Cien años de soledad: García Márquez entre el amor y el odio

La esencial novela del autor colombiano fue lanzada hace casi 55 años, el 5 de junio de 1967. Pese a su éxito descomunal, y a convertirse en el libro más célebre de América Latina, su autor terminó odiándola. Aunque nunca consintió en llevarla al cine, ya se encuentra en producción una serie vía Netflix. Esta es la historia de un clásico universal.



Pese a haber trabajado como reportero, a Gabriel García Márquez las entrevistas no le gustaban del todo. Tenía disposición, claro, pero siempre a regañadientes. En 1991, aprovechando una estancia en Sevilla, un reportero del periódico madrileño ABC fue a entrevistarlo. En la ocasión, reiteró lo que pensaba de los uno a uno con un periodista: “De las entrevistas, ¿qué le puedo decir? No sirven para nada. Ninguna persona se deja ver en una entrevista. Responde lo que le conviene. Dígame, ¿para qué sirve esta entrevista?”.

Por entonces, “Gabo” ya era un pez gordo de las letras latinoamericanas y hasta mundiales, puesto que había recibido el Premio Nobel de Literatura en 1982. En el transcurso de la charla, el ágil de la prensa tuvo la ocurrencia de preguntarle al colombiano si acaso le pasaba lo mismo que al escritor escocés Arthur Conan Doyle, quien renegó de Sherlock Holmes, hastiado de que el personaje haya opacado todo el resto de su obra. Esto, pensando en su gran novela, Cien años de soledad. Para su sorpresa, García Márquez respondió: “Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio”.

Es que a García Márquez la novela le había cambiado la vida. Tener los ojos del mundo sobre él, le resultaba agobiante. Ya no podía disfrutar del anonimato de su natal Aracataca. “Antes, cuando era una persona normal y espontánea, quedaba con alguien para almorzar y bromeábamos de cualquier insignificancia y nos lo pasábamos estupendamente –dijo al ABC–. Ahora, cuando llego a un restaurante, hay veinte personas esperándome, como si fuese una atracción de circo. Y no sólo eso: durante el transcurso de la comida esperan la frase inteligente, la ocurrencia magistral. ¡Agotador!”.

La novela, publicada el 5 de junio de 1967, en Argentina, se convirtió en el libro más popular de Latinoamérica. No solo eso, también vino a transformarse en una especie de sinónimo del Boom Latinoamericano. Para esa fecha, ya habían sido publicadas otras novelas clave del movimiento. La región más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes; Rayuela (1963), de Julio Cortázar y La ciudad y los perros (1962), de Mario Vargas Llosa. Pero Cien años de soledad simplemente fue la reina.

Por entonces, García Márquez era un autor que llevaba publicadas tres novelas: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962), con las cuales había cosechado críticas entusiastas. Pero aún no daba con aquella que lo catapultara a la inmortalidad y le permitiera el colchón económico para dedicarse de lleno a la literatura.

“Usted no sabe lo que pesa un muerto”

Más de una vez lo comentó. El origen de la historia de los Buendía tuvo que ver con su propia familia, en rigor, de sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez (el “Papalelo” para sus nietos) y doña Tranquilina Iguarán (“Mina”). “La imagen protectora de mi infancia era un viejo; mi abuelo. A mí no me criaron mis padres, ellos me dejaron en casa de mis abuelos. Mi abuela me contaba cuentos y mi abuelo me llevaba a ver cosas. Entre eso se fue haciendo mi mundo. Ahora me doy cuenta que siempre veo la imagen de mi abuelo mostrándome cosas”, le dijo a Rita Guibert en una entrevista publicada en 1974 en el volumen Siete voces.

Nicolás Márquez había servido en la Guerra de los mil días, un conflicto civil entre liberales y conservadores que desangró Colombia a inicios del siglo XX, donde perteneció al primer bando. Pero la historia que más le quedó al joven Gabriel (nacido en 1927) fue algo que era casi una leyenda. Su abuelo había matado a un hombre en un duelo. El difunto se llamaba Medrado Pacheco y había ofendido el honor del coronel. El asunto había ocurrido años antes, en 1908, pero en la familia era un tema que se seguía recordando con cierto pudor, como un tema que se escondía en los rincones polvorientos de la casa grande.

“Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlo –recordó García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla (2002)–. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud y el peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero sus pormenores se mantenían entre brumas”. El abuelo solía comentarlo de vez en cuando con una frase que más bien parecía un refrán: “Usted no sabe lo que pesa un muerto”.

