Rosalía: “Yo no hago música ni para hacer dinero ni para los números; hago música porque me da salud mental”

La artista más explosiva aparecida en la escena hispanohablante de los últimos años habla con Culto de su nuevo disco, Motomami, pero también de crear en pandemia, del amor por Patti Smith y Kate Bush, y de cómo la elaboración de un universo creativo absolutamente propio no aspira necesariamente a trascender ni vender. "Eso de la trascendencia suan muy grande, yo no pienso así", sentencia.



En el curso de esta entrevista, Rosalía (28) enumera como inspiraciones de su último disco a la poeta punk Patti Smith, a la fantasmagórica cantautora inglesa Kate Bush y al ícono salsero Héctor Lavoe. Pero cuando se le pregunta si su obra aspira a la estatura y la trascendencia de cualquiera de ellos, la española ataja taxativa: “Yo no creo desde ese lugar. Eso de la trascendencia suena muy grande, yo no pienso así. Esa gente no tiene la trascendencia en mente cuando está creando, cuando está escribiendo, cuando está componiendo”.

En rigor, Rosalía crea desde una zona cero. Desde un universo que emerge con ella y se cierra con ella: su propio mundo, sus propias reglas, sin observar demasiadas referencias ajenas, sin seguir brújulas cedidas por otros. El mismo nombre de su reciente álbum, Motomami -ya disponible en plataformas digitales-, parece advertir que en ese ecosistema también se habla un lenguaje único, distintivo, extendido a lo largo de temas con títulos irrepetibles, sólo posibles en su cancionero, como Saoko, Chicken Teriyaki, Hentai, G3 N15, CUUUUuuuuuute y Abcdefg.

Cuando en este diálogo vía Zoom debe defender esas composiciones, lo hace con la actitud de quien con detalle y precisión explica un imaginario desconocido, escogiendo las palabras como si estuvieran rebotando en el aire, subrayando conceptos como “experimentación” y mirando atenta las preguntas del interlocutor, estudiando sus movimientos para a cambio despachar la respuesta precisa e irrefutable.

Esa faena le permitió en 2018 encarnar una de las apariciones más meteóricas de la música global gracias a un disco, El mal querer, donde el flamenco, las palmas, las guitarras y el acento áspero se abrazaban promiscuos con el pop y la música urbana, ofreciendo un resultado sin demasiados precedentes que la llevó a vitrinas como el festival Lollapalooza Chile o a ganar cuatro Grammys latinos.

Motomami amplifica esa aleación mutante hasta colindar con los ritmos caribeños, el hip hop, la bachata, el bolero, la electrónica y, por supuesto, el flamenco. Y también parece engrosar el palmarés: esta última semana se convirtió en el álbum más escuchado de Spotify en todo el planeta. Un par de días antes se había posicionado como la primera española en cantar en solitario en el programa Saturday night live.

Rosalía ya es una estrella mundial en un trazo donde de oruga se convirtió en mariposa, y ella misma juega con esa alegoría. La portada de Motomami luce dibujos rojos de mariposas, mientras que en sus últimas ruedas de promoción se ha fotografiado con una figurita plateada de ese insecto entre sus dientes. Las primeras líneas del track que abre el trabajo, Saoko, también aluden a esa imagen, como una declaración de principios que sigue enfatizando metamorfosis constante: “Eh, yo soy muy mía, yo me transformo/ Una mariposa, yo me transformo/ Makeup de drag queen, yo me transformo/ Lluvia de estrella’, yo me transformo”.

Pero esa transformación -igual que la de la oruga que luego emprende el vuelo definitivo como mariposa- no fue fácil y requirió tiempo. Motomami empezó a gestarse en 2019, en pleno vértigo y ascenso de su carrera, cuando todos querían un trozo de su suceso comercial. Pero al año siguiente vino la pandemia y el encierro: estaba en Miami, debió quedarse en la casa de su mánager y a partir de ahí reconfiguró un disco que por momentos adquiere un susurro mucho más sombrío, en sincronía con el mundo afligido diseñado por el Covid-19.

La portada de Motomami.

“Fíjate que para mí ha sido el disco que más me he tenido que pelear, porque siento que estaba viajando mucho mientras lo estaba haciendo. Todo empezó en 2019, cuando estaba en medio de una gira intentando tirar adelante este proyecto, con un éxito relativo en el estudio, porque yo necesito un poco de rutina para pensar en un trabajo redondo. Es como que tengo que tener un poco de estabilidad, un poco de constancia en el día a día, y la gira no me lo permitía como yo quería”, corrobora la autora nacida en San Cugat del Vallés.

Luego sigue: “Entonces, aunque todo el proyecto empezó desde allí, no fue hasta 2021 que lo pude terminar. La pandemia definitivamente afectó su sonido y afectó la forma en que escribí letras en Motomami. Fueron momentos de muchos contrastes: cuando estaba de gira y lo expuesta que estaba, la sensación de estar alrededor de mucha gente, conociendo gente constantemente, en el escenario compartiendo. En cambio, la pandemia era lo contrario, era realmente estar haciendo música sola en una habitación. Era completamente diferente”.

