Todas las patrias: un relato de Jaime Bayly

Les prometí a mis mujeres que nunca más viajaríamos un 4 de julio: fue toda culpa mía, por no imaginar el caos del desfile y sus odiosas consecuencias entre quienes, desde siempre, históricamente, hemos deplorado los desfiles, todos los desfiles, sean estos patrióticos, religiosos, políticos, militares, deportivos, sexuales, carnavalescos o de cualquier índole.


A punto estuvimos de perder el vuelo a Madrid. Era el 4 de julio, día de la independencia, y los patriotas, tan impacientes por salir de casa para vociferar su nacionalismo, tan recios para soportar sin quejarse un calor de cuarenta grados centígrados, tan necios para vestirse con la bandera patria, se confabularon en un desfile a mediodía, cuando el asfalto ardía. Peores que los patriotas que desfilaban a los gritos como si fueran a la guerra o si vinieran de ella, eran los otros, los patriotas que, aplaudiéndolos, bebiendo cerveza tibia, eructando, los veían desfilar, como si dicha marcha nacionalista y bulliciosa, que proclamaba la superioridad de ese país sobre todos los demás, fuese un espectáculo digno de ser mirado con admiración.

Pues no: el desfile de marras era la cosa más triste y aburrida del mundo, y nosotros estábamos obligados a contemplarlo porque la policía había cerrado la única vía de salida de la isla donde vivimos. El desfile comenzó a mediodía, y nuestro vuelo despegaba a las tres y media de la tarde, y no había manera de burlar la marcha, eludir a la policía y conducir hasta el aeropuerto. Es decir que la policía prohibía salir de la isla a quienes no desfilábamos ni deseábamos ver el desfile. Es decir que los agentes del orden nos transmitían un mensaje humillante: los patriotas tienen más derechos que ustedes, los aguafiestas, los apátridas, así que jódanse y pierdan el vuelo, porque nadie sale de esta isla mientras el desfile no haya terminado.

Desesperados, estuvimos hora y media en la camioneta, detenidos en un absurdo control policial, sin poder franquearlo para salir de la isla. Hablamos con oficiales de la policía, les explicamos que debíamos llegar al aeropuerto antes de las dos de la tarde, pero los agentes, todos corpulentos, la ropa bien apretada, transpirando copiosamente, contentos de sentirse poderosos, nos dijeron que las vallas metálicas solo se retirarían cuando el desfile concluyese, no antes.

Así las cosas, resignados a perder el vuelo, salimos de la isla hacia las dos de la tarde. Atacada por una crisis de nervios, nuestra hija no dejaba de llorar. Yo profería insultos contra todos los patriotas acanallados de este mundo. Mi esposa trataba de calmarnos. Manejé a toda prisa, llegamos al aeropuerto y entonces ocurrió un pequeño milagro: encontramos parqueo enseguida, corrimos al mostrador de la aerolínea, la señora me reconoció de la televisión y, a pesar de que el vuelo ya estaba cerrado, facturó nuestras maletas y nos dio pases de abordar. Les prometí a mis mujeres que nunca más viajaríamos un 4 de julio: fue toda culpa mía, por no imaginar el caos del desfile y sus odiosas consecuencias entre quienes, desde siempre, históricamente, hemos deplorado los desfiles, todos los desfiles, sean estos patrióticos, religiosos, políticos, militares, deportivos, sexuales, carnavalescos o de cualquier índole.

El vuelo despegó con insólita puntualidad y, viento a favor, duró ocho horas, es decir que llegamos a Madrid a las cinco y media de la mañana hora local, todavía a oscuras. Por suerte, en los aviones nadie desfila, salvo los tripulantes, quienes desfilan solo un momento, con la comida y las bebidas, y luego desaparecen, no sé dónde se esconden, pero ya no los ves más, creo que se cambian de ropa, se ponen pijama y se echan a dormir en ciertos asientos reservados para ellos. Ninguna queja por mi parte: como eran todos oriundos de Puerto Rico, fueron encantadores, y al final, cuando llegamos a Madrid, una azafata dijo por altavoz:

-No se olviden de sus artículos personales y, sobre todos, de sus hijos pequeños.

Nadie celebró la humorada, pero yo sí me reí.

Dos contratiempos, sin embargo, tensaron las ocho horas de vuelo.

Poco después de despegar, mi esposa me dijo que su asiento olía mal, realmente mal. Me puse de pie, me senté en su asiento y efectivamente apestaba. No apestaba a excrementos humanos ni a orina humana, pero apestaba a un rancio, antiguo hedor humano, la peste de alguien que no se había bañado en años. Era, probablemente, la pestilencia que el pasajero del vuelo anterior había dejado impregnada en el asiento. Menudo problema teníamos entonces: cómo neutralizar ese olor tan agresivo que perturbaba a mi esposa. Entonces recordé que yo llevaba un perfume diminuto en mi maletín de mano. Lo sacamos, esperanzados, riéndonos, y echamos medio frasco de perfume sobre el asiento hediondo. Recién entonces el olor desapareció y mi esposa me sonrió con amor. Habíamos resuelto el problema.

