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Federico García Lorca y Pablo Neruda: una gran amistad destruida por la Guerra Civil Española

Al cumplirse 90 años del asesinato de Federico García Lorca este 18 de agosto, reconstruimos la persecución y el terror de sus últimos días en Granada, y cómo el trágico crimen de su entrañable amigo empujó a Pablo Neruda a abrazar definitivamente la causa republicana.

“¿Tú crees que yo podría escapar de aquí y ponerme a salvo con los republicanos?“, esa fue la pregunta que un compungido Federico García Lorca le hizo a su amigo Eduardo Rodríguez Valdivieso. El dramaturgo y poeta tenía razones para tener miedo. En julio de 1936 había estallado la Guerra Civil Española, tras un fallido alzamiento militar nacionalista en Melilla, posesión española en Marruecos. Poco a poco los sublevados comenzaron a avanzar a través del sur del país, y Granada, la ciudad natal de García Lorca cayó en las manos rebeldes el 20 de julio.

Por ello, García Lorca y el resto de los simpatizantes de la Segunda República Española sintieron temor. Tras el arresto del cuñado de Federico y alcalde de la ciudad, Manuel Fernández-Montesinos, fue cuando el poeta le hizo la pregunta a su amigo Eduardo Rodríguez Valdivieso.

“La impresión que me produjo su pregunta me anonadó. Imposible olvidar una mirada como la que Federico me dirigió, acompañando sus palabras. Vi tal desamparo, tan acerba duda, inocencia tanta, que quedé desconcertado. Mi respuesta, tras considerar las dificultades con que pudiera tropeza", señaló él mismo citado en la biografía Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898 – 1936), de Ian Gibson.

En los días siguientes, la casa familiar de García Lorca -quien acababa de terminar la obra de teatro La casa de Bernarda Alba- fue allanada por hombres armados, simpatizantes de los rebeldes, incluso, agrega Gibson, el poeta fue golpeado. “¿Cuánto sabía Lorca acerca de la implacable represión que estaban llevando a cabo en Granada los rebeldes? -indica Ian Gibson- Pese a no poder tener cabal conocimiento de la magnitud del terror, estaba sin ningún lugar a dudas al tanto de las ejecuciones que se realizaban a diario en el cementerio...Se sobreentendía que las víctimas eran presos sacados más o menos al azar de la cárcel. Lorca temía, con razón, por la vida de su cuñado Manuel Fernández-Montesinos, y cabe imaginar que suplicaría a los hermanos Rosales que hicieran todo lo que estuviera en su poder por salvarlo".

Los Rosales a los que se refiere Gibson eran los hermanos de su amigo el poeta Luis Rosales, quienes eran conspicuos falangistas de Granada. Hasta allá fue Federico a ocultarse, pero los hombres armados volvieron a allanar su casa familiar, la Huerta, y esta vez preguntaron directamente por el autor del Romancero gitano.

“El 15 de agosto se presenta en la Huerta otro grupo. Llevan una orden para su detención. Al ser informados de que ya no está allí lo revuelven todo e incluso desmontan el piano de cola, buscando papeles comprometedores... ¡o quizá, todavía, la famosa radio fantasma! -indica Gibson-. Al final, el que encabeza al grupo, un falangista de nombre Francisco Estévez, amenaza a la familia y les dice que, si no revelan el paradero del poeta, se llevará en su lugar al padre (es lo que había temido Federico). Luis Rosales, antes de abandonar la Huerta, había conminado a la familia a que por nada del mundo señalasen el paradero del poeta. Pero ahora no hay más remedio. Parece ser que es Concha quien, aterrada, contesta que su hermano no ha huido sino que está en casa de un amigo falangista, poeta como él. Es posible que incluso le nombrara a Rosales".

El domingo 16 de agosto los falangistas fusilaron al cuñado de Federico y alcalde de la ciudad, Manuel Fernández-Montesinos. En ese momento, señala Ian Gibson, García Lorca sintió terror. Supo de inmediato lo que se le venía encima, aún estando en la casa de unos amigos simpatizantes de los rebeldes. “Podemos tener la seguridad de que, a partir de este momento, empezó a temer otra vez por su vida. Si los rebeldes eran capaces de matar a una persona tan inocente como Manuel Fernández-Montesinos por el simple hecho de ser socialista y de haber desempeñado un cargo político, ¿qué posibilidades de salvarse había para un famoso poeta ‘rojo’?“.

Finalmente, Federico García Lorca fue detenido a eso de las 17.00 horas del mismo 16 de agosto. Según Gibson, fue “una operación a gran escala montada desde el Gobierno Civil: se corta la calle de Angulo, rodean la manzana policías y guardias civiles y hasta se apuestan hombres armados en los tejados para evitar que el poeta busque evadirse por aquel camino inverosímil. Existen numerosos testimonios al respecto". Quien lidera el grupo se llama Ramón Ruiz Alonso, un “católico fanático"; dice Ian Gibson, exdiputado y ferviente partidario del bando nacionalista.

