la voz”. Esa única instrucción recibió el ingeniero de sonido Gonzalo “Chalo” González de parte de Jorge González, antes de que Los Prisioneros se subieran al escenario, para el primero de los dos shows que dieron en el Estadio Nacional el 30 de noviembre y 1 de diciembre de 2001.

Hace 20 años, Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia se presentaron ante 140 mil personas en dos conciertos históricos que sellaron el regreso del conjunto más popular del país, 12 años después desde el último show que el trío sanmiguelino dio en la disco Gente en el Omnium de Las Condes, y a nueve años de la presentación final de Los Prisioneros sin su guitarrista original en el Estadio Playa Ancha, en Valparaíso. Atrás quedaban las peleas del pasado.

Cuando sonaron los primeros acordes de La voz de los 80 el Estadio Nacional se estremeció, incluida la mesa de sonido al mando de “Chalo” González, ubicada en una pequeña torre justo al frente del escenario. “El comienzo del show generó un estruendo. Cuando la gente comenzó a saltar, a mí se me movió el lugar donde estaba, como si el piso fuese agua. Cuando la gente salta toda en distintos momentos el piso se vuelve como gelatinoso: eso se vive solo en los terremotos y en ese recital”, rememora el propio sonidista en conversación con Culto. Para llegar a ese emotivo momento, los planetas del universo prisionero tuvieron que alinearse. Y no fue fácil.

Los Prisioneros en la Feria del Disco del Paseo Ahumada, el 9 de octubre de 2001, día en que anunciaron el primer concierto en el Estadio Nacional, programado para el 1 de diciembre de ese año. Foto: Copesa

Baterías marchantes, guitarras afiladas

-¿Todavía quieres juntarte a tocar? -le preguntó Narea a González en el año 2000.

-Sí claro -respondió González, al otro lado del teléfono.

-¡Juntémonos!

En 1994 se concretó la primera oferta concreta para que Los Prisioneros volvieran a reunirse, pero rápidamente todo quedó en nada. Dos años más tarde comenzaron a limar asperezas gracias a la publicación de Ni por la razón ni por la fuerza, el álbum de descartes y rarezas, que generó un ánimo tal que Jorge, Claudio y Miguel terminaron yendo entusiasmados a la sala de ensayo del guitarrista, donde interpretaron, cual escolares, temas de The Beatles y algunos de Los Prisioneros, como Mentalidad televisiva. Poco después, Jorge y Claudio se reunieron en un restaurante del centro de Santiago y González le comunicó a Narea que al menos por un tiempo, “no estoy ni ahí con juntarme”. Después vino la época de Los Dioses -el dúo de González y Tapia-, y recién en 2000, tras la publicación de El caset pirata (EMI) y el Tributo a Los Prisioneros (Warner) -no exenta de ciertos líos- se comenzó a hablar seriamente de un regreso.

A fines de ese año y sin que nadie lo supiera, los tres Prisioneros se reunieron en el departamento de Carlos Fonseca, en Ñuñoa. Ahí hablaron de música, escucharon discos, comieron pizza y trazaron los primeros esbozos de qué podía depararles el futuro. Después se reunieron en la casa de Miguel Tapia en Pirque, con un ánimo de camaradería a tope.

“Los ensayos comenzaron en agosto de 2001. Yo salí del hospital a comienzos de julio. Estuve un mes hospitalizado porque me dio la bacteria asesina. Antes fueron Jorge y Miguel a verme a mi casa en Maipú. Yo estaba convaleciente y Jorge había estado internado en Cuba por su rehabilitación. Estábamos súper entusiasmados los tres con tocar”, recuerda Narea en diálogo con este mismo medio.

Jorge, Miguel y Claudio, junto a sus respectivas familias, en uno de los camarines del Estadio Nacional. Esta imagen forma parte de la nueva edición de Los Prisioneros: Biografía de una amistad, de Claudio Narea. Foto: Gentileza Claudio Narea.

“Un día me llama Carlos Fonseca, con quien éramos recurrentes en los estudios de grabación en los años 90, y me dice: ‘Estamos ok. Queremos invitarte a que seas parte del proyecto de la vuelta de Los Prisioneros’. Y me citó a una reunión en una casa en un lugar x. Y entré a esa casa y estaban Los Prisioneros ensayando. Ahí me cayó la teja completa de todo. Fue impactante verlos”, rememora “Chalo” González, en alusión a la casa que el mánager del conjunto arrendó en Santa Isabel con San Ignacio. La idea era mantener en secreto la reunión y más aún, el show del Nacional. Más adelante, Fonseca arrendó el estadio con una pequeña triquiñuela: lo hizo a nombre de Inti-Illimani, a quienes representaba en esa época. Nadie debía sospechar nada.