Años más tarde, en México, cuando García Márquez se puso a escribir Cien años de soledad, tanto el abuelo como el duelo fueron incluidos. Nicolás Márquez pasó a ser José Arcadio Buendía y el malogrado Pacheco, Prudencio Aguilar. El viejo era el que también lo sacaba de paseo a conocer el hielo. “A cualquier hora del día el abuelo me llevaba de compras al comisariato suculento de la compañía bananera. Allí conocí los pargos, y por primera vez puse la mano sobre el hielo y me estremeció el descubrimiento de que era frío”, recordó “Gabo” en sus memorias. Su abuela, por supuesto, se convertiría en Úrsula Iguarán. Eso sí, no eran primos como en la novela.

De hecho, el mismo Nicolás Márquez también sirvió como inspiración del coronel Aureliano Buendía (sí, el del pelotón de fusilamiento), y al igual que él, su rango no fue producto de una carrera militar, sino más bien de los avatares de la guerra. “Nunca usó uniforme militar, pues su grado era revolucionario y no académico, pero hasta mucho después de las guerras usaba el liquilique, que era de uso común entre los veteranos del Caribe”, recordó en sus memorias el escritor. Además, el viejo Nicolás fue referencia para otro personaje insigne, el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba. Al igual que su abuelo, el anciano militar espera eternamente una pensión que no llegó nunca.

Además, en la enorme casa familiar, don Nicolás tenía un particular rincón. “Estaba el taller de platería donde el abuelo pasaba sus horas mejores fabricando los pescaditos de oro de cuerpo articulado y minúsculos ojos de esmeraldas, que más le daban de gozar que de comer”. Esa pieza es la que en la novela habita el coronel Aureliano tras las guerras, y donde también fabrica pescaditos de oro.

“Está escrita con todos los trucos de la vida”

Pero a pesar de ser una novela con los recuerdos entrañables de sus abuelos, ¿por qué García Márquez terminó odiándola? En la entrevista con ABC dijo: “Está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo a una novela que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden. Sus claves son simples, yo diría que elementales, con constantes guiños a mis amigos y conocidos, una complicidad que sólo ellos pueden entender”. Para él, era mucho mejor novela El otoño del patriarca (1975), justamente la que sucedió a la ficción de Macondo, pero que no tuvo la misma recepción. “Los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante”, comentó.

El libro tuvo un proceso de casi dos años de escritura, en rigor, 18 meses. En ellos, García Márquez enfrentó un obstáculo formidable: no tenía dinero. Pero consciente del valor de lo que tenía entre manos, decidió llegar a un acuerdo con su esposa, Mercedes Barcha Pardo, para que se hiciera cargo de la parte económica: “Nosotros vivíamos de lo que yo trabajaba. No podíamos parar dos años…nos pusimos de acuerdo Mercedes y yo. Dije: ‘Hagamos una cosa, tú te haces cargo de la casa por dos años, y te prometo que yo me hago cargo por el resto de la vida’ –recordó “Gabo” en una entrevista de 1975 con radio Habana–. Teníamos un automóvil y lo empeñé. Estuvo empeñado casi todo el tiempo. Además, eso generaba otro problema: era que cada cierto tiempo había que pagar los intereses el préstamo de automóvil. Pero, en fin, así nos íbamos defendiendo de muchas maneras”.

En estricto rigor, Cien años de soledad fue el primer libro que comenzó a escribir, cuando era un joven que trabajaba en un periódico en Barranquilla, pero el pulso de los hechos que quería narrar le demostró que le faltaban kilómetros de rodaje en el camino de la escritura. “Debía tener 18 años o algo así. Ya había publicado cuentos. Recuerdo que la decisión que tomé era escribir una novela en la cual sucediera todo. Y me senté y tenía una noción bastante clara de cómo debía ser la novela. Y rápidamente me di cuenta, y ahora me alegro porque fue una decisión que revelaba una gran modestia, que no estaba preparado para escribirla, que me faltaba mucha experiencia vital, mucha experiencia literaria, mucho aprendizaje”, recordó en la entrevista con radio Habana.

Así, comenzó a desarrollar su carrera como escritor, pero siempre con la idea de volver a Macondo. “Hice proyectos más modestos que fui desarrollando. Escribí una novela: La hojarasca. Escribí El coronel no tiene quien le escriba. Escribí un libro de cuentos que se llama Los funerales de la Mamá Grande…Y seguía siempre pendiente de esa novela que yo quería escribir y que era la novela en que sucediera todo”, agregó en la misma charla.

