Culto

La fiesta inolvidable: un relato de Jaime Bayly

Mi hija y su novio no han querido jurarse amor eterno en una confesión religiosa, frente a un pastor iluminado y baboso, o un clérigo barbudo y casposo. Mi hija fue bautizada en la fe católica, aunque no ejerce dicho credo, porque, como yo, tiende a pensar que los dioses y las vírgenes son nobles invenciones humanas.

He sobrevivido a la boda de mi hija en Nueva York. Contra todo pronóstico, ella tuvo la generosidad de invitarme. Pensé que no me invitaría. No hace mucho me escribió un correo diciendo que estaba cansada de ser mi hija. Cuando escribió estoy cansada, quiso decir estoy decepcionada, o estoy frustrada, o estoy harta. ¿Por qué se había cansado de ser mi hija? Porque soy un padre desastroso, un padre ausente. Si bien he pagado toda su educación y todos sus gastos mientras ella cursaba estudios en una universidad privada de Nueva York, no he asistido a sus graduaciones del colegio ni de la universidad, no he participado en sus fiestas de cumpleaños, no he viajado con ella en los últimos veinte años y no hemos compartido las fiestas de Acción de Gracias y de Navidad. Por eso pensé que no me invitaría a su casamiento. Por suerte, me equivoqué. Además de invitarme, convidó también a mi esposa y a mi hija adolescente, dándome una lección de buenas maneras y amor a la familia.

Tenía miedo de viajar a Nueva York para acompañarla en su matrimonio. Desde joven he sido renuente a participar en esos eventos sociales. No me gusta asistir a una boda, prefiero acudir a honras fúnebres. Me he permitido la desfachatez de faltar a todas las bodas de mis hermanas y mis hermanos, ocho matrimonios en total, todos religiosos. No participo de esas celebraciones porque la felicidad desmesurada y la imprudente fe en el amor me provocan una tristeza profunda que, supongo, nace de la envidia. Como no voy a casamientos, ya nadie me invita cuando se casa. Yo mismo me he casado en dos ocasiones, y la verdad es que me costó bastante trabajo presentarme a la hora señalada, acompañado de la novia, en el despacho del juez. A punto estuve de cancelar la formalidad legal y salir corriendo, como si huyera de un incendio. Mi primer matrimonio duró cinco años y nos incineró a mi esposa y a mí. El segundo lleva quince años felices y sigue en pie. En ninguno de esos enlaces hubo ceremonia religiosa, pues soy agnóstico, ni fiestas para festejar el amor, porque sentía que, al contraer matrimonio, me había rendido y capitulado, perdiendo mi libertad. He sido un novio tan tarado que en ninguna de mis nupcias improbables llevé anillos ni testigos, y a la segunda asistí en pijama, lo que no es ilegal, y sin haberme bañado.

Mi hija y su novio no han querido jurarse amor eterno en una confesión religiosa, frente a un pastor iluminado y baboso, o un clérigo barbudo y casposo. Mi hija fue bautizada en la fe católica, aunque no ejerce dicho credo, porque, como yo, tiende a pensar que los dioses y las vírgenes son nobles invenciones humanas. Su novio pertenece a una familia judía de Nueva York, pero tampoco pidió casarse con apego a los rituales de esa religión. Para mí fue un alivio saber que no entraría en un templo católico llevando del brazo a mi hija. Temía que las almas pías allí presentes me abuchearan. También fue una buena noticia saber que no se casarían cumpliendo los ritos y las ceremonias de las bodas judías.

En lugar de casarse a la antigua, con pompa y boato y copas rotas, los novios eligieron una ceremonia breve y leve, genuina y conmovedora. No los desposó un juez. Mi hija mayor, abogada exitosa, recibió unos poderes especiales que el juez ausente le otorgó para unirlos en matrimonio. Los novios se casaron entonces ante la hermana mayor de ella y el hermano menor de él. Ellos, los hermanos, fueron las autoridades legales, los custodios espirituales. Ambos pronunciaron unos discursos preciosos, nacidos en la zona más cálida del corazón. No cayeron en el error de dar consejos y admoniciones morales a la pareja, ni decirles cómo debían amarse o conducirse en la vida conyugal. Antes bien, contaron historias divertidas sobre los novios. En un momento, la hermana mayor de la novia se emocionó tanto que su voz se quebró y derramó unas lágrimas. No pocos lloramos con ella.