Aliro Castillo, el más fanático de los fanáticos de la banda, aún recuerda cuando vio en la portada de Las Últimas Noticias una foto del bunker secreto donde ensayaban Los Prisioneros. “Dejé botados los ramos que tenía ese día en la universidad y partí a buscar la casa. Alrededor de las 10 de la mañana la encontré y desde ese día, tipo septiembre-octubre, fui todos los días a escuchar los ensayos, hasta el día del concierto. Me eché todos los ramos de la universidad”, cuenta.

Para Los Prisioneros no fue fácil arrancar los motores: Miguel Tapia no tocaba hace rato batería y además hubo que comprar instrumentos y aceitar el equipo humano que acompañaba a la banda. La idea de los ensayos era, antes que cualquier cosa, recuperar el espíritu del grupo. Además de preparar las canciones, la banda y sus colaboradores pasaron el tiempo viendo documentales y noticias de la contingencia. De hecho, los ataques del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas los pillaron en eso, como también el día a día del Chile de Ricardo Lagos y la despedida de la selección chilena de Iván Zamorano. Una semana antes de los ataques terroristas y a manera de confirmación/promoción del regreso se lanzó como single Las sierras eléctricas, tema inédito post Cultura de la basura y registrado por “Chalo” González en Estudio del Sur, pero que no consiguió el impacto que se pretendía.

Los Prisioneros en la casa donde prepararon los shows del Estadio Nacional, junto al fan Aliro Castillo. Foto: Gentileza Aliro Castillo

Como gestor del proyecto, Fonseca consiguió que las empresas de luces, escenario y sonido fueran parte cooperativa de la producción y estuvieran involucradas en todo aspecto. Además, se acordó que el escenario estaría frente a la Tribuna Andes para que hubiese solo dos tipos de entrada (galería a $6.000 y tribuna $8.000). Y más importante aún, “se trababa que la gente viera más cerca el escenario y que todos escucharan al mismo volumen, por lo que usamos cuatro racimos de parlantes, cosa que hasta ese momento solo podían hacer los artistas internacionales. Fue un concierto democrático en ese sentido. Hay que recordar que en ese tiempo no había pantallas led”, apunta “Chalo” González.

“No se habló de lista de canciones. En ningún momento hubo veto de canciones, simplemente fueron las que nos pusimos de acuerdo, nadie dijo ésta no. Eso no sucedió. No hubo veto de canciones del Corazones, por ejemplo”, sostiene Narea. En ese sentido, Los Prisioneros ensayaron lo que tocaron, incluso en el mismo orden, confirma Aliro Castillo. De tanto en tanto, algunos temas los remataban con covers de los Beatles, The Rolling Stones o Deep Purple.

Para armar el repertorio, la banda ocupó una pizarra. Pero antes, debían acordarse de cómo eran los temas. “Me acuerdo que teníamos un equipo para escuchar música, e íbamos a almorzar por ahí cerca. La gente nos decía ‘¡oh Los Prisioneros!’. Eso llamaba la atención. Después nos comenzaron a perseguir con paparazzi y entonces ya no salíamos”, afirma Narea. Recién el 9 de octubre, en una multitudinaria conferencia de prensa en la Feria del Disco del Paseo Ahumada, se anunció el concierto del Estadio Nacional para el 1 de diciembre, sin ningún sponsor. Dos semanas después la banda apareció en el programa De Pé a Pá, conducido por Pedro Carcuro y cuando se vendieron todas las entradas se anunció un segundo show, para el 30 de noviembre. Así, el segundo concierto pasó a ser el primero, ambos con 29 temas.

Los Prisioneros en pleno show en el Estadio Nacional. Foto: Copesa

El show debe continuar

En el primer recital, Tapia arrancó La voz de los 80 con un pulso más lento que el original. “Entró la batería y por mi cabeza pasaron al menos 20 desmayados. Eso me dejó loco. Para muchos era tremenda la impresión de ver por primera vez a Los Prisioneros. A la gente la sacaban directo a la (carpa de la) Cruz Roja”, recuerda Aliro Castillo, quien se situó en primera fila, pegado a la reja. “Partió lenta porque veníamos ensayándola así supongo, o tal vez fueron los nervios que hicieron que Miguel tocara más lenta la canción”, complementa Narea.

