Kiss: años de circo

El listado de canciones del show del grupo en Chile -este martes 19 en Movistar Arena- no se equivoca. Cinco cortes son de Destroyer, están los hits ochenteros como Heaven ‘s on fire, la power ballad Beth, y el ineludible exitazo I was made for lovin’ you, el mejor cruce de disco y rock duro de la historia. Caen globos con el logo de la banda, estalla el cotillón, las llamaradas encienden el escenario lanzando oleadas de calor hacia el público. Kiss dice adiós en gran forma, fieles a su estilo de diversión total a como dé lugar.



El mundo es un lugar muy distinto desde que Kiss se abrió paso hace casi medio siglo pintarrajeados y disfrazados como personajes de historietas, escupiendo sangre, colmando de humo y llamaradas el escenario con el logo gigante detrás, kit indispensable para cantar sobre rockear y enfiestarse día a día. Anoche, en la primera fecha de su gira de despedida End of the road en el Movistar Arena, show de localidades agotadas que se repite hoy, fueron teloneados por Frank ‘s White Canvas, el dúo rock chileno orgullosamente lésbico, una compañía improbable en el pasado milenio para los autores de Lick it up, acusados más de una vez de misóginos. Quizás el rock no está tan muerto como Gene Simmons repite por años. Las bandas ya no se mueven entre mansiones y limusinas -sobre todo cuando tu banda es Kiss, inventores del merchandising a gran escala para el público rockero-, pero evolucionan y convencen como lo hizo el número nacional en la previa.

A minutos del inicio se repiten escenas de abrazos y apretones de manos entre viejos amigos de cabelleras grises usando poleras con carátulas de clásicos como Destroyer (1976). Lucen sonrientes y dispuestos a corear por última vez los himnos de infancia y adolescencia, cuando Kiss era un fenómeno mundial seguido por millones de niños y jóvenes copiando los maquillajes de esos músicos que en el peak de su fama les mortificaba el anonimato, ansiosos de ser reconocidos por sus verdaderos rostros, un paradojal drama dentro del apoteósico éxito cosechado hacia fines de los 70.

La primera vez de Kiss en Santiago en 1994 en la Estación Mapocho, años duros para el grupo intentando encajar en la marea grunge en condición de veteranos, trajeron un show a medias. En esta, su sexta visita, el espectáculo es monumental y básicamente el mismo de hace siete años en el estadio Bicentenario de La Florida, mitad concierto de rock, mitad número circense.

El guión de Kiss es de vieja escuela, imbuido del espíritu de maestros del entretenimiento musical como James Brown, y los grandes astros del soul y el funk en general. Paul Stanley oficia de reverendo capaz de preguntar las veces que sea necesario si lo estamos pasando bien. A cada respuesta replica que no escucha y vuelve a preguntar hasta lograr un griterío mayúsculo. A los 70 años, Stanley Bert Eisen lució en mejor condición vocal que los últimos registros disponibles en Youtube, de esta larga gira de despedida interrumpida por la pandemia. Starchild  sigue siendo sinónimo de espectáculo garantizado, aún atlético. Ese maquillaje que le impedía la fama plena, ahora esconde el paso del tiempo jugando a su favor.

Gene Simmons ejecuta el mismo número hace décadas con pleno éxito, para qué cambiar. Escupe fuego, se sube a una tarima que lo eleva hasta el techo ejecutando un dudoso solo de bajo, mientras sangre de utilería corre por su boca. Único en su especie de rock y circo, The Demon arrastra su pesada armadura con el encanto de siempre.

Los roles de Tommy Thayer en guitarra y Eric Singer en batería se asumen en esta etapa final de Kiss, si definitivamente se retiran porque jamás se sabe en el showbiz, en una combinación de músicos y performers imitando las maneras de Ace Frehley y Peter Criss, los parranderos miembros originales que siempre hicieron cortocircuito con los líderes. Thayer replica ese sonido aguardentoso de guitarra neoyorquina que Ace patentó influyendo a una generación de músicos triunfantes en la nación alternativa de los 90, desde Dimebag Darrell hasta Tom Morello. Singer prácticamente se mimetiza con El Gato: usa una batería similar, masca chicle con el mismo desparpajo, canta, armoniza, y despacha un solo discreto, muy por debajo de sus posibilidades, pero en sintonía con los años de la alineación original.

El listado de canciones no se equivoca. Cinco cortes son de Destroyer, están los hits ochenteros como Heaven ‘s on fire, la power ballad Beth, y el ineludible exitazo I was made for lovin’ you, el mejor cruce de disco y rock duro de la historia. Caen globos con el logo de la banda, estalla el cotillón, las llamaradas encienden el escenario lanzando oleadas de calor hacia el público. Kiss dice adiós en gran forma, fieles a su estilo de diversión total a como dé lugar.

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