Pero todo cambió en 1964, ya viviendo en México, y mientras iba en viaje para Acapulco desde Ciudad de México, donde vivía. La clave estaba en la fuente misma de los hechos. Si se había basado en las historias de sus abuelos, fue la “Mina” quien desde algún lugar lejano le dio la clave. “Como una revelación, encontré exactamente el tono que necesitaba. Y el tono era contarlo como contaba las cosas mi abuela. Porque yo recuerdo que mi abuela contaba las cosas más fantásticas, y lo contaba en un tono tan natural, tan sencillo, que era completamente convincente. Y entonces no llegué a Acapulco. Regresé y me senté a escribir Cien años de soledad. Desde el primer momento me di cuenta que había vencido el gran obstáculo, que era el tono. El tono era exactamente eso: contarlo como lo contaba mi abuela, sin asombrarme yo mismo de las cosas que sucedían”.

Como suelen hacer los escritores, no todo corrió por cuenta de su imaginación ni de las historias que le contaban sus abuelos. También hubo un trabajo de indagar en ciertos hechos para darles cierta verosimilitud. Así lo comentó “Gabo” a la escritora y periodista mexicana Elena Poniatowska en una charla en 1973. “Para hacer Cien años de soledad consulté médicos, abogados, y junté en mi casa una enorme cantidad de libros de medicina, alquimia, filosofía, enciclopedias, botánica y zoología, para que cada dato estuviera muy bien verificado y comprobado; no quería un solo error, a no ser las faltas de ortografía, que quedaban en manos de Pera”.

Por ejemplo, para referirse al laboratorio de Alquimia que el gitano Melquíades le vende a José Arcadio Buendía, García Márquez, quien no conocía del tema, debió apoyarse en algunos amigos. “No podía detenerme en lo que estaba escribiendo para ponerme a estudiar alquimia; entonces escribía inventándolo todo y en la noche buscaba libros sobre la materia, que los amigos me habían conseguido, e incorporaba los datos que allí encontraba, pero lo que me resulta curioso es que yo no estaba equivocado o lejos de la verdad en mis invenciones”.

Incluso, entre los amigos se formó una especie de “escuadrón de ayuda” para el atribulado escritor. “La obra me llevaba a tal velocidad que yo no me podía parar, y a partir de ese momento se creó una especie de equipo solidario alrededor del libro, y todos mis amigos me ayudaron. Yo le hablaba a José Emilio Pacheco: ‘Mira, hazme el favor de estudiarme exactamente cómo era la cosa de la piedra filosofal’, y a Juan Vicente Melo también lo ponía a investigar propiedades de las plantas y le daba una semana de plazo. A un colombiano le pedí: ‘Haz el favor de investigarme cómo fueron los problemas de las guerras civiles en Colombia’. A otro le pedí la mayor cantidad de datos sobre las guerras federales en América Latina, y siempre tuve amigos haciéndome tareas de ese tipo…Ahora me doy cuenta de verdad que todos ellos estaban trabajando en Cien años de soledad, y no solo no lo sabían entonces, sino que tengo la impresión de que no lo saben todavía”, recordó con Poniatowska.

Ya convertida en un libro insigne, una novela ágil y entretenida, y habiendo firmado cientos de ejemplares de fervientes fanáticos, García Márquez se negaba tajantemente a que fuese llevada a la pantalla grande o a la chica. El motivo tenía que ver justamente con su familia. En una entrevista con la colombiana radio Caracol, en mayo de 1991, dijo: “La razón por la cual no quiero que Cien años de soledad se haga en cine es porque la novela, a diferencia del cine, deja al lector un margen para la creación que le permite imaginarse a los personajes, a los ambientes y a las situaciones como ellos creen que es […]en cine eso no se puede. Porque en cine la cara es la cara que tú estés viendo, la imagen es de tal manera impositiva que tú no tienes escapatoria, no te deja la mínima posibilidad de creación. Prefiero que mis lectores sigan imaginándose mis personajes como sus tíos y mis amigos y no que queden totalmente condicionados a lo que vieron en pantalla”.

Pero Cien años de soledad se prepara para llegar a las pantallas del mundo en formato serie, en una producción original de Netflix, con adaptación del guionista José Rivera. Por ahora, sin fecha de estreno, según confirman a Culto desde la compañía. En 2021, Rodrigo García Barcha, el hijo del escritor, dijo en declaraciones recogidas por Culto: “Cien años de soledad está en la etapa de la adaptación, que es lo que siempre ha preocupado más a la gente a cargo de esta serie. Estoy muy optimista. El hecho que se puedan hacer las horas que sean necesarias, que se filme en español, que se filme en Colombia, creo que le van a dar una buena autenticidad a la serie”.

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