“¡Buenas noches! Doce años después volvemos a tocar juntos. Fue muy agradable dejar descansar estas canciones por un tiempo, ahora nos suenan como grupo nuevo”, lanzó González al saludar a la multitud eufórica, tras Brigada de negro. “Vamos a cantar una canción que se llama ¿Por qué los ricos?”, continuó. Luego, y para sorpresa de los fans, Jugar a la guerra, que recibió una ovación. La última vez que Los Prisioneros habían interpretado este tema fue en versión rockabilly en México, en mayo de 1989. La variación de esta pieza de La Cultura de la Basura aparece en la versión latinoamericana de ese álbum.

“¡Miguel Tapia canta ¿Quién mató a Marilyn?!”, anunció González y el griterío fue ensordecedor. Invitado por la banda, en cancha se encontraba Gustavo “Papa” Fuentes, amigo de los tiempos del Liceo 6 en San Miguel y miembro de los Papa Fuentes, uno de los tantos grupos a capela de la época preprisionera. “Esa canción me emocionó, porque aún recuerdo cuando Miguel me mostró la letra cuando cursábamos la media. Miguel la identificaba con la dictadura de Pinochet, por la CIA y la prensa que ocultaba o que distorsionaba la información”, dice a Culto el propio “Papa” Fuentes, cuyo apodo tiene que ver con su confesión evangélica.

El show debe comenzar. La primera fila en el concierto de Los Prisioneros. En dos días, la banda de San Miguel reunió a 140 mil personas. Foto: Jorge Narea

“Gracias, ¿cómo están?”, preguntó Miguel Tapia, con un “bieeeeeen” como respuesta masiva. “¿Y los de más atrás?”, continuó, mientras el público comenzó a gritar “¡el que no salta es Pinochet!”. “Antes de salir, nos pasó una cuestión muy grosa, que vino Iván Zamorano en persona a saludarnos. ¿Qué les parece? ¿Cómo la ven? Ta bien, ¿no? Significa que nos está yendo más o menos bien”, comentó González.

Y en eso comenzó a sonar el riff de Paramar, interpretado por Narea y que se extendió por 28 segundos hasta que González comenzó a cantar. Luego, No necesitamos banderas, que según “Chalo” González, fue una de las canciones emblemáticas de la noche: “Las pocas veces que Los Prisioneros la registraron en los 80, Jorge esbozaba una especie de discurso y la gente necesitaba ese liderazgo de vuelta. No hay que olvidar que el último disco había sido Corazones, que no tenía el discurso social de Los Prisioneros. Entonces Jorge le devolvió mucha energía a esa canción y creo que hubo un momento épico en el Nacional”.

Después, los riffs emitidos desde la clásica Telecaster Deluxe negra de Narea se fusionaron de manera magistral con el sonido potente del bajo blanco Yamaha Motion MB-II de González, junto con la batería de Tapia a lo The Clash, para un inicio al hueso de Mentalidad televisiva. “¿Cómo salen, bien, no? Perdonen si me equivoco mucho con el bajo, pero estaba desacostumbrado a cantar y tocar el bajo y es un poco pelúo. Pero como el bajo no se nota mucho…”, dijo González a continuación. “Yo lo noto. Te has condoreado heavy, loco”, respondió Tapia. “He tocado cualquier nota falsa. Igual si esto lo grabamos después reemplazamos el bajo en la grabación y queda todo como si tocáramos como Los Tres poco menos”, agregó González. “No, así no má”, remató Tapia.

Segundo día del recital de Los Prisioneros en el Estadio Nacional, el 1 de diciembre de 2001. Foto: Jorge Sánchez

“Hay un mito sobre si se regrabó (el Estadio Nacional). De instrumentos no hubo nada retocado. Lo que hicimos fue retocar algunas afinaciones de algunas voces y nada más, como es normal en este tipo de conciertos. Es muy difícil que un artista no se pifie en dos horas. Arreglamos palabras, ni siquiera canciones completas”, sostiene “Chalo” González, al mando del sonido en ambos shows.

“Queremos agradecerles porque en estos 12 años, que estuvimos separados, ningún día la gente nos permitió dejar de ser Los Prisioneros (…). Igual nos habíamos puesto en la buena ya hace varios años, pero tenía darse la cosa musical para tocar y me da la impresión de que tenía que terminar la década de los 90 para que pasara”, señaló González a modo de introducción del último tema de la primera parte: ¿Por qué no se van?