Después de la ceremonia, mi hija mayor se esmeró en cuidarnos a mi esposa, a mi hija adolescente y a mí. Su dedicación en protegernos de cualquier mal rato, emboscada, desaire o riña verbal me pareció conmovedora. Me sentí orgulloso de ella, pues nos acompañó en todo momento y nos entretuvo con una conversación chispeante y apasionada. Tras firmar los novios la alianza matrimonial, mi hija mayor nos llevó al club nocturno de ese hotel. Me impresionó que todo fuese tan bello y refinado, tan discreto y elegante. El padre del novio había reservado el club para celebrar la boda. Debió de costarle una fortuna. Todo era perfecto: la música en vivo no era estruendosa y la banda tocaba hermosas canciones de amor, las luces tenues se apiadaban de nosotros los viejos, los camareros ofrecían comidas y bebidas deliciosas, el ánimo de los concurrentes era festivo, pero no ruidoso.

Yo estaba contento porque veía felices a mis tres hijas, y a mi exesposa, la madre de la novia, y a mi esposa. También me sentía encantado porque los bocaditos eran espléndidos y, cuando venía un camarero ofreciéndolos, yo retiraba de la bandeja no uno, sino tres o cuatro. Pero sobre todo me encontraba rebosante de felicidad porque no había pagado nada de nada. Sé más o menos lo que cuesta solventar una fiesta como esa. Después de zamparme un bocadito más, hacía los números y me daba vértigo pensar en lo que mi honorable consuegro había apoquinado para costear aquella fiesta inolvidable.

Tan contento estaba que saludé con cariño a toda la familia de la novia: a su madre, mi exesposa; a sus tías y a sus primos, todos tan guapos; a su abuelo materno, invicto al paso del tiempo. No estaban las abuelas: su abuela materna falleció no hace mucho, y su abuela paterna, mi madre, una adorable señora de ochenta y cinco años, no fue invitada, debido a su avanzada edad. La eché de menos, sentí su ausencia, imaginé cuánto habría gozado en esa celebración del amor.

Después de atacar los bocaditos con el apetito depredador de un tiburón, y dichoso porque no había pagado un céntimo, sugerí que debíamos marcharnos hacia las nueve de la noche. Ocurrió entonces un incidente que agrió las cosas. Le dije a mi hija mayor que no me iría de la fiesta sin despedirme de su hermana, la novia, y de su madre, mi exesposa. Caminé hacia ellas, abracé a la novia, le dije cuán orgulloso estaba de ella, y enseguida abracé a mi exesposa y le dije que era una gran mamá, que la felicitaba y que, si quería venir a cenar con nosotros, estaba cordialmente invitada. Mientras yo le susurraba esas palabras al oído, mi exesposa al parecer dirigió una mirada esquinada a mi esposa, torciendo el gesto en expresión de disgusto. Por eso, cuando salimos del club y nos atacó el frío, mi esposa lucía seria, contrariada, en silencio. Me sorprendió verla ofuscada. Le pregunté por qué estaba molesta. Me respondió: Porque todo fue falso. Preferí guardar silencio. Sin embargo, llegando al hotel, bajamos al bar y argumenté que nada fue falso aquella noche: ni el amor de los novios, ni el genuino cariño de mi hija mayor por nosotros, ni la felicidad de los invitados. La discusión se tornó acalorada porque mi esposa sugirió que yo había arrullado algo indebido o subido de tono al oído de mi exesposa al despedirme de ella, y por eso mi exesposa la había mirado con disgusto, fastidio o reprobación a mi conducta de veterano donjuán que al parecer quería seducir a su esposa y a su exesposa en la misma fiesta. Afirmé que no le dije un piropo a mi exesposa, solo la invité a cenar. Pero ya la noche se había torcido.

Un par de noches después, los flamantes esposos y mi hija mayor vinieron a comer con nosotros en el restaurante del hotel, donde los camareros y sus capitanes me conocen de toda la vida. La cena fue un festín, les dimos regalos a los esposos (mi amigo Alejandro les obsequió un cheque sustancioso, mi amigo Camilo una moneda de plata, y yo relojes de una casa francesa) y me comprometí a pagarles la fiesta en Lima, donde ninguno de los dos nació. Antes de que se fueran, le pregunté a mi hija recién casada cuánto me costaría la fiesta. Mencionó el monto. Casi me desmayo. Le dije: Mil disculpas, pero no he traído mi chequera, ya te mandaré la plata más adelante. No sé cómo haré para pagar la celebración. Me temo que tendré que pedirle un auxilio financiero a mi madre. Más vale que esta vez sí la inviten a la fiesta.

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