La premonición de la muerte de Federico García Lorca que reveló Pablo Neruda
Tres meses antes del estallido de la Guerra Civil española en 1936, el dramaturgo español presenció una perturbadora escena campesina que lo dejó aterrorizado. Años más tarde, su entrañable amigo Pablo Neruda rescató el episodio en sus memorias Confieso que he vivido, interpretando aquel sombrío hallazgo en las ruinas de Castilla como la representación anticipada y macabra de su posterior asesinato.
Federico García Lorca tuvo una premonición sobre su asesinato. Así al menos lo creyó su gran amigo, el poeta chileno Pablo Neruda, quien lo comentó en su autobiografía Confieso que he vivido.
El parralino señaló que tres meses antes del inicio de la guerra civil española, en julio de 1936, con el alzamiento de Melilla, conversó con García Lorca, y este le hizo una revelación. Había vivido un hecho extraño y que lo dejó perturbado.
Cuenta Neruda: “Una vez que (Federico) volvía de una gira teatral me llamó para contarme un suceso muy extraño. Con los artistas de La Barraca había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones del viaje, Federico no dormía. Al amanecer se levantó y salió a vagar solo por los alrededores. Hacía frío, ese frío de cuchillo que Castilla tiene reservado al viajero, al intruso. La niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía a su dimensión fantasmagórica”.
“Una gran verja de fierro oxidado. Estatuas y columnas rotas, caldas entre la hojarasca. En la puerta de un viejo dominio se detuvo. Era la entrada al extenso parque de una finca feudal. El abandono, la hora y el frío hacían la soledad más penetrante. Federico se sintió de pronto agobiado por lo que saldría de aquel amanecer, por algo confuso que allí tenía que suceder. Se sentó en un capitel caído”.
Ahí, sentado sin hacer nada, el dramaturgo vio algo que no olvidaría, al principio fue bastante tierno. “Un cordero pequeñito llegó a ramonear las yerbas entre las ruinas y su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba de pronto la soledad, cayendo como un pétalo de ternura sobre la soledad del paraje. El poeta se sintió acompañado. De pronto, una piara de cerdos entró también al recinto”.
De pronto, todo se convirtió en una dura experiencia. “Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos negros semisalvajes con hambre cerril y pezuñas de piedra. Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron. Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar inmediatamente el camino”.
Para Neruda, la experiencia vivida por su amigo tenía un significado: “Yo vi después, con mayor y mayor claridad, que aquel suceso fue la representación anticipada de su muerte, la premonición de su increíble tragedia”.
Pablo Neruda y Federico García Lorca se habían conocido tres años antes, el 13 de octubre de 1933, en Buenos Aires. En esa época ambos estaban en un techo muy alto de sus carreras. García Lorca había estrenado Bodas de sangre en 1932, y Neruda publicaría su fundamental Residencia en la Tierra en 1935.
“En 1933 me designaron cónsul de Chile en Buenos Aires, donde llegué en el mes de agosto. Casi al mismo tiempo llegó a esa ciudad Federico García Lorca, para dirigir y estrenar su tragedia teatral Bodas de sangre, en la compañía de Lola Membrives. Aún no nos conocíamos, pero nos conocimos en Buenos Aires y muchas veces fuimos festejados juntos por escritores y amigos”.
Neruda solo tenía elogios para el poeta y dramaturgo hispano. “A mí me seducía el gran poder metafórico de García Lorca y me interesaba todo cuanto escribía. Por su parte, él me pedía a veces que le leyera mis últimos poemas y, a media lectura, me interrumpía a voces: ‘No sigas, no sigas, que me influencias!’“.
“En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era un multiplicador de la hermosura. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio”.
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