Sympathy for the Devil: cuando Godard filmó a los Rolling Stones (y descolocó a todos)

El director franco-suizo se internó en las grabaciones de Beggars Banquet (1968), retratando las dinámicas de la banda en sus últimos meses con Brian Jones. Fiel a su espíritu, se negó a realizar un documental de música del montón y creó una pieza que dialoga con los vientos revolucionarios de la época. El proceso incluyó un incendio en los estudios Olympic de Londres, una pelea del cineasta con el productor de la película y los reproches del autor de Sin Aliento a Mick Jagger y compañía.



“Infame”, “documento esencial de su época”, “foto de un mundo lejano y perdido ”, “poderosa e inquietante”, “una de las películas de rock más frustrantes y fascinantes jamás realizadas”.

Se ha dicho eso y más sobre el primer largometraje que Jean-Luc Godard filmó en Inglaterra. Titulada comercialmente como Sympathy for the Devil (1968) –aunque el director la concibió como One plus one–, la cinta lo puso bajo el escrutinio de fanáticos de The Rolling Stones, de especialistas musicales y de los propios ojos de su país, donde se observaba con recelo su debut en tierras anglos.

Exuberante, dispar, la película responde irrestrictamente a las pulsiones de su autor, lanzado a romper con todas las formas hegemónicas del arte, en este caso las del documental musical. Su origen, eso sí, descansa más en una suma de hechos fortuitos que en una búsqueda incesante por reunir los caminos de uno de los cineastas y una de las bandas más esenciales del orbe.

Jean-Luc Godard en 1982. Foto: AP Photo/Jean-Jacques Levy, File

En un comienzo, Godard planeaba continuar su prolífica y lúcida década de los 60 (Sin aliento, Dos o tres cosas que yo sé de ella, El desprecio, Pierrot el loco) realizando un proyecto sobre el aborto. Pero esa idea no prosperó y terminó enfrentado a la posibilidad de crear una cinta de filo musical. Intentó que la banda elegida fuera The Beatles, pero tras su negativa llegó a The Rolling Stones, quienes se disponían a iniciar las grabaciones de su séptimo álbum, Beggars banquet (1968).

Ambas voluntades confluyeron y, a fines de mayo de 1968, el director abandonó París –sacudida por las protestas estudiantiles que darían la vuelta al mundo– para instalarse momentáneamente en Londres. Junto a un equipo pequeño llegó hasta los estudios Olympic, donde Brian Jones, Mick Jagger y compañía daban forma al sucesor de Their satanic majesties request (1967).

Las imágenes del documental sugieren que los músicos apenas advertían la presencia de sus invitados. La agrupación en su hábitat natural y un cineasta portentoso con su cámara capturando sus movimientos. Keith Richards elabora con minuciosidad, Bill Wyman domina las líneas de bajo sin conectar totalmente con el resto, Brian Jones luce algo extraviado (un año antes de su despido y trágica muerte en East Sussex) y un vital Mick Jagger derrocha carácter al tomar el micrófono y la guitarra y despacha cierta disconformidad con Charlie Watts.

“Al haber estado allí en ese momento, puedo decirles honestamente que no hubo ninguna disputa entre ellos”, explicó Tony Richmond, director de fotografía del filme, en diálogo con la revista Rolling Stone, detallando que “no los interrumpíamos, en absoluto; éramos como voyeurs. Era fantástico”.

El largometraje reconstruye un momento que es oro puro para los devotos del grupo y la creación artística en general: el nacimiento, evolución y maduración de Sympathy for the Devil, desde que era una composición mesurada y de ribetes pastorales hasta que se canalizó como un himno de la banda y de ese momento cultural.

Pero los intereses de Godard trascendían el mero retrato de esa trastienda. En paralelo, durante cinco días, salió a las calles de Londres a grabar secuencias sin guión que le darían otra densidad a la película. En ellas se aprecia a un grupo de Panteras Negras (interpretados por actores) en momentos previos a que maten a tres jóvenes blancas, a un librero que lee en voz alta Mi lucha, de Adolf Hitler, y a una mujer (encarnada por la actriz Anne Wiazemsky, entonces esposa de Godard) que pinta sobre inmuebles y vehículos las palabras “freudemocracy” y “cinemarxist”.

La cinta transita con naturalidad entre la intimidad del estudio (donde hubo un incendio que también retrata) y esos instante callejeros, capturando un momento histórico con el inconfundible sello de su director. “Solo quería mostrar algo en construcción”, precisó Godard por entonces. “Para demostrar que la democracia no estaba en ninguna parte, ni siquiera en lo constructivo”.

Naturalmente, la obra desconcertó a público, críticos y seguidores de The Rolling Stones. Roger Greenspun, crítico y periodista de The New York Times, fue uno de los pocos que no se extravió en el análisis. “Como perdido en una meditación precisa, se mueve deliberadamente entre las personas y los lugares del estudio de grabación de los Stones, o de un naufragio a otro en el fantástico montón de chatarra del poder negro. El principal placer del filme radica en esta precisión y en estas escenas”, expresó.

También advirtió otra particularidad: había dos versiones de la película dando vueltas. La primera, rebautizada como Sympathy for the Devil, terminaba con la interpretación del tema principal de la agrupación británica, otorgando una perspectiva concluyente a una pieza que Godard siempre imaginó como abierta y con notas de ambigüedad. Ese cambio fue introducido por el productor Iain Quarrier, desatando la ira del autor de Sin aliento. El otro corte era el original, sin esa canción en el cierre, que el cineasta se esmeró en que también tuviera circulación.

Durante esos días de tensión surgió una historia que quedó para siempre asociada al largometraje. El cineasta se enteró que el productor había realizado modificaciones cuando se exhibiría en el Festival de Londres. En esa cita le comunicó al público presente que, debido a que la versión que se proyectaría en la sala no era la suya, mostraría la original en un inmueble cercano. Quarrier intentó explicar por qué cambió el título y el final, subiendo al escenario y siendo atacado con un puñetazo por Godard.

“Hizo la película que quería, pero no se le permitió mostrar la película que quería. ¡Y por eso siempre vale la pena golpear a un productor, yo creo!”, lo defendió Tony Richmond.

Luego la frustración del director apuntaría a Mick Jagger y los suyos. No entendía que ninguno hubiera protestado por el corte que el productor intentó lanzar a pesar de transgredir su mirada.

Les escribí y no dijeron nada. Fue muy injusto que aceptaran que se les destacara por sobre todos los demás en el filme”, indicó a la revista Rolling Stone. “Es injusto no desde un punto de vista personal, sino desde un punto de vista político, es injusto con los negros”.

Nunca volverían a cruzarse los caminos de Godard y la banda, que tendría gran éxito con aquel séptimo disco y perdería un año después a Brian Jones. El autor franco-suizo siguió construyendo su propia leyenda, sin concesiones y en permanente evolución. La misma que se extinguió esta semana, al conocerse su muerte a los 91 años.

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