Pateando piedras y juntando monedas

La segunda etapa del show fue destinada a la “época electrónica” de la banda, con Muevan las industrias, Por favor, Tren al sur (con Narea haciendo los coros) y Estrechez de corazón. Esta última, de interpretación impensada por el trío original debido al descalabro prisionero que ocasionó la salida del guitarrista en 1990, no fue incluida en el álbum Estadio Nacional. “Eso se debió a que Jorge le costaba mucho cantar esa canción porque estaba muy alta, en cuanto a tono, y es una canción muy difícil de interpretar porque es una producción como más electrónica. Yo hice el sonido del DVD después, con la mezcla y todo, pero creo que a Jorge no le tincó no más. No hay otra razón específica”, aseguró “Chalo” González.

Jorge González y su bajo blanco Yamaha Motion MB-II.

Luego, en Que no destrocen tu vida, el vocalista le hizo un guiño a Aliro Castillo, el fan de la primera fila, al apuntarlo y llamarlo “socio” antes del coro. “Jorge nunca se aprendió mi nombre cuando me veía afuera de la casa donde ensayaban. Me dijo así porque siempre se olvidaba de mi nombre”, cuenta el seguidor de Los Prisioneros.

Otro momento de alto voltaje ocurrió con El baile de los que sobran. Ese momento lo recuerda con nitidez Gustavo “Papa” Fuentes: “Yo después del liceo fui obrero. Trabajé varios años en una fábrica de colchones y espuma, en Departamental. Me sentí identificado al escuchar esa canción. Eso de pateando piedras era yo. Con Muevan las industrias me pasó lo mismo, porque es casi la misma temática”.

¿Instrumentos por canje?

Tras Quieren dinero, Los Prisioneros arremetieron con un segmento dedicado a La Cultura de la Basura, el álbum favorito de los más fanáticos. En Usted y su ambición, que antes del Nacional la habían interpretado en apenas tres ocasiones durante la breve gira de ese álbum, Narea usó una guitarra Ibanez conchevino -que hacía juego con su camisa-, como una suerte de gesto/canje, ya que Fancy Music los auspició con algunos instrumentos. “Efectivamente la usé un poco como guiño para Fancy, porque no estoy ni ahí con las guitarras de ese tipo. La batería se la vendieron de Fancy a Miguel y además estaba usada o en exhibición parece y la batería electrónica también. Fancy se puso para que la cosa saliera bien”, dice Narea.

El otro momento cumbre del show fue Maldito sudaca. “Le agregaron Barrilito de cerveza porque no se acordaban tanto del final. Esa la habían tocado en la concentración del No (en el 88)”, rememora Aliro Castillo. “En Maldito sudaca también pasó algo, porque ahí lo estábamos pasando bien, hueviando y dio lo mismo la letra. La gente nos veía como enojones o resentidos, pero nosotros lo pasábamos bien y nos reíamos mucho”, complementa Narea.

El Estadio Nacional repleto, con el escenario por primera vez ubicado frente a la Tribuna Andes. Foto: Jorge Narea

Lo estamos pasando muy bien también fue un karaoke. “Me puse un poco nervioso, porque en esos días yo había sacado mi primer disco solista, que para mí fue súper difícil eso de atreverse a cantar cuando piensas que no lo haces bien. Y sobre todo ese comienzo con tanta palabra junta, fue difícil, hice lo que pude”, sostiene el guitarrista.

A continuación We are sudamerican rockers (“¡cachen la media luna”, lanzó González), Corazones rojos y Sexo -esta última con repartición de condones y un discurso sobre el uso de preservativos- y La cultura de la basura. Después la mayor rareza de la noche, Mal de Parkison, un tema de Gus Gusano y sus Necrofílicos Hemofílicos grabado en 1988 e incluido en Ni por la razón ni por la fuerza. “Tocar Mal de Parkison era alucinante porque esas canciones nunca fueron hechas para ser tocadas ante tal cantidad de público. Además no la habíamos tocado nunca”, dice Narea.

Ya para el final, Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos, Nunca quedas mal con nadie, Generación de mierda (que no fue incluida en ningún álbum original y que comenzaron a ensayar en el verano de 1985), Pa pa pa (en versión acústica) y como cierre De Rusia con amor, que sorprendió a muchos que esperaban un remate apoteósico, acorde a los históricos conciertos. “Con ese tema terminábamos los shows en los 80. Fue un guiño a eso. Pero también fue para que la gente se fuera. Fue la mejor forma”, concluye el guitarrista.

Sigue leyendo el especial de Los Prisioneros - 20 años en Culto:

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