Animals: Pink Floyd entre la gloria y el abismo

Una nueva reedición del álbum de 1977 ofrece una mirada hacia el trabajo que dinamizó la ambición creativa de la banda inglesa, con un concepto crítico sobre la sociedad y una monumental puesta en escena que antecedió lo que ocurrirá con las presentaciones de The Wall. Aunque en su momento tuvo éxito comercial y de crítica, lo cierto es que el álbum marcó la apertura de una fisura que acabó consumiendo al grupo.



A pesar de que acumulaba un lustro en el oficio de crítico musical del New York Times, John Rockwell no pudo evitar sorprenderse. La noche del 2 de julio de 1977 asistió a un show de la gira In the flesh, en que Pink Floyd presentaba su nuevo álbum, Animals. Si hubo algo que lo impactó, fue el cerdo volador rosa que el grupo presentó como parte del espectáculo. “Descendía, de al menos 50 pies de largo, se tambaleó sobre la multitud (suspendido de un cable), sus ojos brillantes lanzando rayos malignos en el aire lleno de humo”, relata el cronista.

Animals, lanzado en enero de 1977 en Reino Unido, fue el disco en que Pink Floyd avanzó de forma más decidida a su estatus de coloso de estadios, a partir de un diseño escénico que además del cerdo (en rigor, era un dirigible de 9 metros), incluía una familia inflable, luces de colores, ovejas de plástico y otros artilugios técnicos que remarcaban el subtexto del álbum; una crítica a la codicia y al consumo asociados al capitalismo.

El mensaje se hacía más rotundo con la afamada portada, en que se muestra al cerdo flotando entre las chimeneas de la central eléctrica de Battersea, en Londres. Una idea que se actualiza en la próxima reedición del álbum, a publicarse el próximo 16 de septiembre, a partir del trabajo del artista Aubrey ‘Po’ Powell, quien reimaginó la distópica imagen del cerdo y las enormes torres en una mirada más actual. Entre las novedades, el lanzamiento incluye por primera vez una mezcla de audio 5.1 Sorround y un libro de 32 páginas con fotografías inéditas de la sesión de la portada, aunque sin material extra.

Acaso Powell se propuso mantener el espíritu del disco. Compuesto a mediados de los setentas, muy lejos de los años en que el grupo era la novedad de las noches del bullente Swinging London, el álbum se hacía cargo de un momento particular. “La acomodada y conservadora sociedad británica se había convertido en una década en un país sacudido por la crisis económica, las huelgas, el paro juvenil, el aumento de la inmigración, la tensión social y el ascenso de los grupos neonazis y de extrema derecha”, explica Manuel López Poy en el libro Pink Floyd, vida, canciones, simbología, conciertos clave y discografía.

Tras el éxito de The dark side of the moon (1973), el grupo se había dedicado a desarrollar improvisaciones y largas piezas musicales. Parte de ese material se publicó en el álbum siguiente, Wish you were (1975), pero en el camino sobraron algunas composiciones. Estas fueron el punto de partida para los ensayos que la banda comenzó en mayo de 1976 en los flamantes estudios Britannia Row que el grupo había adquirido con sus ganancias, lo que les permitió dejar los años de trabajo en el legendario complejo Abbey Road.

En esos días, el siempre ambicioso Roger Waters comenzó a trazar un concepto para el disco. A partir de una lectura de Rebelión en la granja, de George Orwell, el bajista propuso una comparación. “Waters retrata a la raza humana como tres subespecies atrapadas en un círculo vicioso y violento, con ovejas al servicio de cerdos despóticos y perros autoritarios”, explica Mark Blake en parte de las notas internas, que no fueron incluidas en la reedición debido a la última disputa entre Waters y el guitarrista David Gilmour por el contenido.

Tras algunas semanas, la banda comenzó a delinear la música. Dos temas antiguos marcaron el rumbo; Raving and drooling, pasó a llamarse Sheep y Gotta be crazy, en Dogs. A estas se le sumaron Pigs (Three Different Ones) y Pigs on the Wing, firmadas por Waters, quien ya dominaba sin contrapeso el repertorio de la banda; Gilmour solo figura en los créditos de Dogs, y el tecladista Richard Wright, quien colaboraba habitualmente (por ejemplo, Us and them nació de una progresión de acordes creada por él), no compuso nada. Un antecedente para la crisis que sacudió al grupo en los años de The Wall.

En medio de la oleada del punk, que amenazaba con dejar al rock como un recuerdo de días más optimistas, la banda presentó composiciones más herméticas y complejas, que marcaban un contraste con sus discos anteriores. “Las canciones tenían un borde agresivo muy alejado de los exuberantes paisajes sonoros de Wish You Were Here. Fue un cambio de dirección oportuno”, apunta Blake.

Pero la propuesta tuvo acogida. Una vez que salió a las tiendas, Animals escaló al número 2 del UK Albums Charts. La crítica no escatimó elogios. Se trataba de un momento de alto vuelo, pero con una latente crisis interna. “El último álbum de Floyd sorprenderá a los aficionados a la alta fidelidad que se engancharon en Dark side of the moon -detalla la reseña del semanario Music Week en febrero de 1977-. Animals funciona terriblemente bien en su propio nivel y es una certeza gráfica en cualquier caso”.

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