El otro problema fue más grave, o al menos lo fue para mí. Después de cenar, quise escribir, pero me sentía tan mal que no pude hacerlo. Estaba tan exhausto por la crisis del desfile patriótico, tan estresado todavía, tan traumatizado, que pensé: mejor no escribas, mejor duerme una siesta. Fue una buena decisión: dormí dos horas y soñé que me liaba a golpes con los patriotas, que me arrestaban y deportaban, que volvía a mi país de origen, a la ciudad del polvo y la niebla, y que, contrariamente a mis previsiones racionales, era feliz. Fue entonces un sueño iluminador: quizás mi futuro estaba en un país desnortado que parecía no tener futuro, el país en que nací, mi patria de origen.

Una vez que desperté, me conecté al servicio de internet de la aerolínea. Luego, leyendo las noticias, recordé que estaba por comenzar un partido de fútbol que no quería perderme: Argentina contra Ecuador por la copa América. Si bien he nacido en Lima, cuando veo grandes torneos de fútbol puedo renunciar sin esfuerzo a las lealtades patrióticas a mi tierra natal y convertirme, siempre un aguafiestas, en argentino o español, en colombiano o uruguayo.

Me propuse entonces ver el partido allí mismo, en el avión, en mi tableta electrónica. ¿Sería eso posible? Tenía que ser posible. Si un tonto como yo era dueño de un canal de televisión que podía verse en todo el mundo por la señal amiga de YouTube, tenía que ser posible que viese un partido de fútbol, en directo, en un vuelo entre Miami y Madrid. Jugaría Messi, no podía perdérmelo. Tras considerar diversas opciones, comprendí que debía suscribirme a un portal deportivo o una plataforma de entretenimiento. Apurado, nervioso, porque el partido estaba por comenzar, pagué con mi tarjeta y me suscribí a Fubo. Sin embargo, al suscribirme, el portal me notificó de que ya estaba suscrito. Si seré bobo, pensé. Entonces me pidió la contraseña. No la recordaba. Tuve que cambiarla. Esos minutos fueron una agonía porque el servicio de internet se ponía lento. Al final, cambié la contraseña y entonces comenzó el partido. Podía verlo en la transmisión de Fox en inglés. Ingenuamente, pensé que el problema estaba resuelto. No fue así. Vi sin grandes sobresaltos la primera mitad, grité el gol argentino, despertando a los pasajeros vecinos, pues la cabina se encontraba a oscuras, y apenas concluyó el primer tiempo, la señal de Fubo se pasmó, se congeló.

Durante el entretiempo, hice todo cuanto pude para volver a ver el juego en Fubo, pero fracasé. Entraba al portal una y otra vez, y la señal del partido aparecía congelada. Angustiado como si mi suerte estuviera en juego, me suscribí a la plataforma digital ViX. Gracias a ella, pude ver el segundo tiempo, con la narración de los comentaristas mexicanos. El problema, sin embargo, era que, como el servicio de internet de la aerolínea parecía defectuoso, las imágenes del juego se paralizaban a menudo, por ejemplo, antes de un tiro libre, o en medio de un ataque ecuatoriano, o cuando el árbitro dudaba sobre un penal discutible que al final fue cobrado. Qué manera de sufrir: el partido era entonces lo que yo veía y lo que, muy a mi pesar, dejaba de ver, los minutos en que los futbolistas corrían y aquellos en los que se quedaban de una pieza, anquilosados, petrificados como estatuas de sal. Luego la señal se reanudaba y uno descubría que un ecuatoriano había fallado el penal, como habría de errarlo Messi, en la agonía del juego.

Cuando el duelo terminó con sufrida victoria argentina, abracé a mi esposa, argentina de corazón como yo. Aterrizamos de noche y nos hundimos en las tinieblas de ese infierno infinito llamado Barajas, aeropuerto, terminal cuatro. ¿Salimos deprisa, sin sufrir grandes colas? No, qué ocurrencia: salimos dos horas después, reducidos a escombros. Irónicamente, había una suerte de desfile en Barajas, pero no una marcha de patriotas embanderados, sino una masiva concentración de turistas orientales, haciendo fila para entrar en el noble reino de España. Era un extraño desfile de hombres del Lejano Oriente, casi todos vistiendo la camiseta roja de la selección española de fútbol. Viendo a tantos chinos de rojo llegados en Air China desde Beijing, pensé que eran mandarines comunistas invadiendo España.

El mundo ya no es lo que era, pensé. Enseguida recordé a Samuel Johnson: El patriotismo es el último refugio del canalla. Y a Borges: Nadie es la patria, pero todos lo somos.

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