Más allá de lo artístico, Rosalía aporta otra experiencia que debió enfrentar durante el enclaustramiento, como si se hubiese tratado de una suma de pruebas y desafíos que de un instante a otro pusieron cuesta arriba el álbum: “Llevaba casi dos años sin ver a mi familia, los echaba mucho de menos. Estuve todo ese tiempo trabajando este proyecto en Estados Unidos. Fue duro, porque fue estar lejos de casa y lejos de la gente que quiero. Pero estoy contenta, porque no me rendí”.

-Pero después de la explosiva fama que tuvo a partir de 2018, ¿fue positivo un momento de calma lejos de la sobreexposición?

O sea, no fue un momento nada fácil, pero que, si algo bueno tuvo, fue definitivamente poder parar y reflexionar. Y realmente mirar las cosas. Hacer un zoom out y mirar las cosas con perspectiva. Y poder volver a escribir desde un lugar que es el experimentar. Siempre he hecho la música desde ese lugar, siempre que he entrado al estudio ha sido así. Estoy feliz de haber podido seguir experimentando en Motomami.

-Su arrastre mundial parecía irrefrenable, pero la pandemia de 2020 lo paralizó todo. ¿No le vino en ese momento una sensación de: ‘por qué tiene que pasar esto justo en el mejor momento de mi carrera’?

No, yo tuve más bien la sensación de ‘el mundo ha hecho, ahora mismo, un parón, hay algo que está pasando que nos está afectando a todos’. Y yo no pensé tanto en mi carrera, sino más bien en ‘oh, Dios mío, probablemente de aquí a unos años se hable de que vivimos esto, de que estuvimos en una pandemia mundial’.

¿Cómo fue preparar un disco después del reconocimiento gigante de El mal querer? ¿No sintió la presión por replicar ese éxito?

Es que, para mí, no tendría ningún sentido repetir algo, o una fórmula que ya la he encontrado. Cuál es el propósito, cuál es el sentido de eso. ¿Monetizar? Porque, en mi caso, yo no hago música para hacer dinero. No hago música para los números. Yo hago música porque es lo que me da la fuerza para levantarme por las mañanas, es lo que me hace feliz, es lo que me da salud mental. Es lo que me acerca más a la sensación de libertad.

“Entonces, siempre que haga un proyecto, voy a entrar al estudio sin repetir lo anterior. Y me siento súper agradecida de lo que El mal querer me ha dado, de lo que Los Ángeles (su primer disco de 2017) me ha dado. Siempre miraré hacia atrás con cariño, pero siempre miraré para delante. Si hablamos de creación, de seguir haciendo proyectos, siempre es hacia delante”.

-¿No es natural sentir una presión por un éxito previo tan colosal?

Es que yo no pienso desde ese lugar. Yo, como artista, como creadora, no pienso desde ahí, porque eso te puede paralizar. ¿Cuál es el sentido de pensar en eso? Ninguno, no tiene absolutamente ningún sentido. Es condicionarte a ti mismo para un resultado concreto, cuando en realidad no tiene ningún sentido, porque yo no puedo controlar lo que va a pasar con mi música después de hacerla. Yo intento ser lo más honesta que puedo en el estudio, hacer la música de verdad, de corazón, desde la urgencia, la necesidad. Y luego, cuando yo la comparto, ya no es mía. Que sea lo que Dios quiera, sabes.

-En el objetivo de hacer algo distinto, ¿cuál es la diferencia entre Motomami y El mal querer?

Hay una diferencia general en el tono a la hora de escribir las letras. Digamos que en El mal querer había las cuartetas octosílabas clásicas del flamenco como la estructura recurrente a la hora de escribir letras. En cambio, en Motomami, hay otras inspiraciones que tienen más que ver con escritura automática, hacer letras más abstractas, la poesía de Ocean Vuong, Patti Smith, las canciones de Héctor Lavoe, Kate Bush. Para mí no hay referentes mejores que otros.

“Son otras inspiraciones, como abriendo la puerta a escribir y que mi lápiz se afectara. También influyen los sitios en los que estaba, porque he estado haciendo este disco en Barcelona, Puerto Rico, Nueva York, República Dominicana, Miami, L.A. Llevaba casi dos años fuera de casa hablando más inglés que español. Es inevitable que el ‘spanglish’ forme parte del proyecto, si soy honesta con lo que realmente estaba pasando. Es casi como un diario personal, un ejercicio de intentar explicar cómo me siento aquí y ahora, y cómo pienso y lo que me está pasando. Hay temas como la transformación, la sexualidad, el desamor, la espiritualidad, la celebración, canciones que te hacen bailar, canciones que, a lo mejor, te ponen los ojillos así llorosos”.

-Menciona a Kate Bush o Patti Smith. ¿Aspira a tener una carrera trascendente como ellas?

No tengo la trascendencia en mente cuando estoy escribiendo. Lo que un artista normalmente tiene en mente es la historia que está explicando y los acordes que va escribiendo. Yo me concentro en eso. (La trascendencia) no depende de mí. ¿Para qué gastar tiempo en algo que no depende de uno? Lo que sí sé que depende de mí es cómo hago mis canciones, cuánta honestidad les pongo, cuánto me comprometo en ellas. Entonces, yo le pongo corazón a mis temas. Eso es lo que intento hacer siempre.

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