Salvador Dalí y Federico García Lorca

Lorca, añade Ian Gibson, “pasó sus últimas horas en La Colonia”, era un exmolino que se usaba como residencia de verano para los niños granadinos y que los sublevados habían acondicionado como prisión. Gibson cita el testimonio de un soldado llamado Jover Tripaldi quien le habría comunicado su suerte al infortunado poeta. “Según Jover Tripaldi, el poeta, cuando le comunicó que iba a ser fusilado, quiso confesarse. Pero el cura ya se había marchado. El muchacho, viendo la terrible angustia que sus palabras habían provocado, le aseguró que si se arrepentía sinceramente de sus pecados le serían con toda seguridad perdonados. Le ayudó entonces a rezar el Yo, pecador, que Lorca solo recordaba a medias: ‘Mi madre me lo enseñó todo, ¿sabe usted?, y ahora lo tengo olvidado’. Jover Tripaldi, al evocar este episodio años después, insistía en que el poeta pareció más tranquilo después de haber rezado. Pero no podemos saber si fue realmente así“.

Luego, en la madrugada del 18 de agosto de 1936, García Lorca fue llevado -con otros tres compañeros- un kilómetro más allá de donde estaba, por el camino que une Víznar y Alfacar. “El coche o camión se paró donde había entonces un viejo olivar, paraje hoy ocupado por el parque Federico García Lorca. Lorca ni tuvo el consuelo de ver la luna porque, en su último cuarto menguante, se había puesto antes de las dos de la madrugada. Los verdugos los despacharon cerca de un olivo que todavía existe, no lejos del plinto que recuerda al poeta y todas las víctimas de la contienda”, indica Gibson. Tenía solo 38 años. El cadáver del poeta nunca se ha recuperado.

Última foto conocida de Federico García Lorca, con Manuela Arniches en la terraza del Café Chiki-Kutz Paseo de Recoletos 29, Madrid, julio de 1936.

Pablo Neruda y Federico García Lorca: historia de una amistad

Federico García Lorca no fue fusilado; fue asesinado -sentenció Pablo Neruda en su autobiografía Confieso que he vivido-. Naturalmente nadie podía pensar que le matarían alguna vez. De todos los poetas de España era el más amado, el más querido, y el más semejante a un niño por su maravillosa alegría. Quién pudiera creer que hubiera sobre la tierra, y sobre su tierra, monstruos capaces de un crimen tan inexplicable? La incidencia de aquel crimen fue para mí la más dolorosa de una larga lucha”.

Con esas palabras, el parralino dio cuenta de la muerte del autor de Bodas de sangre (1932). El hecho lo impactó en su fibra más íntima porque le tenía un especial afecto a cariño al granadino, quien era su amigo. “¡Qué poeta! Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el genio, el corazón alado y la cascada cristalina. Federico García Lorca era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir".

Pablo Neruda, 1968. Foto: Evandro Teixeira.

Fue el asesinato de Federico García Lorca el hecho que empujó definitivamente a Pablo Neruda a tomar una posición mucho activa en la Guerra Civil Española, por supuesto a favor del bando republicano. Así lo asegura a Culto el historiador español Mario Amorós, autor de la completa biografía Neruda. El príncipe de los poetas. “Guerra Civil Española. ”A partir de entonces, asumió como propia la causa de la República Española y la memoria de aquel tiempo, como el recuerdo de Federico, le acompañó siempre, hasta sus últimos días".

“Hasta 1937, su solidaridad con la República Española fue casi siempre encubierta -añade Amorós-. El 24 de septiembre de 1936, publicó de forma anónima su poema Canto a las madres de los milicianos muertos en El Mono Azul, periódico editado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que abrió paso al compromiso político en su creación poética. El 12 de octubre leyó estos versos en un mitin organizado conjuntamente por la Federación Universitaria Hispanoamericana y la Alianza de Intelectuales en Cuenca, ante campesinos, ganaderos y obreros”.

A la derecha, Federico García Lorca y a su izquierda, Pablo Neruda.

Pablo Neruda y Federico García Lorca se habían conocido tres años antes, el 13 de octubre de 1933, pero no en España ni en Chile, sino en Buenos Aires, en el hogar del escritor Pablo Rojas Paz y Sara Tornú. “Desde el primer momento, ambos poetas tuvieron una empatía arrolladora y compartieron un sinfín de momentos -señala Amorós-. El más destacado tuvo lugar el sábado 28 de octubre en el último piso del emblemático Plaza Hotel, en la calle Florida, donde el Pen Club organizó un banquete con la asistencia de más de cien escritores e intelectuales. Con su discurso al alimón en homenaje a Rubén Darío, rindieron un tributo memorable al fundador de la poesía moderna en español. A principios de abril de 1934, García Lorca regresó a España y, en mayo, Pablo Neruda y su esposa, María Antonia Hagenaar, viajaron a Barcelona, puesto que había sido trasladado a este Consulado”.

“Se reencontraron el 1 de junio en Madrid, en la Estación del Norte. En el mismo andén, el autor de Yerma recibió al creador de Veinte poemas de amor y una canción desesperada con un ramo de flores en compañía de dos miembros de La Barraca. ‘Hacía calor, lo cual nos animó a tomar algo fresco; fuimos, pues, a una tasca a charlar y a beber un poco’, recordó Luis Sáenz de la Calzada. Compartieron dos o tres frascas de vino y a la salida, pleno de felicidad, García Lorca pidió a Sáenz de la Calzada que declamara algunos versos de El burlador de Sevilla, la obra que estaban ensayando. El poeta chileno, por su parte, les leyó su poema Walking Around. Desde entonces y hasta que se vieron por última vez en Madrid, el 11 de julio de 1936, pocos días antes del inicio del golpe de Estado contra el Gobierno de la República, aquella amistad no hizo sino profundizarse”.

“En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era un multiplicador de la hermosura -siguió Neruda. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio”.

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